Júlia me miró con cautela y, a continuación, dirigió su vista hacia donde yo la señalaba. Algo rojizo se percibía débilmente justo a pocos centímetros de las raspas en el suelo que el movimiento pedregoso de la pared había provocado. Guardamos silencio durante un minuto o así, con la impresión de que alguien nos estaba observando o escuchando. Me sentí extraño, como si un individuo invisible me hubiese golpeado con violencia pero no lo suficiente como para hacerme caer. Sentí un escalofrío al enfocar aquel túnel misterioso con la linterna de mi móvil y comencé a recrear en mi mente las razones por las que había sido construido y de si el arquitecto hubiera tenido conocimiento de ello o fue otra persona la que lo incluyó sin permiso de nadie. Lo que parecía estar más o menos clara era la explicación acerca de la intrusión del cuerpo dentro del templo sin que nadie de afuera lo hubiese visto venir.

Júlia movió su destello hacia mí tratando de indicarme que debíamos avanzar. Yo asentí ligeramente aunque no estaba seguro de si sería una buena idea. Ella estaba armada, era un hecho imprescindible, pero yo lo único con lo que podría defenderme era con mi bolígrafo bic de color azul que ya estaba medio usado de tanto escribir notas. Mantuve mis pensamientos para mi mismo y así no causar más problemas de lo que se presentaban ante nosotros.

La inspectora dio los primeros pasos y se acuclilló junto a la supuesta mancha de sangre. Volvió a colocarse uno de sus guantes de látex blanco y pasó su dedo índice sobre la mancha; ya estaba seca pero aún tenía un color claro bastante característico. Rebuscó entre los bolsillos de su chaqueta y sacó un pequeño tubo de plástico que contenía una especie de bastoncillo para los oídos. Lo rozó con la sangre y así obtuvo una muestra de la misma, guardándola cuidadosamente para no contaminarla.

Hacía frío allí dentro, más de lo que uno pudiera tener afuera, en la calle. El cambio arquitectónico fue bastante grande puesto que pasamos de una estancia con las paredes lisas y brillantes a muros de piedra llenos de polvo. Rocé mi mano derecha contra uno de los laterales del corredor y una especie de arenilla se pegó a mi mano y, tras separarla, esta tornó gris claro sin darme casi cuenta. El techo era bajo aunque una persona de mediana estatura podía caminar relativamente bien sin encorvarse demasiado. El suelo no era llano y casi tropiezo una vez y empujo a Júlia hacia adelante; por suerte solo fue un ligero traspiés. Avanzamos unos pocos metros cuando, de pronto, el sonido de un tren, supuestamente del metro, moviéndose a gran velocidad, resonó en toda la estancia. No se escuchaba cercano pero las ondas sonoras alcanzaban aquellos muros y supuse que se trataba de la línea azul o lila puesto que eran las únicas que había junto a la Sagrada Familia.

Continuamos el recorrido; cada pocos metros Júlia me detenía pues creía ver alguna mancha más de sangre en el suelo. Si así fuera cierto, el cuerpo habría sido limpiado previamente a ser depositado en el centro de la nave central de la basílica puesto que, a primera vista, este no presentaba ningún signo de violencia o traumatismo. A parte del sonido del metro alejándose, tan solo pequeñas filtraciones de aire nos acompañaban emitiendo diminutos sonidos; a veces casi imperceptibles.

El corredor comenzó a estrecharse y el frío remitió ligeramente. Tuve la sensación de que el camino iniciaba un pequeño descenso y Júlia también lo percibió. El correr del agua llamó nuestra atención y ambos dedujimos que las alcantarillas andarían no muy lejos de allí.

»¿Cuánto crees que llevará este túnel aquí?- le susurré a Júlia mientras enfocaba hacia el camino que tenía delante.

»Parece bastante antiguo. Si te fijas en las paredes, de vez en cuando hay pequeños soportes circulares que llevarían antorchas o algo parecido para iluminar el camino. Lo que me extraña es que no hayan aparecido durante la construcción del metro o del alcantarillado de la ciudad. O está muy bien situado o alguien se las ha ingeniado de forma sobresaliente para que nada ni nadie pase por esta parte subterránea- concluyó ella reafirmando sus palabras.

