Casi sin darme ni cuenta, Júlia y yo estábamos tumbados en el suelo tras chocar el uno con el otro. La luz de la habitación se había esfumado justo cuando el teléfono de la inspectora había comenzado a dar el segundo tono de llamada y mi primer impulso fue acercarme a ella para protegerla de la repentina oscuridad; mas, debí de hacerlo con gran intensidad pues esta no pudo controlar el impacto y ambos terminamos cayendo al suelo cual hojas caducas durante el otoño.

»¿Qué estás haciendo?- me preguntó ella sorprendida. ¿Quieres que nos matemos o qué?

Me incorporé rápidamente, casi a tientas mientras tocaba el suelo con la palma de mi mano derecha y ayudé a Júlia a levantarse tirando de su brazo.

Tratamos de contactar de nuevo con los de arriba pero algo extraño había sucedido en aquella milésima de segundo; el teléfono no tenía cobertura, ni una sola ralla. El 4G tampoco funcionaba; el dispositivo estaba, definitivamente, inservible. Lo intentamos con el mío pero corrió la misma suerte que el de Júlia; algo externo había hecho caer la red en el área donde nosotros nos encontrábamos y se había llevado toda la electricidad con él.

Tratamos de llamar al bedel a pleno pulmón pero nadie respondió al otro lado de la puerta.

»El muy imbécil nos ha encerrado- dijo Júlia al tratar de girar el pomo de la puerta y descubrir que estaba cerrada con llave.

La golpeamos fuertemente con las palmas de las manos pero la profundidad del sótano hacía imposible que alguien de los pisos superiores no llegase a oír.

»Perfecto- concluyó ella girando sobre sí misma, aunque lentamente para no desorientarse. Estamos encerrados sin saber lo que está pasando ahí fuera y puede que el asesino lo haya organizado para escabullirse sin ser visto… muy listo.

»Puede…- murmuré en la oscuridad de la sala. Pero, el edificio está lleno de personas. ¿Por qué encerrarnos aquí, junto a la puerta del pasadizo secreto y así escapar? No le veo sentido. Creo que están intentando decirnos algo, sea quien sea.

Júlia me iluminó la cara con la linterna y esta me cegó durante unos segundos. Cuando recuperé la vista pude observar como ella me miraba pensativa y sospeché que había aceptado mi conjetura a regañadientes. Dejó de proyectar el foco sobre mi y lo movió hacia a abertura que permanecía abierta en frente de nosotros.

»No queda otra ¿no?- dijo ella dando por hecho que íbamos a entrar en pocos segundos.

Yo reaccioné dándole unas palmadas en el hombro y ella lo interpreto como una indicación de que debíamos avanzar sin demorarlo más tiempo.

Enfocamos el camino con su linterna y con la de los móviles y cruzamos el marco que nos separaba de las escaleras. No se escuchaba nada ni por encima nuestro ni en la oscuridad creciente que sucumbía tras los primeros escalones. Parecía como si el mundo se hubiese apagado de repente y tan solo nosotros dos quedásemos en la Tierra; encerrados en el subsuelo sin llegar a saber qué había sucedido con el resto de la humanidad.

La inspectora decidió ir delante debido a su rango y yo guardé la retaguarda mirando de vez en cuando hacía atrás por si aparecía alguien de repente que quisiese hacernos daño. Así, comenzamos a descender lentamente mientras palpábamos las paredes para no perder el equilibro y caer rodando escaleras abajo.

No sería hasta unos pocos escalones más abajo, cuando uno de los dos pisara donde no debiera y la imagen del Casa Batlló se cerrara tras nosotros, evitando que pudiésemos salir por donde habíamos entrado.

Escuché el bufido de Júlia delante de mí y apunté con la luz hacia su espalda esperando que ella continuase avanzando.

Las escaleras parecían no tener fin, como si alguien hubiese cavado muy muy profundo y ninguna obra del Ayuntamiento hubiera construido nada subterráneo a través de ellas. Quizás el pacto con los funcionarios de Barcelona, que el multimillonario firmó para que se construyese el túnel de la forma más secreta posible, aún estuviese vigente y fuese abonado por algún descendiente del mismo y así evitase que cualquier obra de Metro, o similar, descubriese el laberinto bajo las calles de la ciudad condal.

»¿Ves algo?- le susurré a Júlia sin dejar de mirar hacia los escalones.

»El túnel de la Sagrada Familia no era tan profundo, al menos que yo recuerde. Es cierto que ya se encontraba algo por debajo de la calle pero esto me parece exagerado- comentó Júlia casi riéndose de lo absurdo de la situación.

