Sin darme ni cuenta habían transcurrido unos cinco minutos y aún continuaba acuclillado, en medio de la calle, con la cajita de la anciana en la mano. El resto del mundo continuaba caminando sin siquiera fijarse en mí y tan solo una o dos miradas se desviaban pero sin aguantar más de diez segundos tras percatarse de que no hacía nada extraño.

Moví la caja entre mis dedos mientras observaba cómo la anciana avanzaba lentamente en la dirección contraria. No se había girado en ningún momento hacia mí y traté de valorar la posibilidad de irme y examinar el objeto por mi cuenta. Pero algo en mi interior me decía que aquella mujer sabía algo importante acerca de lo ocurrido en la Sagrada Familia.

Me incorporé dando un ligero brinco hacia arriba y recuperé el aliento mientras volvía a mirar hacia delante para confirmar que la anciana continuaba en mi ángulo de visión. Avancé rápido para no perderla pero evité correr puesto que el andar de la mujer no era sino un ligero movimiento sobre la acera, imposible de no ser visto.

Cuando conseguí llegar hasta ella, lo primero que traté fue de llamar su atención tocándole el hombro derecho. Al principio, la anciana ni se inmutó pero mi ligera insistencia provocó que detuviese el carrito y se girase levemente hacia mí. Tras descubrir mi joven rostro, la mujer me sonrió alegremente:

»¿Ocurre algo, joven?-.

Realmente no sabía como empezar aquella extraña conversación ni si la anciana era de fiar o no. La observé durante unos segundos mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas…

»Creo, creo que esto es suyo- murmuré intentando introducir en la conversación el tema de la caja lo antes posible.

»¡Ah! – exclamó la anciana mientras revisaba sus pertenencias algo sorprendida. ¡Muchas gracias joven! No me había percatado de ello.

La mujer me dio las gracias de nuevo e hizo ademán de marcharse pero traté de retenerla para intentar sacar algo en claro de todo aquello.

»Creo haber visto este símbolo antes- le dije señalando a la flor de Barcelona.

»¡Ah! Sí, es bastante común en esta ciudad. Si te fijas en la acera, muchas baldosas tienen tallado ese dibujo en ellas. ¡Están por todo el Eixample!

»Cierto, he buscando información sobre ello en internet y he visto que fueron creadas a principios del siglo XX para la mejora urbanística del barrio. De los cinco modelos que se diseñaron para ello, el único que gustó más y ha sobrevivido al paso del tiempo es este símbolo. Pero… esta caja… he visto otra igual en otro lugar.

La anciana me sonrió ligeramente. Una sonrisa algo amarga que no supe realmente cómo interpretar; quizás no le gustó mi último comentario o simplemente le incomodaba seguir hablando conmigo.

»No deberíamos tratar esto aquí, en medio de la calle… venga conmigo.

Aquella frase me dejó sin habla. No me la esperaba realmente y dudé un momento antes de tomar la decisión de acompañarla. Podría ser una trampa o, quizás, realmente la mujer sí que me quería ayudar. Asentí rápidamente puesto que una oportunidad como aquella no la volvería a tener y me coloqué a su derecha mientras ella me agarraba del brazo como si necesitase de mi ayuda para avanzar.

El camino fue corto pero silencioso. La mujer evitó comentario alguno y yo la respeté, a la espera de cualquier información que pudiese llegar a facilitarme. Avanzamos por la calle Rosselló hasta cruzarnos con Sardenya y allí nos detuvimos en un majestuoso portal que daba acceso a un solemne edificio modernista. La anciana me abrió la puerta y luego se la sostuve para que pudiese introducir el carrito con la compra de la mañana. Cogimos el ascensor y subimos hasta el cuarto piso; desde allí avanzamos hacia el segundo apartamento y entramos en él revisando la retaguardia cada poco.

El lugar era bien sencillo, un recibidor con un espejo y un mueble, así como varios cuadros colgados en la pared. La cocina era muy años setenta u ochenta, con gas y azulejos blancos y negros. El salón comedor tenía una amplia mesa redonda y un par de sofás colocados mirando hacía la televisión y hacia la estufa. La mujer me pidió que tomase asiento en uno de ellos mientras ella dejaba la compra en la cocina y preparaba un poco de café.

