»¡¿Los hemos despistado?!

»Creo que ya no nos sigue nadie desde hace más de diez minutos, calculo.

»Sigo pensando que teníamos que haber salido de Barcelona hacía días.

»Sabes perfectamente que nos hubieran encontrado antes de haber cruzado, incluso, las murallas.

»Marcos, tú siempre tan optimista. Menos mal que no te solemos hacer mucho caso o ya estaríamos todos bajo tierra.

»¡Chicos! ¡Chicos! Calmaos. Ya habrá tiempo para discutir al otro lado de los Pirineos. Ahora debemos centrarnos en no dejarnos ver y abandonar este lugar con premura.

»¡Agachaos!

El sonido de varios caballos al galope atravesando la calle provocó que estos cuatro personajes se ocultaran en la oscuridad durante unos instantes.

»Por los pelos.

»Jose me estás aplastando la mano. Menudo viaje me vais a dar entre los tres.

»Alejandro tiene razón. Si la Vanguardia nos encuentra, todo lo que hayamos hecho habrá sido totalmente en vano.

»Diego, haz algo útil y guíanos hasta la salida que tu contacto de la Guardia Real te describió. Con algo de suerte estaremos fuera antes de que amanezca.

»Aún me pregunto cómo se les ha podido pasar. ¿Lady Ana no estaba al tanto de todo?

Las cuatro figuras avanzaban sobre los adoquines y agarrándose unos a otros para evitar que ninguno se perdiera. La luz de antorchas y lámparas de aceite iluminaba levemente todo alrededor y era insistente la necesidad de abandonar los puntos de posible paso con caballos o guardias, aún cuando nadie las transitaba a aquellas horas de la madrugada.

»Si Lady Ana supiese todo lo que ocurre en su organización, esta no se sostendría en pie. La Vanguardia funciona gracias al incumplimiento de sus propias leyes en la mayoría de los casos. Que su abuelo la fundara hace más de un siglo no significa que deban seguir utilizando unas reglas ya obsoletas. Igualmente, han ido demasiado lejos…

»Chicos, no me gustaría ver la cara que pondrá cuando vea todo lo que nos hemos llevado.

»Prefiero no descubrir qué se le ocurrirá hacernos si nos capturan. Los gritos del último prisionero, un noble francés que comerciaba para ella, se escuchaban por media Barcelona, cuando el silencio de la noche lo cubría todo, para que sus habitantes supiesen que con la Vanguardia nos se jugaba.

Las altas murallas de piedra se levantaron delante de ellos al poco de avanzar unos pasos más adelante. Un pequeño acueducto, parecido a un estrecho alcantarillado, donde el repugnante olor casi obligaba a retroceder a cualquiera que pasase cerca de él, dejaba visible una diminuta salida sin la vigilancia esperada.

»Y… ¿esto es lo mejor que has encontrado?- Jose miró a Diego con desgana y torció la cabeza cuando el muchacho se encogía de hombros.

»Quizás Su Majestad prefiera atravesar el gran portón pero el recibimiento sería otro muy distinto. En pocas horas, hasta los Borbones pondrán precio a nuestras cabezas gracias a las influencias de Lady Ana.

»Me alagan sus palabras Don Alejandro, señor de los cuatro jinetes. Déjame recordar que en la Corte se nos respetaba hasta hace nada. ¿De quién fue la maravillosa idea de traicionar a la Vanguardia?

»¡Callaos! ¡Oigo caballos!-.

Marcos no se equivocaba. Una pequeña comitiva se acercó al galope y se detuvo no muy lejos de donde ellos se encontraban.

»¿Alguna novedad?- preguntó uno de los jinetes.

»Aún nada, mi señor. Una patrulla está recorriendo los pasadizos y varios de mis hombres buscan cualquier lugar donde podrían haberse escondido o que hayan pensado utilizar para huir. Lady Ana los quiere vivos, a los cuatro. No les deis la satisfacción de morir si no es a manos de la mujer.

Varios hombre rieron al escuchar aquellas palabras y, al poco, todos iniciaron la marcha moviéndose en diferentes direcciones.