No había mucha cobertura y el 4G no funcionaba bien por lo que fuimos incapaces de conectarnos a Google Maps y ver exactamente dónde nos encontrábamos. Al final, después de unos quince minutos caminando tras haber descubierto la entrada, algo distinto se presentó ante nosotros. El pasillo se dividía y un pequeño arco separaba una sala de la otra. Lo iluminé con la linterna y un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo igual que hacía unos minutos al descubrir la sangre en la entrada. La flor de Barcelona estaba tallada en la parte superior del mismo, más grande y vistosa, como si diese la bienvenida a algún lugar importante. Miré a Júlia y le hice señas para que observara la flor antes de continuar.

»¿Te has fijado?- le susurré nuevamente. La cajita que encontrasteis junto al cuerpo tenía el símbolo de la flor de Barcelona en su cerradura; para abrir la puerta secreta hemos tenido que accionar un mecanismo pulsando sobre esté mismo símbolo y, ahora esto… mucha casualidad ¿no?

»La verdad que no se me ocurre nada relacionado con esta flor. Su historia no es muy amplia y no tenemos constancia de ningún delincuente que la haya utilizado para firmar alguno de sus crímenes; esta sería la primera vez- comentó Júlia pensativa.

Cruzamos el pequeño arco y accedimos a una especie de sala ovalada. El techo era más alto que antes, medio abovedado y se podía respirar mucho mejor. Justo en el centro había como una especie de islote circular con seis pedestales y un séptimo en su centro. Detrás de cada uno de ellos, una especie de puente de acceso a la ínsula de piedra te llevaba directamente a una puerta que parecía estar cerrada.

»¿Tienes un mechero o alguna cerilla?- me preguntó Júlia mientras enfocaba hacia uno de los laterales de la sala.

Rebusqué entre mis bolsillos del pantalón y de la chaqueta. No fumaba pero siempre llevaba cosas útiles en caso de necesitarlas alguna vez. Pasaron unos quince segundos hasta que di con el mechero; no tenía mucho gas pero el suficiente para prender una ligera llama amarillenta.

Esta vez sí que había antorchas colgando de las paredes de la sala. Júlia prendió fuego a una de ellas y una luz tenue iluminó ligeramente el pequeño espacio alrededor nuestro. Con cuidado de no quemarse, la inspectora acercó el palo llameante a la pared: una especie de agujero la rodeaba y se hundía en pocos centímetros mostrando un hueco donde supuestamente había algún tipo de sustancia inflamable. A los pocos segundos, un haz de luz iluminó toda la sala y los accesos laterales al islote circular. Júlia devolvió la antorcha a su lugar de origen y ambos nos acercamos al epicentro de la sala.

Si bien fuera del círculo no había nada llamativo salvo la luz de las llamas, una vez cruzados los simbólicos puentes, algo extraño llamó nuestra atención. Justo en el suelo, tallado en la fría piedra, estaba dibujado en plano bastante bueno del barrio del Eixample. Lo sabía porque una vez había tenido que escribir un artículo sobre él y recordaba más o menos su distribución en el mapa. Palabras en latín diferenciaban cada uno de los distritos que los conformaban aunque no era complicado saber cuál era cada uno. Justo la puerta por la que habíamos accedido a la sala y su respectivo puente terminaba en lo que sería el distrito de Sagrada Familia, el barrió limítrofe del Eixample con el de San Martín.

»¿Ves el resto de arcos?- le susurré a Júlia señalándolos con el dedo índice. Hay cinco que están cerrados y uno completamente abierto. Observando la distribución del mapa, pudiera ser que cada una de las puertas lleve a un barrio diferente y que la nuestra estuviera abierta porque el asesino se olvidó de cerrarla, o algo así.

Júlia caminó fuera del círculo y fue hacia la pared de piedra que, supuestamente, llevaba al barrio de la «Dreta de l’Eixample». No era un acceso talmente; era un bloque de gratino, como si hubiera estado allí fijado toda la vida, y no veía la forma de poder moverlo desde aquel lado. Yo, en cambio, revisé los pedestales con detenimiento: eran seis, tenían una forma rectangular, parecida a un atril, y justo en su centro, la flor de Barcelona volvía a presentarse ante él. Esta había sido tallada a conciencia y el relieve era palpable sobremanera.

»¿Y bien?- le pregunté a la inspectora levantando algo la voz. ¿Alguna conclusión?

