Transcurrieron como cinco minutos o así hasta que volví a ser consciente de donde me encontraba.

La voz de aquella mujer se había desvanecido completamente y tampoco escuchaba a Júlia gritar junto a mi, tratando de detenerla en su afán por desestabilizarme.

Muy despacio fui abriendo los ojos; la oscuridad me rodeaba y, por un momento, traté de recordar vagamente qué había pasado y cómo, de la nada, había llegado a aquel lugar. Mis recuerdos eran confusos y mi memoria solo alcanzó a rememorar unas últimas palabras antes de perder el conocimiento completamente: «busca a los cuatro jinetes…» ¿Se refería a gente real o a algún pasaje bíblico? ¿Era una especie de guardianes de la Vanguardia o tuvieron algo que ver en el conflicto entre ambas organizaciones? Más preguntas sin respuesta que se acumulaban en mi cabeza y que podrían llevarme a una locura que, sin saberlo, ya había comenzado a florecer.

Aún continuaba tumbado, como en el sueño de hacía un par de días, y decidí confirmar mis sospechas sobre la ubicación donde me encontraba. Tenía las manos mojadas y, esta vez, sentía de verdad el líquido cristalino siendo absorbido por mi ropa a cada segundo, creando así una sensación de lo más extraña. Mi pelo estaba húmedo y mis oídos percibían las débiles fluctuaciones que esta generó cuando comencé a moverla con los brazos. ¿Era un sueño o realmente me encontraba consciente en aquel extraño lugar?

Poco a poco volví a tomar el control de mi cuerpo y mis piernas empezaron a reaccionar a las órdenes de mi cerebro. Traté de incorporarme y, por extraño que pareciera, necesité varios minutos para hacerlo. No sé si se debió al fuerte dolor de cabeza que tenía en aquel momento, pero me sentía mareado, como si no perteneciera a aquel lugar y mi propio cuerpo lo supiese.

Tras varios minutos, al final conseguí colocarme más o menos de pie y el agua comenzó a chorrear desde cualquier parte de mi ropa igual que una pequeña cascada que surge de entre las rocas. No tenía sentido preocuparme por ello ya que no podía cambiarme y no había nada ni nadie cerca para ayudarme; no sentía frío ni calor, no percibía nada.

Observe el supuesto cielo, oscuro, con diminutos puntos luminosos que podrían ser estrellas lejanas. Giré sobre mi mismo y el paisaje no cambió en ninguna de las direcciones posibles. Trate de recordar mi sueño, buscando la manera de encontrar un camino conocido o una señal que pudiese indicarme por dónde continuar, pero cada paso que daba era condicionado por un tercero y nunca por mi mismo. Decidí esperar a que sucediese algo antes de tomar la iniciativa de elegir un camino aleatorio.

La noción del tiempo era casi irrelevante ya que nada cambiaba a mi alrededor. Opté por contar los segundos hasta un número en concreto antes de iniciar la marcha. Observé la cúpula estrellada y traté de buscarle forma a los cuerpos celestes; algunos estaban juntos y otros muy separados. Ninguno de ellos me sonaba, pero al mismo tiempo, su forma llamaba poderosamente mi atención: líneas rectas se recreaban en mi cabeza; otras se cruzaban arriba y abajo dibujando una especie de ele tumbada o quizás una zeta. Algunas brillaban más que otras, así que decidí seguir la constelación más llamativa y descubrir si algo en aquel mundo oscuro conseguía ser de utilidad para mí.

La cantidad de agua en el suelo parecía calculada al milímetro. El sonido de esta cuando mis zapatos la golpeaban era algo casi imperceptible, lo cual me sobrecogió sobremanera y aumentó mis incógnitas acerca de si realmente aquello no era más que un sueño.

El conjunto de estrellas que más brillaba dentro de la figura celestial lo hacía cada vez con más fuerza a medida que avanzaba hacia ninguna parte. No soplaba una pizca de aire, pero aquello no impedía que respirase con normalidad. Mi ropa cada vez estaba menos húmeda, salvo mis zapatos, pero la temperatura permanecía estable, ni muy fría ni muy calidad. Mi dolor de cabeza, en cambio, aumentaba cada vez más, aunque podía soportarlo por el momento.

