Era más de la una de la tarde cuando Júlia me recogió en la puerta de mi apartamento. Tras recibir su llamada tardé poco en reaccionar y volver sobre mis pasos para no hacer tardar a la inspectora. Mis pensamientos aún se concentraban en la anciana, la cual había sido recogida de la ambulancia y llevada sin dilación al hospital Sant Pau, no lejos de allí. Desde lo más profundo de mi ser sabía que aquella mujer tenía un papel importante en todo lo que estaba sucediendo y que, de un modo u otro, aquella información que pudiese transmitirnos sería clave para resolver el enigma que tantos dolores de cabeza nos estaba causando.

Saludé a Júlia con una sonrisa y subí al vehículo para colocarme junto a ella en la parte delantera. Iniciamos la marcha casi al minuto después de que la mujer realizara unas comprobaciones rutinarias.

Durante el trayecto intenté explicarle lo que había descubierto en relación a su conversación con la anciana y la repetitiva intervención de los cuatro jinetes para con los criminales del Eixample. Parecía como si cualquier testigo que tuviera alguna relación con el caso les guiara a encontrar dichos personajes.

»¿Cómo habéis conseguido la orden para registrar el palacio? – pregunté curioso.

Júlia me miró de reojo y sonrió.

»En la Generalitat no pusieron muchas pegas desde que el gobierno francés ha comenzado a presionar para encontrar un culpable del asesinato de la embajadora. La orden es pura rutina para que no haya un vacío legal en cuanto a permisos de registro. Vamos, que nos hubieran abierto las puertas y resulto muchas dudas llegado el caso.

»¿Le has contado al comisario lo que hemos descubierto? -.

»Por suerte para nosotros, nos ha dado algo más de tiempo mientras presenta al delegado del Gobierno y al jefe de operaciones del CNI nuestros descubrimientos. Lo que el más teme es que los criminales vuelvan a actuar delante de nuestras narices sin que podamos hacer nada para evitarlo. Muchos de nuestros operativos ya se han apostado dentro y fuera de La Monumental a la espera de lo que pueda suceder… y creo que no faltará mucho para ello-.

Júlia me indicó con el dedo índice de su mano derecha que abriese la guantera del vehículo. Así lo hice y comprobé cómo el arma de la mujer se mantenía segura en su interior. Así mismo, varios papeles la cubrían; me dijo que cogiese el primero. El dibujo era de un malva claro, con letras amarillas e información algo más detallada en su interior.

»¿Qué se supone que es esto? – pregunté algo confuso.

»Al parecer, a partir del próximo sábado, en La Monumental se celebrarán conciertos gratuitos para todo el que quiera ir. ¿No te parece mucha casualidad que encontremos pruebas indicando un posible ataque dentro de la antigua plaza de toros y justamente esta misma semana se produzca un evento donde muchas personas se congregarán y sea más que posible poder acabar con la vida de una de ellas sin que nadie se de cuenta?

Sus palabras eran más que coherentes y si los criminales mantenían su ritual en los distritos del Eixample, aquella tenía que ser la ubicación correcta.

»¿Qué opina el comisario? -.

»Si lo cancelamos podríamos evitar una masacre… pero también perderíamos la oportunidad de coger a uno o varios de los miembros de la banda de criminales. Sus pensamientos son similares a los míos: ver lo que puede llegar a pasar con una previa preparación por nuestra parte para no perder detalle de nada ni de nadie. Habrá que saber quien entra y quien sale del recinto, pero ese será el único precio que los asistentes tendrán que pagar por acceder.

La avenida Diagonal estaba llena de movimiento en aquellos momentos y tardamos un tiempo en cruzarla hasta conseguir llegar al barrio de Les Corts. Las flamantes edificaciones de la Barcelona renacentista dieron paso a unas mucho más modernas, propias de mediados y finales del siglo XX, así como gigantescas torres negras que representaban a grandes empresas y hoteles de alta gama. El campo de futbol quedaba a la izquierda de nuestro camino y el campus universitarios de arremolinaba en varias direcciones, envolviéndonos a medida que abandonábamos los últimos resquicios de la ciudad más antigua y alcanzábamos una menos urbanizada. La parada de metro de la línea verde «Palau Reial» quedaba justo en frente de las altas verjas que daban la bienvenida a los amplios jardines de lo que fue la vivienda de los monarcas españoles hasta poco antes del inicio de la Guerra Civil española.