Aún así, no quedaba otro camino que continuar hacia adelante si queríamos salir de allí con vida. Pasamos como unos diez minutos más caminando hacia las profundidades (los cuales se me hicieron eternos) hasta que, por fin, la inspectora alcanzó el último de los escalones y un pasadizo, ya más llano, se abrió ante nosotros.

»¿Tienes un mechero o cerillas?- me preguntó Júlia volviendo a enfocarme con su linterna.

Siempre llevaba uno encima aunque no fumase. Me había visto metido en múltiples situaciones donde me hubiera venido bien tenerlo y ahora no me separaba de él.

Se lo pasé casi a los pocos segundos de pedírmelo y vi como ella prendía una primera lámpara de aceite que colgaba sobre la pared del lado derecho del pasadizo. Su color oro estaba muy gastado y lleno de polvo pero, sorprendentemente, aún funcionaba.

»No sé quien los colocaría aquí pero prefiero ver si alguien más avanza detrás de nosotros sin tener que caminar por la oscuridad a tientas.

Poco a poco, el pasillo fue haciéndose más y más ancho hasta que dejamos de caminar en fila y me pude colocar a la izquierda de Júlia.

»¿No tienes la sensación de que llevamos caminando horas y horas? ¿Seguiremos en la Detra o habremos cambiado de barrio?

Mis preguntas no obtuvieron respuesta alguna por parte de la inspectora, la cual revisaba cada poco si su móvil ganaba algo de cobertura o la red de internet volvía a levantarse. A la profundidad a la que nos encontrábamos, yo dudaba de conseguir ninguna de ambas soluciones pero Júlia era más optimista y no dudaba de intentar contactar con el exterior de un momento a otro.

Las lámparas de aceite se terminaron tras encender casi un centenar y así lo hizo el pasillo, dejando visible una pared de piedra con una flor de Barcelona gigantesca tallada justo en su centro.

»¿Qué te parece? Voy a acabar soñando con ella- me comentó Júlia en voz bastante alta y medio riéndose. Parece que les caló hondo el símbolo…

Yo sonreí ligeramente y enfoque hacia el dibujo con mi linterna. Sí que era el de la flor pero había algo diferente en él. Los surcos circulares eran los del diseño original pero, dentro de ellos, diferentes líneas rectas viajaban de un extremo a otro formando una especie de estrella de David sin llegar a serlo exactamente. La inspectora no pareció darse cuenta de ello y comenzó a palpar la pared en busca de algún mecanismo que les permitiera seguir avanzando.

Agarré mi móvil con fuerza y enfoqué con la linterna hacia el dibujo tratando de distinguir algún tipo de marca o señal que me llamase la atención y verificar si aquello era obra de los Criminales del Eixample o de la antigua Vanguardia. Las esferas estaban picadas en la propia pierda de manera casi perfecta, como si de un primer golpe ya hubiesen acertado en la posición indicada para las mismas. Deslicé mi mano sobre ellas y noté el tacto rugoso de piedra antigua bajo esta, subiendo y bajando sobre el relieve y llegando a diferenciar lo que era círculo de lo que no.

»Creo que alguien alteró este dibujo- dije de pronto en voz alta para llamar la atención de Júlia.

Esta me enfocó y volvió a cegarme por unos segundos. La notaba más insegura de lo normal aunque ella no quisiese admitirlo; no llevar el control de la investigación la frustraba sobremanera y ello afectaba al resto de compañeros a su alrededor.

»¿Quieres decir que el asesino ha modificado la flor a conciencia?

»No creo que lo hayan hecho en el día de hoy. La suciedad en la pared es igual en todos sus lados y en el suelo. O el asesino ha tenido bastante cuidado pasando por aquí o nadie ha atravesado estos pasillos desde hace décadas- expliqué sin saber exactamente cómo había llegado a conjurar dicha teoría.

Júlia suspiró de nuevo sin saber qué más llegar a pensar. Volvió a iluminar la pared sin encontrar el mayor atisbo que la ayudase a entender lo que yo trataba de explicarle.

»No sé cuánto tiempo tenemos pero trataré de explicártelo rápidamente para que lo comprendas.

Y así, como si me hubiese convertido en un cuentacuentos, le relaté la historia del desertor que huyó de la Vanguardia hacía más de un siglo y de como los Criminales del Eixample, supuestamente y quizás con desconocimiento sobre ello, habían seguido sus mismos pasos de luchar contra el mal en la ciudad hasta llegar a hacerse con el control de la misma. Ambas sociedades secretas habían desaparecido con el tiempo, hasta ahora.