Algo me hizo tropezar al cabo de unos cuantos pasos más adelante. Caí de bruces contra el suelo y volví a mojarme completamente. El líquido golpeo mi cara, pero no sentí nada; fue como si una ráfaga de aire me abofetease y luego mi sudor recorriese la piel hasta desvanecerse completamente.

Me giré para descubrir la razón por la que me había tropezado. Algo blando estaba sido colado en el suelo; avancé de rodillas y, a la luz de las estrellas descubrí el cuerpo sin vida de Marie Fave. Igual que en sueño anterior, supuse que ella me hablaría y me advertiría sobre algo importante. No ocurrió nada; esperé durante un buen rato, toqué su fría mano previendo una reacción por su parte, pero el único movimiento que sucedió fue el circular del agua bajo mis pies. La caja con la flor de Barcelona estaba junto a ella, pero había algo más… un sobre amarillento se ocultaba bajo su abrigo. Me acuclillé para cogerlo y este se deslizó suavemente hasta que mis dedos consiguieron sacarlo del cuerpo sin vida de la embajadora.

Parecía una invitación para un evento o una fiesta; traté de encontrar alguna referencia sobre la ONG que recaudaba dinero en el Majestic aquel mismo día, pero el texto no decía nada al respecto:

Estimada,

Nos complace invitarla al centenario de nuestra fundación.

El evento tendrá lugar en la Torre Güell a las 22:00h.

Es imprescindible presentar esta acreditación para poder entrar.

Rogamos traiga todo lo necesario y así participar en la celebración.

Reciba un cordial saludo.

La carta no estaba firmada, como si su emisor no necesitase presentarse ante el destinatario.

No había nada más dentro del sobre, solamente, como no, la flor estampada sobre el papel, cual sello oficial.

¿Una fiesta para reunir a los Criminales del Eixample? Aquello podría encajar con las vestimentas del rico empresario encontrado en la Sagrada Familia y con la visita de la embajadora justo durante aquellas fechas. Tenía que hablar con Júlia inmediatamente, pero ¿cómo salía de allí?

Me guardé la invitación en el bolsillo del pantalón y me alejé unos pasos del cuerpo de la mujer. Observé el cielo y descubrí con sorpresa que la constelación había desaparecido sin siquiera darme ni cuenta. En cambio, una nueva luz tomaba participación en la escena: los seis pedestales y el mapa del Eixample sobre el suelo reaparecían mágicamente junto a mi. Me alejé de la señora Fave y entré de nuevo en el círculo luminoso igual que la vez anterior. Las seis columnas brillaban, pero ninguno de los distritos del barrio barcelonés así lo hacía. Me acerqué a todos los atriles de piedra, pero no me aportaron gran cosa; una luz incorpórea flotaba sobre ellos como si de una lámpara se tratara. Miré en todas las direcciones y caminé sobre la isla central creyendo poder activar algo, pero nada sucedió.

Un grito ahogado por mi parte resonó en aquel mundo infinito y caí de rodillas contra el suelo de piedra. Un fuerte pinchazo en mi cabeza me hizo aullar de dolor. Cerré los ojos un instante mientras respiraba con dificultad; el sudor comenzaba a resbalar por mi frente y mi temperatura corporal inició un aumento progresivo y descontrolado.

»Carlos…- un leve susurro resonó en mis oídos.

Continuaba de rodillas protegiendo mi cabeza con las manos, tratando de hacer desaparecer el dolor con el simple hecho de apretarlas contra ella.

Abrí los ojos y, en una franja de medio segundo, me tiré hacia atrás, golpeando mi espalda contra el suelo, cuando una descubrí cuatro figuras encapuchadas sobre cuatro de los pedestales, que me observaban fijamente.

Susurros imperceptibles resonaron mis oídos, como si hablasen en una lengua que yo no entendiera.

Grité por segunda vez cuando un nuevo pinchazo perforó mi cerebro de un extremo a otro. Las lagrimas comenzaron a brotar de mis ojos y supliqué al aire que aquello que me estaba pasando se detuviera de inmediato.

»Carlos…- el sonido era más fuerte que antes; me daba escalofríos.

La luz cada vez era más intensa y ya no sentía mi ropa empapada por el agua sobre el suelo.

