Abrí los ojos casi de inmediato. El sudor recorría mi cara a gran velocidad y los latidos de mi corazón bombeaban la sangre de todo mi cuerpo con premura. Me incorporé con dificultad y quedé sentado en la cama de la mejor manera que pude. Giré la cabeza hacia la mesita situada a un lado del colchón y detuve el despertador que había comenzado a zumbar segundos atrás. Un siete y dos ceros marcaban el inicio de un nuevo día aquel octubre de 2018 y un fuerte bostezo salió de mi boca y de mis pulmones e inundó un espacio limitado dentro de la habitación.

Busqué en la oscuridad el interruptor de la lámpara puesto que la luz del despertador se había consumido tras apretar el botón que lo silenciaba y agarré el móvil de la manzana mordida una vez que la electricidad obró su magia. Apoyé los pies en el frío parqué y revisé las redes sociales a la espera de descubrir aquellos sucesos que hubiesen ocurrido mientras medio mundo dormía. Nada especial me llegué a encontrar en el muro de Facebook o Twitter y decidí dejar el teléfono a un lado y tratar de despejarme un poco antes de ponerme a trabajar.

El agua de la ducha salió helada por un momento y tirité de frío mientras giraba rápidamente la manivela que daba paso al intercambio de fluidos y así mejorar un poco la situación térmica antes de situarme bajo el chorro a presión y relajarme completamente. El vapor comenzó a cubrir poco a poco el ambiente y, tras varios minutos con el agua caliente brotando sin cesar, perdí la noción del tiempo y me quede medio petrificado mientras disfrutaba de aquella sensación tan agradable. Mis pensamientos se centraban en lo que poder escribir en aquel nuevo día y ni me imaginaba lo que estaría a pocos minutos de suceder.

El vapor se filtró por la puerta una vez la abrí tras salir de la ducha; volví a mi habitación para arreglarme un poco y estar más o menos presentable. Introduje la cápsula  de café en la famosa máquina que los preparaba, volví a mirar el móvil y consulté de nuevo mis redes sociales. Fotos de amigos, noticias de otros periódicos, imágenes graciosas o videos de cocina lo inundaban todo en la pantalla y mis ojos subían y bajan sin parar a la par que mi dedo se deslizaba arriba abajo.

Ya comenzaba a sorber el café cuando la pantalla del teléfono se ennegreció y el nombre de una persona conocida me indicó que algo gordo había sucedido. Descolgué rápidamente y la voz de mi confidente, Ana, resonó en mis oídos como música celestial; solo con leer su nombre en la pantalla me daba a entender que tenía información fresca que darme y nunca solía equivocarse. Y así fue, algo había sucedido en el Eixample de Barcelona y los Mossos d’Esquadra se preparaban para ir al lugar en concreto; la fuente de Ana la habría avisado minutos antes de que la comisaría comenzara a movilizarse. Realmente no era mucha la información que salía de su boca pero sí suficiente como para coger mi abrigo y salir pitando hacia uno de los barrios más emblemáticos y visitados de aquel barrio: la Sagrada Familia.

La moto estaba casi al límite de depósito pero tenía suficiente como para alcanzar las calles colindantes a la basílica. El sonido de las sirenas a pocos metros de allí atravesó mi casco y, poco a poco, estas se intensificaron aun más cuando un par de ambulancias reaparecieron de la nada y se acercaron lo más posible a la fachada del Nacimiento. Aparqué donde pude, al otro lado, en la cara de la Pasión, y avancé presuroso ya sacando mi libreta para tomar notas y cerciorándome de que el móvil estaba completamente cargado. El cielo se mantenía grisáceo y unas nubes llenas de agua se divisaban a lo lejos, cerca del mar; la basílica se erigía frente mi mientras observaba, a sus pies, todo el revuelo que algo significativo había tenido lugar a poca distancia de donde me encontraba. Un gran cordón policial bordeaba el parque de Gaudí y toda la cara vieja del templo impidiendo que nadie accediese al área en cuestión. Muchos curiosos habían comenzado a pegarse junto al plástico mientras la Guardia Urbana de Barcelona imploraba porque se alejaran de allí.