»Esto cada vez tiene menos sentido- me espetó la inspectora aún más desconcertada. Me parece más bien un ajuste de cuentas entre bandas organizadas; aquí en Barcelona existen y me he topado con muchos casos similares.

»Sí, puede ser, pero que se tomen tantas molestias utilizando estos antiguos pasadizos, dejando pistas junto a los cadáveres, no es propio de una banda organizada con la que ya te hayas cruzado ¿me equivoco?- traté de hacer razonar a Júlia sobre la gravedad de la situación.

La mujer se quedó quieta, pensativa, revisando el móvil en caso de conseguir alguna señal para llegar a contactar con el exterior; nada.

»Puede… quizás sea una tontería…- comencé a decir mientras recreaba en mi mente mil maneras de cómo conseguir salir de allí.

»¡Habla!- dijo Júlia casi con desesperación.

»La flor de Barcelona contiene cinco circunferencias y, aunque actualmente el barrio del Eixample tenga seis distritos, la Nova Esquerra y la Antiga Esquerra estaban unificadas en uno solo. Es decir, quizás cada túnel, a su manera, se construyó para evitar que cualquiera que lo encontrase pudiese alcanzar las cámaras principales donde el hombre de negocios se guarecería en época de guerra. Las cajas se utilizaban cómo llaves para abrir determinadas puertas pero, por lo que veo, no sirven para todas. Puede que esta en concreto nos lleve a un lugar mucho más importante que el resto de túneles o, al menos, que el pasadizo que nos condujo desde la Sagrada Familia hasta la sala ovalada.

»Igualmente seguimos atrapados y, como no encontremos una solución rápido, no veo forma de que nos consigan sacar de aquí- comentó Júlia mientras se quitaba la chaqueta y se sentaba en el suelo, dejando el móvil aun lado, como si ya no tuviese el mayor interés para ella.

Saqué la caja que la anciana me había prestado; con cuidado, me senté junto a la inspectora y me puse a trastear con ella de nuevo, tratando de abrirla de alguna manera desconocida, agitándola por si conseguía escuchar algo en su interior y apretando en cada forma o dibujo que tenía esperando escuchar algún clic que iniciase algún tipo de mecanismo que la abriese fácilmente.

»¿Crees que el bedel de la Casa Batlló era de la Vanguardia o parte de los Criminales?- me preguntó Júlia tratando de matar el tiempo.

»Quizás alguien le pagó para hacer lo que hizo o puede que fuese un miembro de alguno de ellos. Por ahora no puedo sacar ninguna conclusión fiable.

Me incorporé de nuevo mientras le pasaba la caja a Júlia para que jugase con ella.

Me acerqué de nuevo a la pared y observé las líneas horizontales y verticales que formaban ángulos rectángulos en cada una de las circunferencias. Algo extraño me invadió de pronto cuando descubrí cómo las líneas no convergían en el círculo central de la flor de Barcelona, sino que lo hacían en su parte superior derecha. Enfoqué la luz sobre ese punto, el único circulo sin un ángulo completamente definido y con un pequeño agujero gris en su centro, casi imperceptible si no te fijabas bien.

»¿Tienes la caja de la embajadora francesa? La que dejaron junto a su cuerpo- le pregunté a Júlia algo exaltado.

Esta cogió la pequeña bolsa que había llevado consigo con alguna de sus herramientas, en caso de llegar a utilizarlas en algún momento, y sacó una caja similar a la primera. Me la lanzó casi sin dejarme prepararme para recibirla y por poco se me case al suelo.

»¡Cuidado!- le espeté casi al unísono.

El símbolo de la flor de Barcelona en esta segunda caja era mucho más pequeño que el de la anterior. No lo pensé dos veces y lo acerqué al pequeño agujero gris donde convergían todas las líneas; incrusté la caja como si de un puzle se tratara y, como si ya supiese lo que tenía que hacer, la giré hacia la derecha, la cual obedeció y, al poco, un nuevo mecanismo de engranajes se escuchó de fondo.

Júlia se incorporó, recogiendo todas sus cosas y sin perder de vista la caja de la anciana.