Esperé unos minutos mientras escuchaba cómo se abría y cerraba la nevera y cómo la mujer sacaba y metía cosas y cómo preparaba todo para servir las bebidas. Reapareció al poco con una bandeja de plata y un juego de café bastante interesante. La depositó sobre un carrito entre los dos sofás y se sentó en el contiguo al mío. La caja con la flor de Barcelona descansaba, también, sobre la bandeja y la mujer la cogió con delicadeza.

»Sé que usted está investigando lo ocurrido ayer en la Sagrada Familia y he de advertirle que los autores de este crimen son más peligrosos de lo que usted y yo podamos imaginar.

Aquellas palabras me dejaron algo inquieto pero sentía tanta curiosidad que no iba a impedir que la mujer me contase una gran historia sobre todo aquello.

«Como bien sabe, la mejora urbanística del Eixample de Barcelona se llevó acabo debido a que las calles estaban llenas de barro y cada vecino solamente pavimentaba dos metros y medio de suelo que tenía delante de su vivienda. Es por ello que, hacia 1906, se crearon cinco modelos de baldosas: la flor, la calavera, los círculos concéntricos, el de cuatro pastillas y el de cuatro pastillas con cuatro círculos. Actualmente el más representativo es el del a flor pero en aquella época reinaban los cinco modelos.

Un rico empresario de la época, aprovechando el inicio de la mejora urbanística y de que muchas zonas de la ciudad condal aún no estaban del todo desarrolladas, pagó una gran suma de dinero a una empresa para que le construyesen una especie de bunker donde poder refugiarse en caso de guerra. En aquella época no era extraño tener aquel tipo de idea alocada pero el hombre tenía suficiente dinero como para hacerla realidad. Solicitó que el habitáculo se ubicase en alguna zona cercana a Paseo de Gracia y que diferentes túneles se expandiesen como tentáculos hacia los diferentes distritos del Eixample puesto que tenía previsto comprarse viviendas en todos ellos en cuanto terminaran las obras.

Todo se llevó en el más estricto secreto. El hombre pagó a los funcionarios del Ayuntamiento de Barcelona para que el proyecto no fuese publicado en boletín alguno y se aprobó una resolución para que cualquier obra futura realizada en la ciudad no pudiese alterar o descubrir dicho emplazamiento.

Las obras duraron meses, años quizás. Pocos saben sobre ello y muchos comentarios son simples rumores o leyendas. El caso es que, aquel rico empresario utilizaba el pasadizo para moverse por la ciudad sin ser visto y se ocultó en él cuando las grandes guerras del siglo XX comenzaron a surgir cual polvo bajo estos sofás. Su legado pasó a su sobrino, quien, siguiendo sus pasos, empezó a utilizar el lugar para el contrabando durante la Guerra Civil española y, más tarde, él y un grupo de compañeros de armas, se reunían allí para planificar sus ataques contra aquellos con los que no compartían las misma ideas. Ya imaginarás en qué derivó todo aquello…

Trabajaban de noche, entre las sombras y, siempre que cometían algún asesinato dejaban el dibujo de la flor de Barcelona junto al cadáver. Les divertía, supongo, que los conociesen de alguna manera y, por ello, firmaban sus crímenes siempre que podían»

La mujer observó la caja durante unos segundos antes de continuar. Aquella era una historia fascinante y publicarla significaría dar un salto importante en el mundo periodístico. Tan solo el hecho de llegar a probar que aquella organización secreta existía, sería foco de atención para todos los habitantes de la ciudad condal.

«Seis cajas fueron talladas para cada uno de los miembros, una por cada distrito del mismo Eixample. Todas contenían un objeto extraordinario, según cuentan, y tan solo su dueño sería capaz de resolver el enigma para poder abrirla. Esta, en concreto, perteneció a mi bisabuelo y ha pasado de generación en generación hasta llegar a mi.»

Mi corazón dejó de latir durante un microsegundo. Tosí fuerte y por poco me ahogo al beber la taza de café.

»¿Quiere decir que esa caja pertenece a uno de los asesinos del Eixample?