»Según el forense, la posible hora de la muerte fue entre la una y las cuatro de la madrugada, aproximadamente; después de la autopsia tendremos un rango más reducido seguramente. Si esto es cierto, alguien tuvo que traer el cuerpo hasta aquí y llevarlo a través de los túneles si quería introducirlo en la basílica sin ser visto. Quizás limpiaron previamente el cadáver y alguna de las heridas dejo un pequeño rastro sin que sus ajusticiadores se diesen cuenta. Tras dejarlo en la nave central, regresaron a la cripta y cerraron el túnel para huir a través de uno de estos otros- dijo la inspectora señalando hacia las otras cinco puertas.

»Es una buena historia aunque estaría bien averiguar qué significado tiene todo esto, la simbología de la flor de Barcelona y si la muerte de ese hombre tiene relación con esta supuesta organización o secta o simplemente los asesinos eran conocedores de estos pasadizos y los utilizaron para tal fin- concluí dejando ver alguna de mis hipótesis.

»No veo que podamos sacar más cosas por esta noche. Lo mejor será volver y comenzar a investigar a fondo sobre esto- susurró Júlia de nuevo.

Saqué fotos con el móvil de todos los dibujos y de la sala para poder revisarlo en casa con tranquilidad y ambos volvimos por donde habíamos venido.

La luz de las velas junto a la cripta de Gaudí me tranquilizó ligeramente. Volvimos al interior de la basílica y, al poco, ya estábamos en el coche de Júlia.

»¿Qué crees que puede ser?- le pregunté, algo adormilado.

»No lo sé- respondió ella, pero lo que está claro es que todo fue premeditado y muy bien calculado. Si son profesionales hemos de tener el doble de cuidado.

La miré mientras asentía y me acomodé en mi asiento tratando de relajarme un poco tras aquellos momentos algo tensos…

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Un pequeño foco de luz se proyectó sobre mi cara y ello me incomodó sobremanera. Me giré hacia el otro lado y la oscuridad volvió a ensombrecer mis párpados. Estaba solo, en medio de la nada; el suelo, húmedo, como encharcado, mojaba mis zapatos hasta conseguir llenarlos de agua. Sentía el líquido filtrarse por mis calcetines mientras permanecía allí quieto tratando de descubrir dónde me encontraba realmente. Removí el agua con el pie derecho y una pequeña onda comenzó a avanzar ligeramente hasta hacerse gigante y desaparecer en aquel horizonte infinito.

De repente, aquel inexplicable destello volvió a sorprenderme. Aunque se veía lejos, su luz quedaba reflejada en el agua y, por momentos, creí que una fuerza invisible me arrastraba hacia ella sin que yo pudiese evitarlo. Transcurrieron como cinco minutos o así (realmente no tenía control sobre el tiempo en aquel lugar tan extraño) y, por fin, pude distinguir qué era aquello que llamaba tanto mi atención: una plataforma circular, de un color blanco muy intenso, flotaba sobre el agua sin siquiera moverse. Diversas líneas negras cortaban aquella extraña luminosidad formando extrañas figuras geométricas sin sentido que no me decían nada.

Plano del Eixample
Imagen sacada de la web del Ayuntamiento de Barcelona

Trate de acercarme más pero, aquella fuerza extraña me lo impedía.

Seis pedestales se elevaban a su alrededor, iluminados también por una luz peculiar. Varios encapuchados surgieron de la nada y comenzaron a avanzar hacia ellos sin ni siquiera mirarme. Me mantuve firme, observando desde mi posición privilegiada todos y cada uno de sus movimientos. No llegué a distinguir ninguno de sus rostros y no conseguí averiguar si eran hombres o mujeres. Cuando todos alcanzaros los atriles de piedra, unos pequeños susurros, casi insonoros, retumbaron en mis oídos, aunque fui incapaz de descubrir qué estaban diciendo. Intenté acercarme pero mis piernas no funcionaban; quise decir algo pero mi capacidad interlocutora estaba desactivada. Algo brilló de pronto justo en el centro del círculo y una de las figuras geométricas cambió de color y se volvió rojo sangre. Conseguí percibir, realmente, cuál de ellas era pero un extraño presentimiento recorrió todo mi cuerpo. Justo en ese mismo momento, cuando trataba de inclinarme hacia delante para visualizar mejor lo que allí ocurría, los seis personajes se giraron hacia mí como si hubiese dejado de ser invisible. Su luz me cegó y, con la sensación de haber sido golpeado fuertemente en la cabeza, todo se volvió negro, las figuras desaparecieron y mis párpados se movieron hacia arriba ligeramente.