Un ligero crujido se escuchó de pronto y el polvo que rodeaba la piedra sufrió una mini explosión al separarse las paredes unas de otras. Ambos nos alejamos para que la mecánica obrase su magia y, a los pocos minutos, la pared se abrió cual puerta normal y una fuerte corriente de aire nos sorprendió y golpeó ligeramente sin llegar a desestabilizarnos; las lámparas de aceite se apagaron y la oscuridad lo cubrió todo de nuevo.


El día tornó en noche a las pocas horas y toda la Dreta de l’Eixample quedó completamente a oscuras.

Los servicios de emergencia recorrían las calles principales tratando de iluminar las vías mientras los técnicos investigaban la amplia caída de electricidad y de la red en todo el área metropolitana.

La casa Batlló quedó completamente desalojada tanto por la policía como por cualquier empleado que aún se encontrase dentro del edificio. La desaparición tanto de la inspectora como del periodista de investigación fue algo desconcertante para todos pues no se presentaron en las tiendas habilitadas para las reuniones a pie de calle.

No lejos de allí, fuera de la zona apagada, ya dentro de la Esquerra de l’Eixample, una mujer observaba la escena caótica en la que se había convertido aquella parte del distrito.

Un ligero zumbido se escuchó dentro de su bolso y esta sacó su móvil casi al instante.

«Sí, está todo preparado. Sí, los dos han entrado y no tardarán en abrir la puerta. Sí, sé que hay mucho en juego pero son los únicos en los que podemos confiar. No, ya no hay marcha atrás, es ahora o nunca. No, la luz no volverá hasta que todo haya terminado…»

Se cortó la llamada y, durante unos minutos más la mujer se quedo allí parada, observando. Después, un coche negro con los cristales tintados se acercó a ella y, sin hacer el mayor gesto de desconcierto, se subió a él, desvaneciéndose del lugar.


El paisaje cambió completamente cuando Júlia y yo atravesamos la gran puerta de piedra. El largo pasillo, lleno de lámparas de aceite que nos había conducido hasta allí, dio paso, tras descender otra veintena de escalones, a una amplia sala, mucho más grande que la ovalada de la vez anterior.

Grandes columnas soportaban el peso del oscuro techo que casi ni se percibía. Lámparas con velas medio consumidas colgaban del mismo gracias a extraños cables plateados y una gran mesa rectangular de madera ocupaba gran parte de la estancia, rodeada por sillas del mismo material, pero acolchadas para la comodidad del que se sentase sobre ellas. Largas telas, cuyos colores de fondo se combinaban con rojos y amarillos, igual que el escudo de la ciudad, cubrían las paredes con dibujos cosidos sobre ellas; algunos representando la flor de Barcelona y otras con líneas horizontales que viajaban sobre los dibujos en varios sentidos y cuya intersección se encontraba en el círculo central de los mismos.

Un atril, parecido a un escenario, se representaba al fondo, y varias sillas mucho más amplias y cómodas que las anteriores estaban colocadas mirando hacia el resto de la estancia. La madera se distinguía con un tallado mucho más cuidado, y una letra de gran tamaño se percibía detrás de cada uno de los respaldos.

V – A – N – G – U – A – R – D – I – A

Juntar las palabras me provocó un escalofrío. Quizás acababan de entrar en lo que sería el cuartel general de aquella antigua organización y la flor de Barcelona no sería otra cosa que la toma del lugar años después por los Criminales del Eixample. Aún así, todo estaba cubierto de polvo y daba la impresión de que nadie había estado allí en años.

»¿Cómo es posible que no hayan dado con esto?- se preguntó Júlia entre maravillada y desconcertada.

»Hemos bajado muchas escaleras. Puede que estemos a bastante profundidad, por debajo incluso del metro y del alcantarillado. Es extraordinario que construyeran esto y que luego la ciudad evolucionase sin alterarlo lo más mínimo.

La mesa estaba puesta, con platos y cubiertos de plata, como si la hubiesen dejado preparada para la próxima vez que se fuesen a reunir; algo que nunca llegó a suceder.

Caminamos a través de los pasillos separados por las grandes columnas, observando con curiosidad cada rincón de la sala. Armarios, papeles rotos y amarillentos, cachivaches llenos de polvo, tapices de un valor, quizás, incalculable. El lugar estaba cubierto de muchos tesoros pero sin ninguna pista relacionada con los crímenes que habían comenzado a suceder aquellas semanas.

Me acerqué más a las diez sillas y observé la sala desde lo alto del escenario. La estancia era, realmente, gigantesca. A causa de la oscuridad no se percibía siquiera el fondo de la misma y el aire estaba algo cargado, a causa de la profundidad a la que nos encontrábamos.