Júlia aparcó en una calle lateral y ambos nos acercamos a paso firme hacia las verjas. Un hombre menudo, vestido con un raje azul oscuro, corbata negra y gafas de pasta gruesa y del mismo color nos esperaba junto a las puertas.

»Bue… buenos días- nos dijo saludando con la mano derecha como si fuésemos miembros del ejército. Ha debido de suceder algo bien gordo para que cierren los jardines al público…

»Me dijeron que alguien del ayuntamiento nos acompañaría dentro, supongo que es usted ¿cierto? – preguntó Júlia interrumpiéndole.

El hombrecillo asintió con la cabeza y se encogió de hombros casi al unísono.

»Un equipo técnico está de camino y se repartirá por todos los jardines para buscar algo que nos pueda servir en nuestra investigación. En cuanto lleguen le informaré para que les pueda dar acceso al recinto sin perder mucho tiempo.

Él asintió sin saber bien como reaccionar. Yo miré a la inspectora y noté como trataba de marcar territorio y hacer ver al funcionario que a ella no le interesaba el cotilleo por su parte y ansiaba resultados lo antes posible.

Sin más, avanzamos a través de los jardines dejando atrás el mundanal ruido y sucumbiendo poco a poco en un mundo nuevo y verdoso, como si fuésemos realmente reyes y reinas y tuviésemos nuestro propio jardín en medio de la ciudad condal. Fuentes por doquier, caminitos que llevaban a cualquier otra zona del pequeño bosque, arcos y rosales y un sinfín de canciones producidas por varios tipos de aves y demás animales que convivían en aquel curioso lugar. Pequeñas escalinatas desembocaban en gigantescos estanques, grandes bustos de personajes importantes descansaban sobre varios pedestales colocados a lo largo del parque y figuras extrañas y esculturas abstractas convivían unas con otras.

Tardamos varios minutos en alcanzar la gran casa situada justo al otro extremo del recinto. El edificio, cuya fachada se encontraba algo descuidada, estaba pintada de colores amarillos, suaves y chillones y jugaban con algún que otro blanco en sus columnas y soportales. Este había sido un museo tras su uso por la familia Real y ahora se mantenía cerrado al público. Si los criminales del Eixample habían celebrado una fiesta en su interior, muy posiblemente nadie se hubiese percatado de ello.

El hombrecillo nos abrió la puerta principal gracias a una de las llaves que portaba consigo.

Júlia revisó la cerradura; no parecía forzada y tampoco detectó nada fuera de lo común que pudiese haber sido alterado en ella. Esta chirrió cuando el chico la empujó hacia adelante, como si hubiese transcurrido mucho tiempo desde la última vez que alguien lo hubiese hecho de aquella manera.

Una magnifica sala apareció ante nosotros; un lugar de paso donde el palacio daba la bienvenida a los visitantes antes de acceder a otras estancias de este. Una amplia escalinata daba acceso a los pisos superiores y una gigantesca lámpara acristalada colgaba del techo. Mi imaginación volaba sin límites tratando de imaginarla encendida y el paso sin descanso de los sirvientes para atender a los invitados de Sus Majestades cuando estos diesen fiestas o realizaran algún evento importante que requiriese de su presencia en la ciudad.

»¿Hay algún comedor o sala de reuniones? – preguntó Júlia intentando buscar un lugar donde empezar a indagar.

El chico nos condujo a través de un largo pasillo compuestos por diversos espejos y cuadros muy antiguos y supuestamente caros. Pensando en que los criminales del Eixample habían caminado por aquellos corredores tan solo unos días antes me pusieron los pelos de punta, no solo porque estaba medio oscuro, sino por la tensión de pensar en lo que habría llegado a ocurrir tras aquellas paredes, al margen del resto del mundo.

