Júlia salió de la sala algo inquieta. Su mirada parecía perdida cuando se plantó en medio del pasillo, como si sus pensamientos estuviesen analizando una y otra vez lo que acababa de escuchar. Me miró de reojo y se sonrojó levemente cuando percibió cómo mis ojos estaban clavados fijamente en ella. Trató de enviarme un mensaje reproduciendo una disimulada sonrisa para que intuyese que todo iba bien y que se acercaría en cuanto su mente estuviera despejada. Yo se la devolví y asentí sin que se notara mucho. Traté de desviar la mirada hacía mi móvil y esperar a que ella me interrumpiese cuando fuese el momento oportuno.

Las noticias sobre la tercera muerte en el Eixample volaron como la pólvora. No habían pasado ni veinticuatro horas desde que el trompetista se había desplomado en medio del escenario dentro de la Monumental y los periódicos de medio mundo ya trataban el caso ejecutado por un asesino en serie que mantenía en vilo a medio país. Ni arma del crimen, ni caja con la flor de Barcelona tallada; todo indicaba que estaba planeado… pero quizás algo no salió como esperaban.

La vuelta de la electricidad tanto en la Dreta como en el Fort Pienc en cuestión de segundos aún mantenían desconcertados a todo el equipo de mantenimiento que el ayuntamiento había contratado para solventar la incidencia que asolaba las calles desde la muerte de la embajadora francesa.

Y, todavía faltaba la aparición del tal Alejandro en escena. La policía no le había negado la entrada al recinto y nadie le había pedido sus datos ni registrado para evitar que introdujera nada peligroso en la plaza. Esto sacó de sus casillas a Júlia y los hombres de la puerta no supieron que responder pues recordaban, algo borroso, haber dejado pasar el joven visitante. Si él y sus otros tres compañeros tenían algo que ver con las tres muertes ocurridas en el Eixample, tal como había asegurado la anciana y la mujer de la embajada, quizás ello nos diese las claves para entender de una vez qué estaba pasando aquí.

»¿Carlos? ¿Va todo bien?- Júlia me observaba de pie, justo en frente de mí. Parecía más tranquila y serena que hacía un momento.

»Sí, sí, todo va bien. ¿Puedo entrar ya?- se notaban mis ganas por presenciar el interrogatorio junto con Júlia.

El comisario había accedido gracias a todas mis aportaciones para con el caso. Sería como un consultor de investigación o algo así y tendría más acceso a los escenarios del crimen, archivos o interrogatorios -siempre acompañado por Júlia-.

»Estamos listos, los cuatro han venido voluntariamente. Ya esperan en la sala- dijo la inspectora con todo calmado.

Me levanté y ella se apartó para dejarme espacio. La sala de interrogatorios era más grande de los normal para acoger a los visitantes. Cuatro jóvenes, bien vestidos, bien peinados y con un móvil de alta gama en cada mano, los sorprendieron.

»¿Quién les ha dejado entrar con los teléfonos?- gritó en dirección al agente que los vigilaba mientras ella esperaba fuera.

Este se encogió de hombros, como si no hubiese visto a los chicos sacando los terminales y ponerse a toquetearlos sin parar.

Júlia se sentó en una de las sillas frente a ellos y yo me acomodé como pude en la contigua. Los observé fijamente, tratando de recordar sus rostros y confirmar que eran los mismos que los de su visión.

Por un lado estaba Alejandro, el supuesto líder del grupo -o eso había llegado a sobreentender-; un muchacho de mediana estatura, con barba y piel morena. Vestía con camisa y una chaqueta bastante cara. Intenté averiguar la marca pero, por extraño que pareciese, no conseguí encontrar su símbolo -quizás fuese demasiado exclusiva para un simple mortal como yo-. El siguiente en la lista era un tal Jose; de altura similar, sin barba y tez igual de morena. Vestía con una chaqueta similar a la de su compañero aunque el color era algo más azul oscuro y la de Alejandro, negro azabache. El tercero, Marcos, con un pelo muy oscuro y la piel más aún que la del resto de sus compañeros, miraba nervioso a la inspectora, como si no estuviese seguro de como actuar ante aquella situación. No vestía tan elegante como el resto -puede que algo más actual pero sin pasarse con las telas- y llevaba un teléfono más sencillo que el de los demás. Por último, Diego, el más joven del grupo, estaba más pálido; sus ojos me observaban tímidamente y desviaban rápidamente la mirada hacia su terminal en una especie de bucle infinito que no finalizaba. Como Marcos, este trataba de camuflarse más en la multitud sin diferenciarse demasiado con su ropa y llegué a distinguir una de las famosas camisetas de una marca deportiva.

Aún así, ninguno de los cuatro parecía estar intranquilo. Cada uno mostraba una expresión extraña en su rostro pero, aunque a alguno de ellos le incomodara estar encerrado en aquella sala sin ventanas, las manos de todos ellos estaban en calma, sin el mayor movimiento que el de teclear en el teléfono cualquier cosa antes de que Júlia les pidiese amablemente que los guardaran.