»Los Siete han vuelto a reunirse…- las frases se escuchaban todas al mismo tiempo, como si los desconocidos hablaran al unísono sin entorpecerse unos con otros.

Grité aún más fuerte y apoyé mi cabeza contra el suelo. No podía soportar aquella agonía interminable. El suelo comenzó a quemar mis manos, pero el dolor se concentraba en mi mente y omitía cualquier otro que pudiese llegar a surgir en mí.

»La ciudad sucumbirá en la destrucción si no los detienes a tiempo…-.

»¿Os referís a la Vanguardia? – traté de vocalizar vagamente.

No respondieron; al menos no a mi pregunta. Su voz hacía eco en la inmensidad del vacío acuoso y era igual de punzante.

»Busca a los cuatro jinetes, ellos son la clave de todo, ellos poseen la verdad más absoluta…

»¡Decidme dónde encontrarlos! – mi voz cada vez era más débil pues mis palabras chocaban casi contra el suelo.

Más susurros. Ninguna respuesta coherente.

La roca de la isla comenzó a cambiar de tonalidad; no en su totalidad, pero sí que lo hizo la que se encontraba bajo mis rodillas. Un distrito del barrio del Eixample comenzó a coger fuerza frente a los demás y mis mayores temores se juntaron con los que ya tenía hasta ahora: «El Fort Pienc».

La oscuridad me llevó de nuevo y sentí como mi cabeza se desplomaba sobre el cálido suelo de la pequeña isla de piedra. Dejé de escuchar cualquier mínimo sonido que aquel mundo podía proporcionarme y tan solo el leve susurro de los cuatro desconocidos incitándome a encontrar a los cuatro jinetes resonó dentro de mis oídos hasta volver al silencio más absoluto.

*******************

La voz de alguien conocido me despertó. Escuchaba pitidos intermitentes cerca de mí y una leve luz me cegó durante unos segundos cuando abrí los ojos de nuevo.

Me encontraba postrado sobre una especie de camilla dentro de un cubículo blanco lleno de máquinas y armarios. Júlia permanecía sentada junto a mí y agarraba mi mano con suavidad.

»¿Qué ha pasado? – fue mi primera pregunta mientras trataba de incorporarme. Me dolía todo el cuerpo, aunque no la cabeza, aquello había desaparecido mágicamente.

»Tranquilo- me respondió la inspectora- te desmayaste durante los interrogatorios y tuve que salir de la Dreta para avisar a una ambulancia. Has estado inconsciente durante casi una hora y han tenido que sedarte cuando tus pulsaciones y tu temperatura corporal se han disparado descontroladamente.

»¿Y la mujer de la embajada? -.

»La he enviado a comisaría para interrogarla más a fondo. No dejaba de gritarte hasta que te desmayaste. Carlos… deberíamos hablar sobre eso en cuanto te recuperes.

Miré Júlia a los ojos y me senté en la camilla con cuidado.

»No he estado completamente inconsciente… he visto cosas…- dije tratando de explicarle todo lo que había sucedido en aquel mundo extraño.

Júlia conocía de mis estados místicos que de vez en cuando se convertían en realidad cuando me enganchaba en una investigación.

»Entonces…- dijo ella- que los criminales actúen en la Monumental es un hecho, estando esta en el distrito de «El Fort Pienc».

»La cuestión es cuándo y quién será la próxima víctima y qué tienen que ver esos cuatro jinetes en todo esto.

»Y esa Torre Güell… quizás Sir Eduard Ivers acudió allí para la fiesta y el resto de los miembros lo asesinaron y lo depositaron en la basílica gracias a los pasadizos que ellos mismos utilizaron antaño…- Júlia parecía muy interesada en aquello y creyó tener un hilo por el que tirar para convencer a su comisario de mantenerla en el caso durante unos días más.

El móvil de la inspectora vibró de pronto y cortó la conversación entre ambos.

»¡¿Qué?! ¿Cómo ha podido pasar?- gritó Júlia de pronto. Está bien, voy para allá.

»¿Ocurre algo? – pregunté ya sin llegar a sorprenderme de lo que llegaría a suceder a continuación.

»Los cuerpos de Sir Eduard y Marie Fave han desaparecido de la morgue; se han evaporado sin dejar rastro.

»Los forenses han encontrado una nota en su lugar que decía:

«Las calles siempre serán nuestras».