Un gran comedor fue nuestro primer destino fijo. Una larga mesa rectangular había sido colocada justo en el centro y candelabros cubiertos por brillantes cristales colgaban igualmente del techo mediante largas y resistentes cadenas para dar luz a los comensales. Traté de imaginar la vajilla puesta con todos los cubiertos y demás manjares siendo servidos por los camareros o por el servicio que tuviesen en aquella época.

Descorrimos las cortinas y la luz de la tarde cubrió la gran sala. El polvo era algo latente, pero se notaba que cuidaban el mantenimiento del edificio muy de vez en cuando. Igualmente, aquel fue un punto extraño para tener en cuenta ya que la sala estaba bastante más limpia que otras por las que habían caminado hasta llegar allí.

»¿Tiene un servicio de limpieza o algo parecido? – pregunté sin poder aguantarme.

»El palacio lleva tiempo cerrado y tan solo utilizamos sus jardines. El edificio en si fue un museo durante algún tiempo, pero ahora han dejado de sacarle provecho. No recuerdo que hayamos contratado ningún servicio de limpieza, pero quizás mi jefe lo haya solicitado por algún motivo; puedo consultarlo mientras ustedes echan un vistazo por aquí.

Yo asentí agradecido y Júlia me miró aliviada al ver que por fin nos quedábamos solos y sin la mirada del muchacho, fija sobre nosotros cada vez que nos deteníamos a revisar con lupa algo que nos llamaba extrañamente la atención.

»O sea, ¿se supone que aquí hubo una fiesta durante toda la noche y nadie de los que gestionan el palacio se dio cuenta? Venga hombre, eso no se los creen ni ellos…- solté, de repente, lo suficientemente alto como para que Júlia me prestara algo de atención

»Te en cuenta que son una organización lo bastante antigua como para tener contactos en cualquier parte y llegar a acceder a sitios como este mediante amenazas, chantajes o, quizás, cosas peores. Nuestro principal objetivo es encontrar alguna pista que nos cuente el por qué de la fiesta y qué ocurrió para que dos de ellos estén ahora muertos- me respondió Júlia mientras caminaba alrededor de la larga mesa.

Suspiré con desgana y decidí contener mi entusiasmo y comenzar a revisar la sala junto con la inspectora.

Un gran manto blanco cubría parte del mobiliario, para evitar que este se ensuciase, pero algunos, como la mesa y varias sillas de forma aleatoria, no estaban tapados, lo cual podría interpretarse como un uso de los mismos no hace mucho tiempo.

»¿Cuántas sillas hay descubiertas? -pregunté desde la otra esquina de la sala.

»Mmmm vamos a ver… creo que doce o así ¿en qué piensas? – me preguntó intrigada la inspectora.

Mi cabeza daba vueltas como una peonza en continuo movimiento.

»Todavía no sabemos cuantos miembros son, pero tengo la corazonada de que por lo menos hay seis, uno por cada distrito del Eixample. En el centro, presidiendo la mesa, veo la figura de un supuesto líder o anfitrión que los ha convocado para la celebración. Y el resto de las sillas… quizás los cuatro jinetes de los que todo el mundo habla estuvieron aquí también… suponiendo que sean personas reales.

Júlia me observó pensativa y miró de reojo a la mesa tratando de ubicar a cada uno de los asistentes en los sitios seleccionados por mi. Se acercó hasta la silla donde supuestamente el anfitrión se pudo haber sentado. Se agachó y pasó la mano sobre los apoyabrazos. La madera estaba muy lisa, pero había algo extraño en uno de los lados, como si se hubiese arañado con algo. Tampoco era algo muy relevante ya que aquellas sillas llevaban ahí desde inicios del siglo XX y los signos podrían haberse hecho hacía más de cien años. Aun así, lo tomó como una muestra de que alguien se había sentado allí recientemente.