»Que cabrones. Si pudiese los cogía a todos y se arrepentirían de sus palabras- Jose trataba de demostrar la ira que el resto del grupo evitaba.

»Ya habrá tiempo de vengarnos cuando lleguemos a París, os lo prometo.

Una pequeña cavidad en un lateral del asqueroso túnel daba paso a un estrecho corredor cuyo final se localizaba al otro lado de la muralla. La brisa de la campiña les golpeó la cara y, durante unos segundos, respiraron con calma, disfrutando de luminoso cielo estrellado.

»Ahora en serio, ¿de verdad es tan gordo todo lo que hemos cogido? Quiero decir, es cierto que hay secretos sobre gente importante que solo la Vanguardia sabe, pero hasta tú te has sobrecogido pensando en lo que Lady Ana nos haría si nos pillara con esto en la mano- comentó Diego mirando hacia Alejandro, primer ejecutor del plan.

Este observó cómo el grupo posaba todas sus miradas sobre su figura. Aún seguían pegados a las murallas y parecía que nadie se iba a mover hasta que obtuviesen una respuesta clara.

»Es algo bastante gordo que lleva oculto casi desde la fundación de la organización. Algo con lo que poder controlar Barcelona sin que nada ni nadie pudiese impedírtelo. Según he podido averiguar aquí solo guardaban parte del secreto, la otra mitad está en nuestro próximo destino.

»¿Existe una rama de la Vanguardia en París?- preguntó Marcos curioso.

»¿Quién dijo que ellos tuviesen la otra mitad?-.


Cuando abrí los ojos ya era casi de día. La luz atravesaba las cortinas e iluminaba completamente la habitación. El móvil zumbaba y la iluminación de la pantalla se proyectaba directamente sobre mi cara.

Júlia no cejaba en intentar ponerse en contacto conmigo y la había tenido que ignorar un par de veces debido a mi gran falta de sueño. Pero, al final, no tuve más remedio que aceptar la llamada. Aquel era un día importante y no podíamos dejar de pasar la oportunidad de capturar a los criminales del Eixample si la suerte nos sonreía.

»¿Por qué no contestabas?- su voz parecía muy activa y traté de despertarme lo suficiente para evitar no obviar nada de lo que la inspectora me contara.

»Durmiendo, estoy rendido.

»Será mejor que te prepares; la fiesta en La Monumental empieza a las doce del mediodía y ya hemos instalado cámaras donde nos ha sido posible, hay francotiradores apostados en las zonas altas de la plaza y muchos de nuestros agentes estarán entre el público en caso de que tengamos que detener al o a los asesinos.

Su voz se desvaneció casi al instante y tuve la impresión de que el día sería muy largo.

Casi una hora y media después ya me había montado en la moto y conducía rumbo a la calle de la Marina donde se alzaba la antigua plaza de toros. Su color amarronado y su altas torres azules y blancas quedaban ocultas tras los edificios que habían crecido entorno a ella. Ni un solo vehículo de la policía era visible en los alrededores y supuse que la discreción en aquel momento era crucial si querían que todo saliera como esperaban.

Dejé la moto una calle más abajo y subí la cuesta hasta llegar a las puertas de la plaza. Varios carteles anunciando el evento se descolgaban por las pareces y cubrían gran parte de las mismas. Avancé más allá de las taquillas y busqué con la mirada a Júlia, la cual me esperaba al otro lado de la verja.

»¿Estás preparado? Controlaremos todas las entradas y salidas. Nadie podrá acceder con armas de cualquier tipo sin que lo sepamos.

»He estado consultado el programa antes de venir y hay un grupo belga que tocará esta noche. Creo que habrá algún trompetista por lo que he podido leer, quizás sea nuestro hombre.

»Pediré que nos avisen cuando lleguen para no perderlos de vista en ningún momento de la noche.

La inspectora me acompañó hasta el interior de la plaza. Un pequeño escenario había sido colocado en uno de los extremos y una pequeña carpa para los artistas estaba enganchada en el suelo para que estuviesen cómodos mientras esperaban su siguiente actuación. Un conjunto de tres bloques, para la consumición de bebidas, estaba situado justo en el centro y ocupaba un espacio bastante considerable. Así mismo, diferentes camiones de comida rodeaban el lugar y ello completaba el suministro de servicios para dicho evento.

