Finalmente, y previamente avisado, la lluvia comenzó a caer a destajo sobre la ciudad de Barcelona. El sonido de las sirenas de la policía aún se escuchaba desde el café donde me había guarecido pocos minutos después de dejar a Júlia en la Sagrada Familia. Su promesa de reunirnos en la noche para comentar lo sucedido me generaba una ansiedad desbordante hacia el hecho del transcurso inminente de las horas y que la oscuridad sobrepasase a la luz.

Una joven se me acercó con una leve sonrisa y extendió su brazo para entregarme el menú del desayuno. Se la devolví, quizás algo forzada, pero debía ser amable puesto que, aunque no lo pareciese, mi investigación en paralelo ya había comenzado. Revisé la carta detenidamente: de entre las bebidas me decidí por un zumo de naranja natural (o al menos eso era lo que versaba en el papel)  y para comer, aunque ya hubiese picado algo en casa, decidí tomar un «bikini» y así recuperarme de la emoción por comenzar de nuevo con un crimen como aquel. Revisé mis notas detenidamente: no había mucho escrito en ellas, tan solo lo que Ana me había contado y una serie de incógnitas rondaban literalmente en mi cabeza sin un rumbo fijo y, obviamente, sin buenas respuestas para con ellas.

Las gotas de lluvia golpeaban los cristales del lugar a causa del fuerte viento que había comenzado a soplar de repente. Volví a observar la zona acordonada: frente a la fachada del Nacimiento, en el tramo de carretera de la calle Marina que había sido cortado al tráfico tras los atentados en las Ramblas hacía ya más de un año, los Mossos habían montado un pequeño campamento de control y ello dificultaba la visión para los primeros medios de comunicación que comenzaban a llegar al lugar de los hecho. El agua espantó a los curiosos y el largo cordón de plástico vibraba sin descanso a causa del viento. De vez en cuando alguien salía de la basílica y se adentraba en una de las tiendas del campamento y se perdía de la visión al otro lado del plástico. Me preguntaba por qué tanto secretismo. Quizás la víctima fuese alguien famoso y tuviese alguna conexión con personas influyentes. El caso era que nadie fuera del cuerpo de seguridad o forense podría llegar a acercarse sin las correspondiente autorización.

La camarera irrumpió sigilosamente con el zumo y el «bikini» sobre una bandeja y los depositó cuidadosamente en mi mesa. La volví a sonreír; su pelo era muy negro y lo llevaba recogido durante sus horas de trabajo; iba vestida con unos pantalones oscuros y un jersey de lana verdoso aunque se cubría con un mandil negro para evitar mancharse en caso de un descuido desafortunado. Volviendo a observar la calle traté de llamar su atención comentando lo ocurrido ahí fuera: «¿Qué habrá sucedido allá dentro» le espeté esperando una posible reacción por su parte. Ella me imitó y giró levemente la cabeza hacia los ventanales sintiendo, tras un segundo, la misma curiosidad que yo acerca de lo que acababa de ocurrir a escasos metros del café. Suspiró levemente y simplemente pronunció una frase de inquietud y congoja que ya ni recuerdo.

Una mujer detrás de mí comenzó a murmurar algo y tuve que hacer un gran esfuerzo para tratar de comprender lo que conversaba con su acompañante: «La historia se repite» conseguí percibir. Hablaban muy muy bajo y casi no se les entendía pero aquellas palabras me tensaron sobremanera. ¿Aquello ya había sucedido antes? ¿Cuándo? ¿En el interior de la basílica? ¿Por qué motivo? Más preguntas sin respuesta. Me volteé despacio y disimuladamente para evitar dar a entender mi interés por lo que estaban comentado e hice un falso gesto hacia la camarera pidiendo la cuenta. La anciana mujer estaba sola, no respondía ante nadie y murmuraba para sí misma aquellas palabras que tuve que apuntar en mi cuaderno. Estaba desespaldas y ni se percató sobre mi interés hacia sus comentarios: «Las obras detenidas de nuevo» «Antaño una mujer y ahora… ¿quién será la nueva víctima?». Con gran esfuerzo traté de reprimirme y no levantarme para colocarme frente a ella e interrogarla para descubrir qué era lo que sabía. Pero algo extraño envolvía a aquella anciana y decidí que aquel no era el momento ni el lugar idóneo para llevar a cabo dicho movimiento táctico.