»¿Perdemos el tiempo? No veo nada que nos sirva…-.

Quizás la ubicación fuese errónea o puede que no tuviese nada que ver con ellos y solamente hubiesen utilizado el lugar para la reunión.

Me olvidé de la mesa por un momento y traté de buscar alrededor de la sala, intentado descubrir lo que mis ojos aún no habían sido capaces de percibir.

Amplias puertas de madera nos separaban de la sala contigua. Giré el pomo con cuidado y agradecí que estas no estuviesen cerradas con llave. Me asomé con cuidado pues la oscuridad aun ocupaba la gran mayoría de los habitáculos del palacio. Gracias a una de las linternas de Júlia proyecté el foco de luz en diferentes direcciones tratando de identificar de qué se trataba. No había casi mobiliario y diferentes espejos y ventanales con las cortinas corridas rodeaban el espacio vacío donde aún no le había encontrado el sentido de su existencia.

»¡Júlia! Ven a ver esto-.

»Parece… tiene que ser un salón de recepciones o algo por el estilo. Es similar a uno que vi hace tiempo cuando viajé a Reino Unido. Seguro que aquí organizaron algún tipo de reunión previa o posterior a la cena.

Casi sin darme cuenta, la inspectora comenzaba a correr las cortinas. Los rayos de luz se proyectaron contra los espejos generando un efecto óptico algo extraño.

»Que raro… ¿te has fijado en las ventanas? – pregunté de repente a Júlia al ver como algo no cuadraba en aquella sala.

Justo en medio de cada uno colgaba una especie de marco con forma circular. Parecía, más bien, un tipo de cilindro casi opaco sujeto por un fino hilo metálico, casi imperceptible.

»Parece que parte de la luz se concentra sobre uno de los espejos ¿no es curioso? – Júlia me miró y asintió mientras comprobaba el resto de las ventanas, retirando las cortinas y evitando siquiera rozar los objetos que generaban los torrentes de luz.

Seis en total atravesaron diferentes extremos de la sala, cruzándose unos con otros y, graciosamente, concentrando todos sus rayos sobre una única cristalera.

»¿Crees que esto ya existía cuando los reyes residían aquí? – pregunté en voz alta aún sabiendo que Júlia no poesía la respuesta.

»Quien sabe. Puede que ellos mismos lo supiesen. No sabemos a qué niveles institucionales se encuentra esta gente; como sospechaba, lo mejor es caminar con cuidado antes de acusar a alguien que pudiera hacernos desaparecer con solo chasquear los dedos.

Me acerqué al gran espejo donde el foco luminoso formaba una especie de circunferencia justo en su centro. Pasé la palma de la mano sobre él. El cristal estaba libre de polvo, lo cual indicaba el cuidado que alguien había tenido para mantenerlo intacto y cuya función pudiera cumplirse a la perfección. Rocé el marco cuidadosamente mientras buscaba alguna señal indicándome donde presionar para activar algún tipo de mecanismo y que algo sucediese.

»¡Mira! – grité de pronto. Júlia se volteó hacia mí antes de girarse de nuevo hacia la venta y comprobar que nadie se acercaba desde el exterior.

»Aquí han escrito palabras en catalán. Puede ser… son los nombres de los distritos del Eixample sin duda. La Dreta, la Esquerra, El Fort Pienc… y a este lado: Sagrada Familia y Sant Antoni… sí, están todos.

»¿Crees que desde aquí habrá acceso a los túneles que hay por debajo del barrio? – comentó Júlia intrigada.

»Estamos a varios kilómetros y en aquella época todo esto sería más campo que urbe. No tengo muy claro que les interesase controlar este lado de la ciudad pudiendo concentrar todo su poder en el Eixample. Aquí tiene que haber algo más que se nos está escapando y que, aún así, tiene que ver con los criminales.