»El comisario me ha llamado hace una media hora o así. Desde Francia esperan que hoy capturemos al menos a alguien relevante que haya participado en la muerte de la embajadora. Le he prometido darle algo al final del día como muy tarde. ¿Crees que estos criminales se dejarán ver después de todo este despliegue?- la inspectora me lo preguntó como si esperara que durante la noche hubiese tenido alguno de mis extraños sueños con respuestas incoherentes.

»Aún no sabemos ni cómo funciona su forma de actuar pero no creo que interrumpan sus planes debido a nuestra intrusión en la plaza. Algo me dice la intuición que hoy descubriremos más sobre lo que realmente está pasando aquí- traté de decirlo lo más confiado posible aunque no tenía ni idea de si realmente alguien iba a aparecer por allí con media comisaría vigilando. Más bien, aquella era una idea de locos pero, cuan cuerdos estarían ellos.

La mañana transcurrió con mediana normalidad. Las sesiones matinales y de primera hora de la tarde tuvieron varios retrasos a la hora de recibir visitantes ya que cada persona era registrada en una base de datos policial y cacheada a fondo para evitar que introdujesen nada extraño en el interior de la plaza. Las autoridades trataban de disimular su presencia en la arena y los francotiradores se ocultaban tras las columnas de los pisos superiores para evitar que nadie delatase su presencia en el lugar.

Levanté la mirada hacia Júlia mientras comía un pequeño bocadillo comprado en uno de aquellos camiones situado alrededor de la plaza.

»¿En qué piensas?- pregunté mientras descansábamos en una de las mesas de madera que habían colocado para que los asistentes pudiesen descansar entre baile y baile.

»Estamos tan cerca que casi puedo sentir cómo pongo las esposas al asesino. ¿No tienes ganas terminar con esto de una vez por todas? Estoy convencida de que el apagón que aún perdura en la Dreta ha sido provocado por esta gente. No se tú pero yo me estoy cabreando bastante y solo espero que lo disparen antes de que yo lo atrape- Júlia solía tener mucho carácter cuando alguien la hacía enfadar de verdad y sabía que muchos de sus interrogatorios habían tenido que detenerse antes de que esta llegase a las manos con el delincuente en cuestión.

»Los cuatro jinetes… la anciana dijo que ellos eran la clave. Si tuviésemos alguna manera de saber por dónde empezar a buscarlos. Pero nadie nos da pistas sobre quienes son o eran y cuál es o era su papel en todo esto. Solo nos queda esperar…

Y eso hicimos, quedarnos allí sentados mientras el resto de agentes continuaba observando cada movimiento extraño de todos los asistentes.

A medida que fueron pasando las horas el tipo de gente fue variando de más niños a más jóvenes y adultos con ganas de fiesta y de bailar hasta el cierre. Empezamos a ver más cervezas en las manos de los asistentes y una música algo diferente a la inicial comenzó a sonar sobre el escenario. El techno y el pop retumbaban en nuestros oídos a medida que la luz solar iba remitiendo y los focos situados alrededor de plaza se prendían poco a poco, ganando más y más intensidad. Desde el exterior, la fila para acceder al recinto cada vez era más larga y ello generaba inquietud tanto a la policía como a los propios asistentes creyendo que la Monumental podría estar ya completamente llena.

«Los trompetistas de Bruselas», así se llamaba el grupo que venía a tocar en pocas horas sobre el escenario de la plaza. Se trataba de un conjunto de cuatro trompetas y un batería belgas cuyo éxito había llegado hasta los oídos de los organizadores del evento y estos no dudaron en proponerles participar en el festival. Uno de ellos tendría que ser físicamente similar al de la foto que encontramos en el Palacio de Pedralbes el día anterior. La cuestión, según había comentado con Júlia, sería en qué momento intervenir y evitar así una muerte casi anunciada. Dejar morir a un inocente para capturar a un asesino no era muy ético según mi opinión pero el comisario había optado por arriesgarlo todo tras la presión del Gobierno español y francés sobre el caso.

