Zigzagueé con la moto como pude para evitar chocar contra los vehículos que me impedían el paso. El tráfico en aquella hora del día cubría la ciudad a más no poder y la gran cantidad de turistas llenaba las calles. El cielo estaba aún despejado y la luz del sol poco a poco iba descendiendo tornando el azul en un rojo anaranjado; aunque en medio de la ciudad se percibiera menos a causa de la contaminación lumínica.

A medida que me acercaba hasta Plaza Cataluña, las sirenas de la policía se hacían más y más intensas. Varios motoristas se apostaban en los accesos a Paseo de Gracia y desviaban a los conductores poco antes de llegar a la calle Aragón, pues era cerca de allí donde se había cometido el segundo crimen.

Los majestuosos edificios cuyos bajos, ahora, albergaban las más que afamadas tiendas de marcas de ropa, se vieron atormentados por el hecho que acababa de suceder. Un gran cordón policial, igual que el situado alrededor de la Sagrada Familia, había sido dispuesto entre Aragón y Consejo de Ciento; nadie podía entrar o salir de aquel minúsculo espacio de entrecalles hasta que los Mossos así lo permitiesen. Avancé hasta la frontera entre la Barcelona libre y ese minúsculo territorio y esperé a que Júlia diera señales de vida.

Casi todos los efectivos se concentraban algo más arriba, frente a un edificio que no lograba distinguir desde mi posición y los sanitarios ya habían llegado.

»¡Ah! Ahí estás- dijo desde lejos una voz conocida.

Júlia reapareció en la distancia mientras daba indicaciones para que levantaran el cordón y me dejaran pasar. Empujé la moto con mis manos y la dejé aparcada no muy lejos de allí. Después acompañé a la inspectora caminando por la carretera, libre del tráfico que asolaba al resto de la ciudad condal.

»Justo te iba a llamar para contarte algo nuevo que he descubierto…- le dije para evitar aquel tipo de silencio incómodo mientras uno camina hacia algún lugar en concreto.

Ella me miró y sonrió pero no dijo nada y me indicó que mirase hacia donde me señalaba. Un gran cúmulo de coches policiales, ambulancias y diversos técnicos se arremolinaba entorno a la famosa Casa Batlló, del mismo arquitecto que había diseñado la Sagrada Familia. Tuve de nuevo un mal presentimiento pero me lo guardé para mi hasta que consiguiese más datos acerca de lo ocurrido.

A una distancia bastante reducida entre el edificio y resto de la acera se encontraba el cuerpo de una mujer. Un charco de sangre sobresalía bajo ella y su ropa blanca había tornado rosada en cuestión de segundos. Le habían cerrado ya los ojos y aún tenía color en su clara piel. Junto al cuerpo, y sin llegar a sorprenderme, había una caja idéntica a la que la anciana me había prestado y la flor de Barcelona estaba tallada sobre ella.

»¿Sabemos cuándo y cómo ha sucedido?- pregunté sin miramientos.

»Hará una hora más o menos, desde que nos avisaron llamando al 112.

»¿Y, esta vez, conocemos la identidad de la víctima?-.

»¡Oh sí! En este caso no hay duda alguna. Es Marie Fave, embajadora de la República de Francia. Visitaba la ciudad para un acto que organiza una fundación benéfica en colaboración con la república. Quizás realizaba algún tipo de actividad que no gustaba a los criminales del Eixample- comentó Júlia pensativa.

»O la «Vanguardia»… – dije sin darme cuenta.

Júlia me miró de refilón pero no tuvo tiempo para reaccionar pues uno de los agentes nos pidió que nos acercásemos para hablar con el forense.

»No me lo digas- comenzó a decir Júlia. Causa de la muerte: traumatismo craneoencefálico.

El hombre la miró entre jocoso y decepcionado.

»Aún quedan los análisis toxicológicos pero todo indica que murió cuando impactó contra el suelo. Según alguno de los testigos que iba en la visita guiada dentro de la Casa Batlló, la mujer se precipitó desde el balcón más alto. Nadie pudo evitar que cayese- explicó el agente que los había llevado hasta el forense. Llevaba un cuaderno pequeño donde iba apuntando las cosas y lo ojeaba cada poco.

»Y ¿nadie vio colocar la caja de madera junto al cadáver?- pregunté sorprendido.

»Quizás la llevara ella consigo- comentó Júlia pensativa. Si era parte de los criminales del Eixample podría ser un indicio que nos lleve a equivocación ¿no?

Quizás la inspectora no iba desencaminada, pero la intrusión de la «Vanguardia» en aquel punto de la historia no hacía más que crear un conflicto en mi interior sin saber realmente quien era quien y qué llevaba a unos y a otros a matarse entre ellos. Quizás se trataba de un ajuste de cuentas entre organizaciones o puede que sus participantes estuviesen vinculados de alguna manera. Lo cierto era que continuaban aún en un callejón sin salida desde el cual no sabía como continuar.

La prensa ya se había arremolinado entorno a las dos calles y la noticia sobre el asesinato de la embajadora pronto saldría en todos los telediarios nacionales e internacionales.

»Es posible…- comencé a decir. Quizás debamos registrar la casa a fondo, igual que nos pasó en la Sagrada Familia, y encontremos la entrada al laberinto bajo la ciudad ¿no crees?