Busqué las palabras donde se había producido el primero de los asesinatos. Mis dedos acariciaron las primeras letras y, sin pensármelo dos veces, presioné sobre ellas. Se escuchó un ligero clic y, casi al momento, uno de los espejos se movió hacia dentro y una pequeña puertecilla se abrió tras él. Una ligera corriente de aire penetro en la sala donde nos encontrábamos y un ligero escalofrió recorrió mi cuerpo de punta a punta.

Júlia desenfundó su arma y la levantó con suavidad. Me indicó con la mirada que me colocara justo detrás de ella mientras ambos avanzábamos hacia justo el otro extremo desde donde yo me encontraba. La mujer se asomó con cuidado y enfocó con su linterna el interior de la habitación. Las paredes eran de piedra y una de ellas estaba cubierta por una especie de telar donde alguien había tallado una basílica casi a medio comenzar su construcción. Una cama muy rústica estaba colocada contra la pared en una de las esquinas y daba la impresión de que nadie la había utilizado en mucho tiempo. Un escritorio de madera y una silla, situados a menos de un metro de la cama, llamaron mi atención sobremanera. La fotografía, en blanco y negro, de un hombre elegante me resultaba muy familiar; avisé a Júlia para que le echara un vistazo y ver si compartía los mismos pensamientos que yo.

»¡Es imposible! Como, como…- la inspectora, con muecas de desconcierto, observaba la imagen sin llegar a creer lo que veían sus ojos.

»¡Es sir Eduard Ivers! O al menos, su padre o su abuelo- la revelación me aceleró el ritmo cardíaco ligeramente y, por un momento, algunas cosas comenzaron a cuadrar en mi cabeza.

La nueva teoría que se solidificaba por momentos era la presencia de los herederos, aquellos que un día recibieron la noticia de que sus antepasados habían cometido una serie inimaginable de crímenes y ahora tenían la oportunidad de conocerse en persona y hablar sobre cómo había ocurrido todo y qué se esperaba de ellos y de la organización ahora que sus fundadores habían o estaban por desaparecer de este mundo. La gran pregunta seguía siendo por qué querer matarlos. Qué descubrieron en la reunión que llevara a uno de ellos a iniciar un par de asesinatos y haber planificado un supuesto tercero en la Monumental. Era la Vanguardia la mano ejecutora de aquel plan como una especie de venganza o había más gente implicada de la cual desconocíamos de su existencia. Cada vez dábamos un paso más hacia delante pero el origen de todo seguía siendo desconocido.

»Parece que vivían aquí escondidos por alguna razón… es extraño- Júlia iluminó el resto de la sala, pero allí ya no quedaba nada útil que nos pudiese ayudar en la investigación.

Volvimos a la sala de los espejos y opté por presionar las letras de la Dreta. Un nuevo espejo se movió dejando visible una habitación casi idéntica a la anterior. Nada quedaba de lo que sería un lugar cómodo: donde poder pasar el tiempo, pero sí que habían dubiso

una fotografía de una mujer.

»Como dos gotas de agua, ¿no te parece? – le mostré a Júlia mientras esta revisaba la imagen de una joven Marie Fave de principios del siglo XX que sonreía a la cámara mientras descansaba, sentada sobre una silla, en algún lugar de la campiña francesa.

Las cartas estaban sobre la mesa. La identidad de la posible tercera víctima estaría dentro de la habitación de El Fort Pienc. No tardé ni un segundo en volver al espejo y presionar sobre el nombre de aquel distrito donde la antigua plaza de toros se erigía, envuelta por los edificios de la ciudad condal. El espejo dio un paso a una tercera sala, idéntica a las demás. La imagen de un joven músico tocando una trompeta me entró por los ojos. Iba vestido con un traje de rallas y un sombrero y daba la impresión de trabajar en alguna especie de banda musical, pero no me dio pie a poder reconocerlo de alguna forma.

»¿Quién puede ser? – le pregunté a Júlia mientras examinaba la foto tratando de encontrar escrito en alguna parte su nombre o algo que pudiese identificarlo.