»Es casi la hora- le dije a Júlia mirando el reloj.

Las 22:00 estaban a punto de convertirse en una realidad. La plaza bullía de gente bailando sin parar mientras una música roquera envolvía el ambiente. La zona de las bebida se mantenía rodeada de gente tratando de conseguir vasos de cerveza fresca para luego volver al epicentro de la pista de baile y continuar moviéndose canción tras canción. Los juegos de luces giraban de arriba abajo iluminado cada rincón de la arena y a veces era bastante difícil descubrir lo que ocurría en algunas zonas de la circunferencia. Los francotiradores observaban desde sus posiciones cómo el cúmulo de gente era más y más amplio; los brincos que el público pegaba cada vez que una de las canciones así lo impulsaba obligaba a los obervadores a utilizar sus propios objetivos para visualizar mejor quien se colocaba más cerca del escenario. Le sugerí a Júlia separarnos y meternos en la marea de personas y asegurarnos de no ver nada sospechoso o que, si sucedía lo peor, tratar de interceptar a alguien durante la confusión popular que podría llegar a generar.

Cada cinco minutos llevaba mi mirada hacía la muñeca para confirmar que los belgas aún no había salido al escenario. Sudaba a causa de los nervios y por el calor que generaba caminar entre tanta gente. No me sentía muy agobiado pero si que prefería estar en otro lugar más tranquilo y sin la tensión de saber que algo malo estaba apunto de suceder. Busqué a Júlia con la mirada pero no fui capaz de encontrarla entre la multitud. Ella, por su parte, se encontraba en la otra punta de la plaza tratando de hablar con alguien de su equipo situado en el exterior, pero la intensidad de la música le impedía llegar a escuchar muchas de las palabras que sus compañeros le transmitían desde el otro lado. Los gritos de alegría y júbilo eran frecuentes y más de una cerveza me salpicaba y caía al suelo y humedecía el polvillo bajo nuestros pies.

Mi reloj vibró cuando dieron las diez en punto de la noche. La música cesó tras un estruendoso aplauso y silbidos pidiendo que continuaran tocando. Un joven presentador salió al escenario demostrando gratitud por los últimos artistas y dando paso a los siguientes. Supuse que Júlia había aprovechado la oportunidad para ponerse en contacto con los demás y preguntarles si habían interceptado a alguien sospechoso.

Escuché aplausos otra vez y ni siquiera me di cuenta cuando el presentador nombraba a los integrantes del grupo extranjero y estos subían al escenario saludando al público que ocupaba el lugar.

La música comenzó a sonar de repente; era una mezcla entre techno pero con sonidos de trompetas, una batería y un DJ que ajuntaba sonidos extras para hacer que toda la plaza saltara a la vez. Traté de salir del círculo de baile y mirar hacia el escenario intentando encontrar al músico que nos interesaba. Una luz intensa sobre el escenario nos permitía visualizar con claridad todo lo que sucedía sobre él. Cuatro trompetistas tocaban su instrumentos casi a una velocidad fulminante mientras el DJ y el batería los seguían al unísono. Traté de verles la cara pero se movían demasiado rápido y, al menos para mi, era difícil saber quien era cada uno.

No llegó a terminar la primera canción cuando, y sin previo aviso, las luces de todo el Fort Pienc se vinieron abajo dejando la Monumental completamente a oscuras; acto seguido un fuerte grito me hizo presentir lo peor.