»De acuerdo. Será mejor empezar y terminar con esto cuanto antes- Júlia estaba impaciente por saber si realmente aquellos cuatro jóvenes sabían, de verdad, la razón de los tres asesinatos ocurridos hasta ahora en el Eixample y la supuesta relación que había entre los mismos.

»Enciendo la grabadora… aquí la inspectora Júlia Batlle para el interrogatorio 543/2019 con los presuntos poseedores de información acerca del asesinato ocurrido en la Sagrada Familia, en la casa Batlló y en la Monumental. Ahora, si alguno de los cuatro desea decir algo, este es el mejor momento para hacerlo.

La mujer giró el micrófono hacia ellos y se cruzó de brazos esperando que alguno de los chicos tomara la palabra. Ambos teníamos un cuaderno con folios en blanco junto a nosotros y un bolígrafo azul para tomar notas si fuese necesario. Intentamos encontrar una información previa sobre los cuatro desconocidos pero no se encontraban en registro alguno, salvo su pasaporte francés, renovado hacía poco.

Los cuatro alzaron la cabeza casi al unísono. Nos observaron durante unos pocos segundos que se me hicieron eternos y depositaron sus teléfonos sobre la mesa, con las pantallas bocabajo, al mismo tiempo. Después, Alejandro, seguido por la mirada del resto de sus compañeros, acercó el instrumento hacia sí y carraspeó un par de veces.

»¿Quieren que les demos un consejo?

Júlia me miró de reojo, como si esperara que yo dijese algo ante aquella pregunta. Me quedé rígido y contesté simplemente:

»¿Qué clase de consejo?- mi cerebro solo esperaba que no pronunciara lo que estaba apunto de suceder.

»Sabemos que han encontrado los pasadizos bajo Barcelona y que, incluso han descubierto uno de los grandes salones a varios metros de profundidad. También sabemos que han hallado, en el antiguo palacio real, una pequeña parte de sus secretos más oscuros. Pero, si bien valoramos sus esfuerzos por descubrir la verdad, les rogamos encarecidamente que se detengan ahora y nos dejen tomar las riendas de este asunto- finalizó el joven mientras apartaba la grabadora dando a entender que había terminado su exposición.

Comprobé como Júlia los miraba con asombro.

»¿Qué quieres decir? ¿Quién os ha contado todo eso? Es material clasificado.

Los cuatro ni se inmutaron ante la insistencia de la inspectora. Alejandro volvió a tomar la palabra con suma tranquilidad:

»Digamos que podemos conseguir lo que queremos sin mayores complicaciones. Aún no sabemos si podemos confiar en ustedes como para contarles todo lo que sabemos. Al menos no a usted inspectora; su colega, en cambio, sabe mucho más de lo que aparenta ¿no es así?

No sé como ocurrió pero me sonrojé. Era evidente que el sueño que tuve la noche anterior no fue pura casualidad. La cuestión que más me irritaba era la posibilidad que supiesen lo que pasaba dentro de mi cabeza. Demasiado sobrenatural todo, superándome la situación cada vez más. Júlia me miró algo inquieta, como si pensase que no le hubiese contado algo relevante para el caso. Yo me encogí de hombros tratando de evitar cualquier enfrentamiento entre nosotros pero sus ojos insistían y busqué refugio en los cuatro jinetes, dándoles a entender que no podía decir más de lo que realmente sabía.

»Ahora bien- continuó diciendo Alejandro viendo que la atención de la inspectora se desviaba por momentos hacia su compañero – Ambos luchamos contra un enemigo común y mucho me temo que muertes como las que hemos vivido aún no han terminado. La Vanguardia es un ente poderoso y, aunque todos piensen que ha dejado de existir, mientras Lady Ana siga con vida, la ciudad continuará condenada al sufrimiento y el descontrol.

»¿Lady Ana?- dije de pronto, sin pensar en las consecuencias.

Júlia se giró hacia mí bruscamente pensando que no había compartido con ella toda la información que mis sueños custodiaban.

»Sí- continuó diciendo el muchacho. Hace casi tres siglos, un poderoso noble de la corte española, proveniente de las lujosas casas aristocráticas de la monarquía francesa, desembarcó en Barcelona con el fin de representar a los monarcas Borbones, casi recién llegados a la península. Se hizo respetar tanto por el clero como por los grandes empresarios y mecenas de la época y, poco a poco, su ambición afloró en un deseo de control absoluto sobre todo aquel que entrara y saliera de la ciudad. Así, en secreto, fundó una organización con los representantes más influyentes de cada gremio y, gracias a la ayuda de algún que otro amigo suyo de la corte, construyeron una red laberíntica de túneles fuera y dentro de las murallas. Como consecuencia, se podían mover libremente sin ser vistos por los guardias reales y, sobre todo en las noches más oscuras, sus hombre arrasaban todo cuanto podían hasta conseguir hacerse respetar. El hecho de pronunciar el nombre de la organización hacía temblar de miedo al que siquiera pensase en ello.