»Uno más de la lista. En los casos anteriores tampoco habríamos descubierto su identidad de no haberse producido ambos asesinatos. Seguro que si comprobamos el resto de las salas tampoco daremos con nada importante. Sus identidades eran demasiado valiosas como para dejarlas a simple vista, aun siendo protegidas por salas secretas.

»¡¿Hola?!-.

Una voz retumbó en medio de la gran sala de los espejos. El joven guarda del edificio parecía buscarlos a través de los oscuros corredores del palacio.

Salimos de la tercera habitación y pulsamos de nuevo sobre los distritos del Eixample que habíamos seleccionado para que los cristales volviesen a juntarse con los marcos dorados y todo volviese a la normalidad.

El hombrecillo apareció a los pocos segundos con la tez algo roja y con la respiración entrecortada.

»¡Ah! Están aquí. Sus colegas de la científica ya se han puesto a trabajar en los terrenos. La avisarán si encuentran algo de interés.

El joven miró hacia Júlia buscando una señal de aprobación y esta asintió conforme.

»¿Han encontrado algo en mi ausencia?

»Nada significativo a parte del polvo y las mantas. Si alguien organizó algo aquí lo recogió todo a la perfección- contestó la inspectora tratando de no contar más de lo necesario.

»¿Existe alguna sala más a parte de estas dos que debamos revisar antes de irnos? – pregunté a la desesperada mientras observaba de reojo los espejos.

»Quizás la sala del trono sea un buen lugar. Es una habitación muy amplia y de techos altos. Podemos probar con ella- respondió el joven pensativo.

Nos movimos casi a los pocos segundos e iniciamos la marcha por un largo pasillo, iluminado por lámparas eléctricas hasta alcanzar un lugar muy amplio, con dos sillas tapizadas y colocadas sobre una especie de atril al que los súbditos debían de subir para hablar con Sus Majestades. El escudo del Reino de España estaba tapizado en una tela roja que colgaba del techo y el resto de la sala se mantenía completamente vacía. Volvía a forzar mi imaginación para intentar recrear el momento en que un gran grupo de personas llenarían el lugar y los reyes de la época (Alfonso XIII y Victoria Eugenia) los recibirían en su visita a la ciudad condal.

Sin mediar palabra, me acerqué al gran tapiz y lo examiné con detenimiento.

»¡Júlia! – mi voz no fue muy sonora pero lo suficiente para llamar la atención de ambos.

»Este escudo tiene algo distinto al común ¿lo ves?

Un símbolo de principios del siglo XX se dibujaba en la tela y, casi al final, un diminuto círculo dorado, que en el resto de las versiones estaría hueco, en esta alguien había añadido hilos de más y la flor de Barcelona quedaba representada perfectamente.

»Si este era su lugar de operaciones, la Familia Real podría estar al tanto de sus actividades.

Traté de correr el tapiz de alguna manera, pero un tablón suelto me hizo tropezar y caer sobre uno de los asientos. El joven vigilante por poco se lleva las manos a la cabeza y corrió a socorrerme y a comprobar que el trono no había sufrido daño alguno.

Me incorporé con cuidado y observé como la tablilla se había desplazado hacia un lateral y había dejado un espacio hueco visible en el suelo.

Un cuaderno bastante antiguo descansaba dentro de él. Lo recogí con cuidado y observé la fecha escrita al pie de la primera página: abril, 1931.

Casi todas las hojas estaban arrancadas y muchas eran ya ilegibles, pero había una de ellas que no me dio lugar da dudas sobre lo que contenía.

»Júlia, deberías de ver esto…

Alguien había escrito sobre las viejas hojas amarillas una nueva fecha: abril 2019. Bajo ella, un dibujo circular similar al que encontramos en la tienda tras salir de las catacumbas barcelonesas me puso los pelos de punta.

»¿Es lo que yo creo que es? – pregunté esperando una respuesta que ya conocía.

»No hay duda, los que estuvieron aquí puede que no supieran que iban a morir, pero sí que planificaron la muerte de alguien del grupo. La cuestión es ¿seremos capaces de dar con él o ella antes de que lo ejecuten en La Monumental?