La cola daba dos veces la vuelta a la plaza de toros y muchos se preguntaban si ya no habría sitio en el interior y los organizadores intentaban buscar huecos para introducir a más gente. Aún se escuchaba Rock & Roll al otro lado de los muros aunque era casi imperceptible si no te encontrabas dentro del lugar. Un joven de mediana estatura, vestido con ropa casual pero a la vez llamativa, con algo de barba y caminando como si no hubiese nadie esperando para entrar delante de él, avanzó junto a aquellos que aún optaban a acceder antes de que el reloj marcase las 22:00. Sin poder evitar que los allí presentes comenzaran a quejarse sobre el favoritismo que estaba a punto de recibir, los policías que custodiaban la puerta vieron como el joven se colocaba frente a ellos y, sin mediar palabra, estos se apartaban para dejarlo pasar sin antes realizar el registro o el cacheo pactado. Los pasillos alrededor de la arena permanecían medio vacíos, a excepción de algún bebedor que necesitaba utilizar los aseos. El joven avanzó a través de ellos mientras comenzaba el concierto de trompetas a pocos metros de donde él se encontraba. Se volvió hacia el gran arco que daba acceso la arena y observó como la gente brincaba y bailaba sin parar al ritmo que los belgas les marcaban. Una mujer joven trataba de hablar por teléfono y este cruzó la mirada con ella cuando avanzó hacia el colectivo central. Júlia lo miró durante unos segundos pero seguía concentrada en preguntar a sus compañeros si habían visto a alguien sospechoso; estos omitieron cualquier información acerca de este último personaje que acababa de acceder al recinto.

Pocos segundos después de que el joven se colocase a una distancia ni muy cerca ni muy lejos del escenario, las luces del todo el barrio se vinieron abajo, igual que había ocurrido en la Dreta de l’Eixample, y por un momento, las voces de todos los asistentes iniciaron una conversación breve sobre qué estaba pasando y por qué los móviles no funcionaban. Un grito procedente del escenario hizo girar las ciegas miradas hacia aquella dirección aun cuando nadie era consciente de lo que había sucedido.

Un foco se encendió de pronto, enfocando directamente la plataforma de metal y, más aún, a uno de los trompetistas que yacía en el suelo rodeado por dos de sus integrantes. Júlia corrió hacia allí y yo me crucé con ella casi al borde del mismo. El guarda de seguridad nos dio acceso a la zona de descanso de los artistas y ambos subimos la pequeña escalinata hasta el lugar donde la única luz en todo el barrio permitía ver con claridad lo que había sucedido. El cuerpo sin vida del trompetista yacía sobre una de las esquinas mientras sus compañeros observaban, perplejos, lo que acaba de suceder. Esta vez no había ninguna caja con la flor de Barcelona tallada ni ninguna otra pista que el asesino hubiese dejado para que ellos la encontraran.

»Hemos llegado tarde… pero ¿cómo?- Júlia me observó desesperada sin saber realmente si podría convencer al comisario por la falta que había cometido.

No supe qué responder y observé el cuerpo sin vida del joven músico. No había sangre por ningún lado y daba la impresión de que podría haber sido envenenado de la misma forma que los demás pero, cuando y cómo era las preguntas principales.

Una voz entre murmullos pronunció mi nombre en la oscuridad:

»¿Eres Carlos Rivero? ¿el periodistas?

Un joven de unos veintisiete años se acercó a mí de entre la multitud. Un segundo foco se encendió de pronto y se proyectó justo donde yo me encontraba. Júlia lo vio y trato de avisar por radio para averiguar quien estaba manejando aquellos dispositivos, pero estas no funcionaban.

»¿Y tú quién eres?- preguntó la inspectora antes de que yo pudiese contestar.

»Solo responderé ante él- contestó son soberbia y sin dejar de mirarme.

»Está bien, Júlia. Sí, soy Carlos Rivero- mi corazón latía a mil por hora. Supuse que me conocía a través del periódico digital pero algo en mi interior me hizo sospechar algo totalmente diferente.

»Mi nombre es Alejandro y sé que nos andas buscando a mi y a mis compañeros.

¿Era posible? No podía ser. ¿Los cuatro jinetes? Pero si solo era un crío; qué nos podría aportar en el caso. No, no tenía sentido.

»La Vanguardia os ha puesto una trampa y nosotros somos vuestra única esperanza- y, diciendo esto, la electricidad de todo el Eixample, tanto en la Dreta como en el Fort Pienc, retornó justo al terminar de pronunciar dichas palabras.

Aquello daba un poco de luz hacia el engorroso caso: los cuatro jinetes habían resurgido en la oscuridad.