»Y esa tal lady Ana, ¿qué pinta en todo esto?- preguntó Júlia sin dejar de mirarme de reojo.

»¡Ah, sí! Lady Ana es la hija del fundador de la Vanguardia, claro está. Si él consiguió que las familias más poderosas de Barcelona se inclinasen cuando transitaba por las calles de la misma, lady Ana dio un paso más allá. Los mismísimos Borbones ofrecieron a la mujer el uso de la guardia real para protegerla de los peligros que asolaban las calles de la época. Todos en Barcelona conocían su nombre y de lo que podía ser capaz de hacer. Era bien sabido que aquel que la hiciese enfadar no volvía a ver la luz del sol o, peor aún, respirar. Fueron muchos los que intentaron cortejarla pero ella solo vivía para con sus negocios y los que su padre dejó abiertos tras su muerte.

»A ver, a ver, recapitulemos- dijo Júlia de pronto. – Estamos hablando de una organización del siglo XVIII o así cuyos integrantes están ya todos muertos. Si estos asesinatos tienen algo que ver con ellos podemos llegar a pensar en dos alternativas: o bien alguien descubrió la entrada a los túneles y, por ende, la historia que rodeaba a la organización; o algún descendiente vivo busca algún tipo de venganza o reconocimiento por parte de la sociedad actual.

Alejandro se echó hacia atrás y miró a sus compañeros, los cuales lo observaron de reojo sin manifestar cualquier expresión que nos llevase a entender si lo que la inspectora acaba de proponer fuese una opción viable para ellos.

»¿Se han preguntado alguna vez dónde hemos estado o quiénes somos? Por qué hemos aparecido así de repente y arriesgarnos a ser descubiertos. ¿Creen que sus hombres nos dejaron entrar en la plaza por un fallo humano? ¿A caso piensan que lady Ana conseguía todo lo que quería llenando los bolsillos de los Borbones con monedas de oro? Creo que su colega sabe perfectamente que no es así.

Aquella frase fue la gota que colmó el vaso. Júlia se levantó de un brinco, apagó la grabadora y me hizo señas para que saliese mientras los cuatro nos observaban con una sonrisa en el rostro. Salí a trompicones de la sala y Júlia cerró la puerta con un fuerte golpe. Aguanté todo lo que pude, respirando con normalidad para bajar tensiones antes de que empezase a gritarme acerca de lo que acaba de escuchar.

»¿Tienes algo qué contarme? O este chico hará que me sorprenda aún más a medida que avance su discurso- su tono era duro y entendía por qué.

»De verdad, todo esto me da escalofríos. Cómo puede saber que yo sé cosas… Fue esta misma noche, soñé con ellos- le conté como los cuatro jinetes habían viajado a París huyendo de la Vanguardia y como habían encontrado la cámara oculta y la isla sobre aquel agujero sin fondo.

»Y, ¿qué había allí escondido como para montar aquel espectáculo?- Júlia estaba impaciente. El caso cada vez era más enrevesado y, aún con el comisario de nuestra parte, sabía que ella no aguantaría mucho más.

»No me creerías. Ni siquiera yo lo acabo de creer. La cuestión es que la Vanguardia ocultaba algo inusual que es lady Ana descubrió en una de sus expediciones alrededor del Mundo. Cuando volvió a Barcelona, los mismísimos barcos de la flota borbónica se apartaron para dejar pasar a la mujer cuando llegó al puerto de la ciudad. Algo magnético nubló sus mentes e hizo que todos se postraran ante ella tras desembarcar del navío.

»Sigo sin ver la conexión con los asesinatos en el Eixample, Carlos. Todo eso está muy bien como historia pero no puedo ir al despacho del comisario y decirle que un objeto mágico permite al asesino moverse libremente por la ciudad sin que lleguemos a capturarlo- Júlia me miraba con impotencia.

»Creo que es más complicado que una historia fantasiosa y un hombre invisible. Pienso firmemente que esos cuatro jóvenes tienen lo que necesitamos para resolver esto. Tan solo debemos seguirles el juego y quizás nos guíen hasta un claro en el camino, al menos.

Júlia suspiró. Ya lo había hecho más veces desde que todo empezó y sabía que no sería la última. Movió la cabeza ladeándola y después dio por finalizada la charla y me pidió entrar de nuevo en la sala.

»De acuerdo. Si no queda otra opción, os permitiremos colaborar con nosotros a cambio de que nos deis más información sobre el caso ¿hecho?

Alejandro nos miró complacido y los cuatro asintieron al unísono.

»Ahora, si no os importa, nos gustaría saber exactamente de donde habéis salido- preguntó la inspectora impaciente.

Los cuadro volvieron a sonreír aunque, esta vez, sentí un escalofrío algo inusual.

»Las preguntas deben formularse correctamente inspectora. Nos es acertado plantearnos de dónde venimos, sino de cuándo.