Aguanté allí toda la mañana redactando varias hipótesis y escribiendo el principio de mi artículo que trataría de publicar en la red durante la tarde antes de reunirme con Júlia de nuevo. Cuando la lluvia cesó y el sonido de un helicóptero sobrevolando los cielos atravesó mis oídos como si alguien hubiese disparado algún tipo de arma sonora contra ellos decidí que había llegado el momento de retirarse pues ya nada más podría llegar a descubrir sin tener más datos sobre lo sucedido aquella mañana.

Durante toda la tarde los medios de comunicación estuvieron hablando sobre la gran noticia acaecida en la Sagrada Familia. Nadie disponía de mucha información al respecto y ningún miembro del Gobierno, de la policía o de la sociedad que gestiona la basílica había querido emitir un comunicado sobre lo sucedido. Las redes sociales echaban humo pero nadie sabía con exactitud si aquel despliegue había sucedido por un asesinato o por cualquier otra causa ajena a lo que yo realmente sabía acerca de ello. Activé el mute para no desconcentrarme y comencé a redactar la publicación para nuestro periódico. No me llevó mucho tiempo hacerlo ya que lo había planificado todo durante la mañana y me centré en recoger y limpiar un poco el apartamento para que Júlia se sintiese a gusto una vez me reuniese con ella.

Tras echarme una siesta bien merecida advertí la hora que era y me dispuse a organizar los últimos reductos de la cena para que todo estuviese perfecto. No era extraña mi obsesión por la extrema perfección en aquella ocasión. Júlia lo era todo para mí y, aunque ella no lo supiese, siempre había sentido una atracción muy intensa hacia ella. No sabía si el sentimiento era recíproco pero sus buenas intenciones a la hora de ayudarme durante aquel tipo de situaciones me daban más esperanzas sobre nuestro futuro juntos. Cociné algo digno para los dos y volví a activar el sonido de la televisión para ver si los noticiarios resolvían alguna de sus incógnitas: silencio. Ningún periodistas o medio de comunicación reveló nada nuevo que nadie fuera de la policía supiese ya.

Mi reloj inteligente vibró durante segundos para avisarme del comienzo de las diez de la noche. Todo estaba ya dispuesto; incluso había comprado un par de velas que había colocado en el centro de la mesa del comedor para darle al ambiente un aire más romántico. No tardó mucho más en sonar el timbre de abajo y descubrir cómo Júlia había cumplido su palabra y esperaba mi respuesta para poder subir al apartamento. Aún vestía de trabajo y ello me dio a entender que había dejado el escenario del crimen y se había venido directamente hasta mi piso sin pasar por su casa para cambiarse. Por suerte, aquella mañana vestía de calle y no llevaba uniforme puesto que su rango no le exigía utilizarlo todo el rato. Ello me alivió puesto que siempre me imponía ver a una mujer con uniforme y me desconcentraba de mi fin principal. La saludé en cuanto reapareció en la puerta y le dediqué una amplia sonrisa. No fue forzada, con ella no, y esta me la devolvió aunque se notaba que llegaba fatigada y que deseaba sentarse en algún lugar cómodo y relajarse durante unos minutos. Le ofrecí el sofá como recompensa mientras sacaba dos copas y le servía un poco de vino tinto que siempre aceptaba durante alguno de nuestros encuentros. Bebió un buen trago y después se desplomó sobre el cómodo sofá, cerrando un rato los ojos y respirando bien hondo.

Evitando hacer el mayor ruido posible, terminé de preparar la mesa y revisé que la cena estuviese lista para servirse en cuanto Júlia así lo dispusiera. Podía escuchar su respiración y veía como su pecho se hinchaba y deshinchaba cada dos segundos. Abrió los ojos, quizás al sentir los míos sobre ella, y miró hacia el techo durante un pequeño espacio de tiempo. Se incorporó ligeramente y giró su cabeza hacia mi sonriendo:

»Así que, después de todo, siempre acabamos haciendo lo mismo- dijo mientras se levantaba y caminaba hacia mí lentamente.