»¡Júlia! ¡Ven hasta aquí!-.

Justo en la pared detrás del escenario había un tapiz algo diferente. Era una especie de mapa de la Barcelona del siglo XVIII o así pero, a la vez, alguien había cosido diferentes líneas rojas que surcaban la ciudad industrial de norte a sur y de este a oeste.

»Parece que hemos encontrado parte de la ubicación de los pasadizos… Me apuesto lo que quieras a que el rico empresario conocía de su existencia y pidió ampliar su recorrido antes de que el Eixample fuese urbanizado completamente- comenté con la inspectora mientras movía mi dedo sobre uno de los hilos.

Muchos de los túneles recorrían zonas conocidas como el barrio Gótico, el Born, el área de la catedral… Los añadidos en el Eixample seguramente serían obra del empresario que construyó los bunkers.

»Si esa Vanguardia abandonó este lugar años atrás, no veo qué relación puede haber con los asesinatos de los supuestos miembros de los Criminales del Eixample. No tendría sentido una supuesta venganza de usurpación si todo ocurrió en intervalos de tiempo diferentes- trató de justificar Júlia sin encontrar una relación lógica.

»Tendremos que seguir investigando, aquí hay algo que no cuadra- comenté intentado que la inspectora no se rindiera tan fácilmente con mis teorías conspiratorias.

»¿Qué es esto…?

Algo detrás del lienzo llamó mi atención. Una puerta de madera se ocultaba tras él y una llave muy antigua estaba puesta en su cerradura.

Júlia sacó su arma, la cual había mantenido enfundada todo aquel tiempo y me echó a un lado mientras ella manipulaba la cerradura y abría la puerta de par en par. Una larga escalinata ascendía hacia la oscuridad y quizás hacia una posible salida.

»Creo que no nos queda otra. He revisado toda la sala y no he encontrado nada que nos lleve fuera de aquí- afirmó Júlia mientras iluminaba los escalones de piedra.

La ascensión fue lenta y pesada. Igual que hace una hora cuando bajábamos desde la Casa Batlló. Mi intuición me decía que tendríamos que volver a subir y que no habría un ascensor para ayudarnos.

No llegué, realmente, a saber cuanto tiempo duró la ascensión pero se me hizo eterna. Júlia iba delante iluminando el camino y notaba como sus botas replicaban contra la antigua piedra; de vez en cuando tornaba la vista hacia atrás pero dejé de hacerlo al no escuchar sonido alguno.

»Parece… una especie de trampilla- dijo la inspectora cuando por fin alcanzamos la cúspide y tan solo un cuadrado de madera en el techo nos separaba de la siguiente sala.

La mujer la empujó con fuerza y esta cedió ligeramente, permitiendo que una ráfaga de aire nos envolviese durante unos pocos segundos.

Un pequeño almacén se abrió ante nosotros; una especie de alfombra cubría la trampilla y, gracias al impulso con el que Júlia la había movido, esta se levantó y quedó doblada con su base mirando hacia arriba.

La inspectora salió la primera y después me ayudó tirando de mi brazo derecho. La mujer movió de nuevo la linterna y simplemente habíamos aparecido en un cuarto lleno de cajas de cartón y utensilios de limpieza.

»Creo que hemos vuelto a la superficie aunque me parece que no estamos en la Casa Batlló- continuó comentando Júlia observando a su alrededor.

Una puerta metálica nos separaba del resto de la estancia y por ella salimos a los pocos minutos.

Un pequeño estudio, de arquitectura quizás, apareció ante nosotros, al igual que una cristalera mostrando la calle.

»Por el tipo de fachada diría que estamos más a bajo de Portal del Ángel o cerca- comenté mientras curioseaba los dibujos que había sobre amplias mesas blancas.

»Aquí sí que tengo señal. Pediré que nos vengan a buscar y solicitaré información sobre este lugar- dijo Júlia mientras intentaba contactar con alguien de su equipo.

Mientras, continué dando vueltas por el pequeño establecimiento y cotilleando todos y cada uno de los dibujos en los que estaban trabajando y algunos que ya habían sido terminados. Muchos de ellos eran sobre nuevas edificaciones o reformas de habitáculos pero me llamó la atención una vieja carpeta que estaba algo más oculta detrás de varios libros en una de las estanterías.

»¡Júlia!- grité nuevamente.

El dibujo de la antigua plaza de toros «La monumental» destacaba sobre los demás y una flor de Barcelona representada sobre la arena solo me hizo presentir que algo malo iba a suceder allí.