Abrí los ojos muy despacio, como si no supiese realmente donde me encontraba. ¿Había sido un sueño o algo más? Parecía todo muy real, como si la sala que habíamos descubierto hacía tan solo unas horas se hubiese recreado en mi mente y aquellos que habían ejecutado el asesinato en la basílica hubieran entrado en mi cabeza tratando de acabar conmigo. Me incorporé despacio y observé mi habitación tratando de confirmar que no había nadie allí escondido. Me agaché despacio, tratando de no caerme y mire por debajo de la cama, como si fuese un niño que busca al monstruo que viene a comerlo o a secuestrarlo. Apoyé los pies en el frío parqué y esperé a que se encendiera el móvil mientras me frotaba los ojos y trataba de no olvidar, pero sí confirmarme a mi mismo de que, por ahora, estaba en un lugar seguro.

Eran las nueve de la mañana y ya tenía dos mensajes de Júlia. No eran muy extensos pero sospeché que no había dormido mucho aquella noche y que ya estaba dando vueltas e investigando acerca de esa posible sociedad secreta que habíamos descubierto. Le envié una nota de voz para quedar con ella aquella misma tarde. Si tenía la suerte de encontrar a la anciana del café durante la mañana, Júlia tendría algo sólido con lo que poder empezar a investigar.

El día era soleado, mejor que la tarde anterior y hacía menos frío, aunque no podía evitar llevar una chaqueta que me abrigase de alguna manera.

Cogí la moto y volví al barrio de la Sagrada Familia. La basílica seguí acordonada y pude ver cómo algún operativo de la guardia urbana de Barcelona hacía guardia para que nadie tratase de acceder al recinto que los Mossos habían construido frente a la fachada del Nacimiento mientras durase la investigación. Algunos curiosos todavía se mantenían cerca y varios periodistas junto a sus caravanas tomaban café mientras esperaban que alguien importante apareciese e hiciese alguna declaración. Yo, por mi parte, dejé la moto al inicio de la avenida Gaudí y me dispuse a volver al mismo lugar de la mañana anterior con la esperanza de que la anciana apareciese por allí o de que algún camarero me pudiese decir algo sobre ella.

Me senté junto al gran ventanal y la misma camarera me atendió. Una pequeña sonrisa se dibujó ligeramente en su rostro pues se acordaba de mí y de mi libreta.

»¿Conseguiste descubrir algo?- me dijo mientras me entregaba la carta.

»Digamos que no voy desencaminado- le respondí devolviéndole la sonrisa.

Miré alrededor tratando de descubrir a la mujer pero mis ojos no dieron con ella. Cuando la chica volvió con la taza de café y un «bikini» de jamón y queso que había pedido, traté de preguntarle sobre la mujer pero me confesó que era la primera vez que la veía. Escuché aquello cabizbajo y desayuné algo tenso, pensando que había perdido aquella valiosa oportunidad de poder hablar con ella sobre aquello que ocurrió hace tiempo y que tanto se parecía a lo que ahora estaban sufriendo.

Salí del local a la media hora con la intención de volver a casa. Comencé a descender por la avenida, custodiada por árboles con hojas otoñales a ambos lados del mismo y observé como las tiendas comenzaban a abrir y muchos jubilados empujaban carritos de la compra para llenar sus neveras. Una mujer de avanzada edad casi choca conmigo cuando iba medio distraído y por poco me la llevo por delante.

Traté de disculparme pero quedé petrificado en cuanto me di cuenta de quien era. La mujer pareció no percatarse de mi descubrimiento y continuó andando como si nada. Un objeto pentagonal había caído del carrito y rodaba cuesta abajo hacia la basílica. Me agaché para cogerlo y devolvérselo pero algo en mi me impidió hacerlo. Observé la caja más detenidamente y miré a la anciana caminado hacia una de las calles paralelas con la misma calma de antes. La flor de Barcelona estaba tallada en la cerradura, idéntica a la encontrada junto al cadáver de la Sagrada Familia…