Era cierto que, cada vez que se producía un crimen interesante, o uno u otro aparecía en su respectiva casa y comentábamos qué había sucedido. Aún así, algo extraño ocurría aquella vez. Júlia no estaba tan receptiva como otras veces y eso me mosqueaba un poco.

La invité a sentarse a la mesa y traje el primero de los platos: una crema de verduras bastante ligera para poder hablar con calma ya desde la primera cucharada. El vapor proveniente del plato subía hacia nuestras caras rápidamente e intentamos enfriarlo soplando un poco. Júlia comenzó sin mediar palabra y ello dio paso que yo iniciara la conversación:

»¡Vaya revuelo hoy! ¿Verdad? ¿Habéis conseguido sacar algo en claro de lo sucedido?

Trate de ir directo al grano pero sin agobiarla demasiado. Algo gordo estaba pasando y la historia que iba a escribir iba a ser muy jugosa. Ella volvió a hundir su cuchara bajo el manto verdoso de la crema y continuó ingiriendo varias veces hasta que se decidió a dejar a un lado el cubierto y mirarme directamente a los ojos.

»Ha sido un día de locos realmente. Ni te lo puedes llegar a imaginar. Hemos tenido que parar las obras de la basílica, cortar todos los accesos, el tráfico, revisar cámaras, interrogar al personal y no hemos encontrado nada…

»¿Habéis identificado el cuerpo?- pregunté con curiosidad.

Algo sucedió entonces. Su rostro se oscureció de repente y trató de volver la vista hacia su plato evitando mi mirada. Yo aguanté durante un rato vaciando el mío. Un silencio incomodo llenó la habitación y traté de no forzarla demasiado pues era ella la que me hacía el favor contándome todo aquello que sería confidencial para muchos medios de comunicación.

»Quiero que me prometas una cosa- me respondió al cabo de un rato. El cuerpo que ha aparecido dentro de la Sagrada Familia no es un cualquiera. Y que haya sucedido de esta forma no es sino un gran problema para todos.

Se echó hacia atrás y suspiró de nuevo. En realidad no le estaba resultando nada fácil pronunciar aquellas palabras. Por un segundo medité sobre la posibilidad de que no me lo dijese, pero la curiosidad se apoderó de mí y el misterio que lo envolvía no hacia sino incrementar mi ansia por conocer la verdad.

»Solo puedo decirte que es alguien muy influyente y poderoso de nuestro país. Más que cualquier persona del Gobierno o de cualquier consejo de administración que se te pase por la cabeza. No puedo decirte realmente su nombre puesto que la prensa no debe enterarse de su identidad pero, quizás te sirva de algo el regalo que estoy a punto de hacerte.

Su voz cambió completamente; más relajada, como si la fuerte presión acerca del pronunciar el nombre del muerto hubiese desaparecido cuan bocanada de aire. Me mantuve expectante durante unos minutos esperando a que Júlia dijese algo, pero ella se quedó callada mirando hacia su plato de comida casi vacío. Después, levantó la cabeza, se recolocó el pelo y me miró mostrando aquella sonrisa peculiar que tenía, entre seria y alegre, que me desconcertaba siempre.

»Será mejor que nos pongamos en marcha. A estas horas ya se habrán ido todos.

Volví a mirarla, extrañado. Observé como se levantaba, llevaba su plato a la cocina y volvía para colocarse la chaqueta. Observé como su placa sobresalía de uno de sus bolsillos del pantalón y cómo ocultaba su arma para que nadie la viese.

»¿Qué estás tramando?- le pregunté intrigado. Ciertamente me figuraba lo que iba a suceder pero quería oírselo decir.

»Tú y yo sabemos que este caso está hecho para ti y lo sabes. Que te negaras a unirte a nosotros no significa que seas un mal detective. Venga, coge tu abrigo, tenemos tiempo antes de que envíen un relevo.

Quizás no lo deduje al principio pero ahora ya estaba claro. Si ninguno había detectado qué había sucedido aquella mañana, Júlia esperaba que yo así lo hiciera. Ver el escenario del crimen sería la mejor oportunidad para analizarlo todo con detalle y poder desentrañar, a lo mejor, el misterioso asesinato.