»Algunos los consideraban criminales y otros, héroes. Lo que está claro es que aquel grupo tenía una misión en este mundo y utilizaban los medios a sus disposición para poder ejecutar sus planes.

»Ayer, en el café de la avenida Gaudí, le escuché decir que el crimen de la Sagrada Familia ya había ocurrido antes. ¿Qué quiso decir con eso?

»Antes de que la basílica fuese amurallada y la obra de Gaudí comenzase a coger renombre internacional, la policía encontró el cuerpo de un hombre en lo que sería la futura nave central de la basílica. La flor de Barcelona reposaba sobre su pecho y tan solo un pequeño recorte de periódico mencionó el hecho pues quedó aislado debido a otras noticias mucho más llamativas. Nada se sabe sobre las razones que les llevaron a hacerlo pero quizás fuese una premonición de lo que les acabaría sucediendo a ellos.

Mi cabeza comenzó a girar entorno a la historia que la anciana me estaba relatando y, por un momento, abandone mentalmente la sala y volví al extraño sueño en medio de aquella oscura inmensidad cubierta de agua. La representación de dicha organización secreta celebrando algún tipo de rito o reunión para elegir a su próxima víctima me dio un escalofrío. Quizás alguien estuviese vengando el crimen que cometieron en algún momento de su periodo en activo o puede que alguno de sus miembros quisiese revelarlo todo y el resto hubiese acabado con él. Eran muchas preguntas y casi ninguna tendría una respuesta clara.

»¿Es posible que una generación posterior a su bisabuelo continuase activa?- le pregunté con curiosidad.

La anciana cogió una de las taza y sorbió ligeramente mientras miraba hacia la ventana. Luego la depositó sobre la bandeja y volvió a centrar su atención en la caja de su antepasado. La rozó con sus dedos rugosos para sentir su tacto y cerró los ojos mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro.

»Creo… creo que nunca se disolvió oficialmente. Las cajas siempre fueron parte fundamental en todo esto y, a medida que pasaron los años, se convirtieron en los contenedores de las llaves para poder acceder al «bunker» central que el rico empresario creó para protegerse de todo mal.

Aquello podría tener bastante sentido. Si uno de los asesinos poseía una de las cajas, este hubiese podido abrir la puerta hacia la Sagrada Familia y cruzar el Eixample sin ser visto para poder depositar el cuerpo dentro del templo.

»¿Alguna vez la ha abierto?- le pregunté señalando al contenedor de madera con la flor de Barcelona tallada en su centro.

»Quise hacerlo hace tiempo pero no me vi con la fuerza suficiente como para rememorar aquellos hechos del pasado que bien pudieron llegar a hacer daño a tanta gente. Normalmente la tengo guardada en un armario con el resto de mis recuerdos pero, desde lo sucedido ayer, no me separo de ella. Tengo un extraño presentimiento, como si alguien pudiese utilizarla para acceder a aquel extraño laberinto bajo nuestras calles.

La historia de la anciana era fascinante y suponía que a Júlia le encantaría escucharla. Disimuladamente, le envíe un mensaje de texto para vernos lo antes posible e intercambiar información sobre el caso. Me vi en la necesidad de finalizar la conversación con la mujer sin saber, realmente, cual era su papel en todo aquello.

»Antes de irse, me gustaría hacerle un pequeño regalo. Estoy segura de que le sacará más utilidad que yo…

La anciana desapareció durante unos minutos y volvió de nuevo con una caja de zapatos en sus manos. Le había puesto cinta adhesiva para que no se abriese la tapa y me lo entregó con sumo cuidado.

»Quizás no nos volvamos a ver y… creo que puedo confiar en usted.

Me pidió que no la abriese hasta estar en un lugar seguro y volví a mi apartamento con un extraño presentimiento.

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Varios coches de los Mossos estaban apostados en la puerta. Crucé a través de un hueco entre ambos y accedí a la comisaría sin mayor dificultad. Como siempre, la sala de espera estaba abarrotada de gente y varios agentes entraban y salían sin un destino fijo hablando unos con otros o llevándose a algún que otro individuo dentro de una sala contigua.