Júlia me miró pensativa. Igual que yo, ella se encontraba en un callejón sin salida y, por mucho que quisiese, no veía la forma de salirse de él y continuar.

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Peinamos el emblemático edificio de arriba abajo, buscando en cada esquina, en cada habitación y en cada baño cualquier símbolo similar al de la flor de Barcelona. Nada significativo nos llevó a pensar que se trataba de una entrada hacia un mundo subterráneo que muchos desconocían.

»Quizás han utilizado otros medios para entrar aquí…- me comentó Júlia casi en un susurro para evitar que el resto de compañeros escuchara su alta decepción al no encontrar lo que andábamos buscando.

»Puede ser… pero ambas construcciones son de la misma época y del mismo autor. No creo que esto sea una coincidencia. Será mejor que revisemos los sótanos a ver si encontramos algo más.

La inspectora asintió e hizo una seña con sus dedos para que el resto del equipo continuase en las plantas superiores mientras nosotros bajábamos al supuesto trastero del edificio.

El lugar no tan glamuroso como el resto de las estancias y mucho más oscuro debido a su localización. La luz artificial nos acompañaba en todo momento y diversos habitáculos nos rodeaban, llenos de archivos, cajas y demás utensilios. Avanzamos y revisamos cada rincón esperando encontrar algo que nos llamase la atención.

Uno de los bedeles del edificio nos acompañaba para abrirnos cualquier puerta que estuviese cerrada.

»No hay mucho aquí abajo- nos decía. Los turistas suben hacia los pisos de arriba, más bonitos supongo. Aquí no hay nada que ver. Es curioso; hace unos años descubrí la habitación más antigua de todo el edificio. Mi predecesor me lo contó una vez y ahí estaba.

El hombre nos guio hasta allí sin siquiera pedírselo. No paraba de hablar sobre su trabajo y de cómo pasaba las horas allí metido. Traté de escucharle pero estaba demasiado concentrado en lo que nos íbamos a encontrar y si seríamos capaces de llegar a entender el por qué de todo aquello.

La sala estaba al fondo del pasillo. Sentí como si descendiésemos más de lo que estábamos y las luces del techo comenzaron a parpadear, como si estuviesen a punto de fundirse. Accedimos a la estancia una vez el hombre giró la llave para que la puerta se abriera. Ello me sorprendió sobremanera puesto que, si el asesino hubiese entrado por ahí habría necesitado la llave para acceder al resto del recinto; aún así, no lo mencione delante del bedel y me lo guardé para después.

La sala estaba medio vacía. Alguna que otra caja vieja descansaba sobre el frío suelo pero no parecían contener nada significativo. El interruptor de la luz no funcionaba, por lo que tuvimos que encender las linternas. Júlia portaba una propia y yo tuve que encender la de mi móvil.

»Revisen lo que les plazca- nos gritó el hombre desde el otro lado. Yo me quedaré aquí fuera para que nadie les moleste.

Sentí como la puerta se cerraba tras nosotros. Un ligero y casi imperceptible clic resonó en mis oídos y tuve que girarme hacia la puerta, aún sabiendo que Júlia no se había dado cuenta de ello. Tuve un mal presentimiento pero decidí guardar silencio y esperar a que los acontecimientos se fuesen sucediendo por si solos.

»Fíjate, ¿qué te parece esto?- me preguntó Júlia señalando hacia un mosaico que había en la pared.

El dibujo era algo singular pero que me resultaba extrañamente familiar. Parecía una representación de un posible antiguo mapa de lo que fue el Eixample en aquella época. Si bien me costaba distinguir las limitaciones de cada distrito debido a que faltaban algunas piezas y algunos dibujos ya se habían borrado, encontré Paseo de Gracia casi por intuición y situé la Casa Batlló más o menos donde debería de estar.

»¡Ahí!- dije en voz alta para que Júlia centrara su atención hacia donde señalaba.

La flor de Barcelona quedaba dibujada sobre el punto del mapa en el que se encontraban. Era, sin duda, un dibujo que había perdurado y no parecía tan desgastado como el resto.

»¿A que esperas para presionarlo?- me espetó Júlia algo ansiosa.

»¿Otro botón que abrirá una puerta secreta?-.

Seguramente así sería. No esperaba otra cosa diferente y no dudé más de un instante en pulsar sobre el pequeño cuadrado dentro del mapa. Este cedió sin objeción alguna ante la fuerza de mi dedo y, a los pocos segundos, el mapa al completo se hundió en la pared y se deslizó hacia abajo gracias a un mecanismo de ruedas y engranajes, cuyo concierto escuchamos durante ese pequeño periodo de tiempo, dejando visible unas escaleras que descendían y cuyo fin no era visible pues se perdían en la oscuridad.

Me giré hacia Júlia para ver si debíamos entrar o esperar a que el resto de su equipo nos acompañara.

Sin esperar más, la inspectora sacó su móvil para así contactar con los agentes que se encontraban en los pisos superiores y bajasen para escoltarlos a través del profundo pasadizo.

Pero, y como si alguien hubiese apretado un botón más en algún otro lugar, la luz de todo el distrito se desvaneció.