Alcancé el límite permitido para los civiles y escruté con la mirada a través de mis gafas el escenario donde la policía y los servicios de emergencia se arremolinaban. Las campanas de la basílica resonaron varias veces justo en el momento en que los relojes marcaban las nueve de la mañana y, por unos segundos, tan solo las música proveniente de las altas torres de Gaudí hizo callar a los presentes y evitar murmullos y cuchicheos de los allí presentes. Cuando la sinfonía de campanas dejó de sonar, las voces retornaron y más gente comenzó a llegar y a llegar formando un cordón humano similar al de plástico colocado por la policía. Traté de cruzar la banda de los Mossos pero un hombre de la Guardia Urbana me lo impidió. Mi ojos buscaban sin descanso a una persona en concreto, alguien que me permitiría acercarme un poco más y descubrir lo que estaba pasando. Por suerte para mi, la agente especial Júlia, de homicidios, siempre era enviada a cualquier punto de la ciudad cuando un crimen de alta magnitud se llevaba a cabo y ello me dio a entender que algo gordo se cocía y una historía increíble podría llegar a ser escrita.

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Ilustración propiedad de Rafa Mir

Llamé su atención cuando volvía del interior de la Sagrada Familia junto con otro hombre. Era de mediana estatura, de ojos claros y ligeramente verdosos, tenía el pelo medio largo aunque trataba de llevarlo recogido y con una gorra de la policía cubriéndolo. Su tez era morena aunque había perdido algo de color tras finalizar el verano. Desde niños siempre habíamos tenido una buena relación aunque ella decidiese resolver crímenes para la guardia autonómica y yo hiciese lo mismo pero para informar a la ciudadanía. Nunca impedía que me inmiscuyera pero, aquella vez, algo era distinto. Ignoró mi voz la primera vez que traté de llamar su atención y finalmente tuvo que ceder, puesto que insistí enormemente y alguno de los allí presentes comenzó a preguntarse quién era yo.

Se acercó a mí a paso rápido, pero sin que se le notara su ansiedad por llegar hasta mí. Miraba repetidamente hacia los lados y hacia abajo y evitaba sonreírme como en otras ocasiones. Al final alcanzó la amplia barrera, la levantó con su mano derecha y tiró de mi brazo con la izquierda para que entrara en la zona restringida. Crucé junto a ella el tramo de carretera hasta alcanzar una de las altas verjas que daban acceso a la basílica. Ahí nos detuvimos; subiendo las escaleras había mucha más gente hablando, gritando, tomando notas, fotos, hablando por el móvil… pero Júlia decidió evitar todo aquello y quedarse a un paso de la escena del supuesto crimen.

Un hombre había aparecido muerto dentro del templo, justo en el medio de la nave central y el guarda de seguridad lo había descubierto al hacer la ronda por el interior poco antes de las siete y media de aquella mañana. La luz de las cristaleras se proyectaba sobre el cuerpo inerte y el juego de colores lo convertía en un elemento verdaderamente siniestro. Este llevaba horas muerto y, poco a poco, la vida abandonaba lo terrenal y el calor comenzaba a esfumarse igual que las llamas de un fuego casi extinguido. Lo más curioso de todo era que el cuerpo había sido colocado de tal manera que se asemejaba a la letra «E» o, al menos, a Júlia le daba esa impresión. La causa de la muerte estaba por determinar en la autopsia pero los forenses ya disponían de un informe preliminar que descartaba armas o estrangulamiento; los test de drogas determinarían si había sido o no envenenado o algo peor.

Traté de convencer a Júlia para que me dejara subir y así echar un vistazo, pero esta vez no hubo forma de que entrara en razón. En otras ocasiones siempre conseguía revisar el escenario del crimen como si fuese un miembro más del equipo, pero esta vez algo me impedía hacerlo. No me quiso dar muchas explicaciones allí, en medio de todo el embrollo, pero me prometió aclararme las cosas en la noche, cuando fuese camino de casa…

Mi libreta estaba medio llena, con apuntes sobre lo que mi amiga me había contado y tan solo esperaba recibir más datos para comenzar con el artículo que catapultaría la Nueva Gaceta a lo más alto de la cumbre periodística de Barcelona. Volví a mi apartamento para comenzar a escribir. Ya tenía un primer título: «Crimen en el Eixample: Asesinato en la Sagrada Familia».

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