Me asomé al mostrador y pregunté por Júlia. En su mensaje me aconsejaba hacerlo para no llamar demasiado la atención. A los pocos minutos, mi amiga reaparecía de entre la multitud y me guiaba a través de puertas y pasillos hasta una pequeña sala de interrogatorios donde podríamos hablar tranquilos.

»¡Es increíble! Absolutamente increíble lo que acabo de descubrir- le solté exaltado sin dejar que ella hablase primero.

La expresión de su rostro me indicó que algo no iba bien y reduje la intensidad de mi tono. Lentamente, empujó una carpeta de cartón hacia mí donde, supuestamente, contendría información sobre el caso. Volví a mirar a Júlia intentando sonsacarle algo pero ella simplemente me indicó con la mirada que abriese el portafolios y leyese su contenido.

Giré la hoja de cartón hacia un lado y la ficha de un individuo se abrió ante mí. La fotografía de un hombre bien vestido iba enganchada con un clip al resto de documentos con información, huellas dactilares, más fotografías de la escena del crimen, etc.

»No puede ser… – escupí de repente como si mi mente, incrédula, trabajase independiente a mi y buscara recuerdos ordenados en mi cabeza y llegase a reconocer a aquel hombre antes de que mi conciencia así lo hiciera.

»Nos han llamado esta mañana denunciando su desaparición y hace un rato su esposa ha venido para reconocer el cadáver- comentó Júlia mientras observaba la fotografía del revés.

»Tienes que escuchar lo que vengo a contarte. Creo que esta historia es más gorda de lo que hubiese llegado a imaginar jamás.

Así, sin más tardar, pedí a Júlia que mantuviese silencio para que pudiese relatarle todo lo que la anciana me había contado aquella misma mañana. La caja con la flor de Barcelona encontrada junto al cuerpo podía significar dos cosas: el muerto era descendiente de la antigua organización de criminales y alguien había comenzado a asesinarlos o dicha organización había vuelto a activarse y él era su primera victima.

Júlia escuchó la historia con atención, analizando cada palabra que yo pronunciaba. Al final, todo acabó en un largo suspiro por parte de ambos.

»Si todo esto es cierto, quizás deberíamos enviar al equipo técnico para que analice mejor el «búnker» en busca de alguna pista o huella significativa, ¿no crees?

Yo sabía que ella trataba de no hacerme demasiado partícipe tras descubrir quién era la víctima, seguramente para protegerme. Sus intenciones eran buenas pero la conversación con la anciana daba como punto de partida una investigación periodística sin límites para escribir, quizás, la mejor de mis historias hasta el momento.

»Vete a casa y descansa un poco- me recomendó. Si hay cualquier novedad te avisaré en seguida.

Decidí no discutir la decisión de la inspectora y salí de allí sin mencionar el regalo final que la anciana me había hecho.

Regresé a mi apartamento sin ningún incidente innecesario que pudiese haber llegado a ocurrir. Dejé mi abrigo sobre la cama y me tiré en el sofá para reposar durante unos minutos. La caja, cerrada con la cinta adhesiva, descansaba sobre la mesa del comedor. Ni siquiera la había abierto pues quería hablar con Júlia lo antes posible; decidí hacerlo después de comer algo.

El «celo» rompió fácilmente al ser de los baratos y, a los pocos segundos, conseguí ver el interior de la misma: un sobre antiguo, con un sello de lacre roto, descansaba sobre la caja de madera con la flor de Barcelona tallada en su centro. Era, sin duda, un regalo extraordinario que la mujer, como última voluntad quizás, le había hecho para tratar de desentrañar aquello que acababa de suceder en el Eixample de Barcelona.

Sostuve la caja entre mis manos, igual que las veces anteriores y la miré fijamente tratando de ver a través de ella y descubrir qué secretos ocultos guardaba.

Mi atención sobre ella no duró mucho tiempo pues las notificaciones del móvil comenzaron a llegar entre zumbidos casi al unísono.

Lo cogí de inmediato y, como me temía, la identidad y lo sucedido en la Sagrada Familia hacía tan solo un día ya se había filtrado y el nombre del fallecido era ya portada de todos los periódicos virtuales: Sir Eduard Ivers, uno de los empresarios más influyentes del mundo.