Transcurrió como una hora o así hasta que media comisaría se personase en aquella pequeña calle junto a la catedral de Barcelona. La científica de los Mossos no tardó en pedir que saliésemos del estudio mientras ellos revisaban cada rincón de este buscando huellas, documentos, y cualquier otra cosa que nos fuese de utilidad. También, la inspectora había enviado un grupo especial escaleras abajo tras la trampilla para asegurar la gran sala que ambos habíamos encontrado, cubierta por las calles de la ciudad.

Cordones policiales impedían el paso a las avenidas colindantes y todos los vecinos y turistas de la zona curioseaban y trataban de averiguar qué estaba pasando allí mismo.

El móvil me echaba humo; la Dreta de l’Eixample continuaba a oscuras y la noche cubrió por fin el cielo y ellos provocó la inexistencia de cualquier luz natural posible que salvaguardase la seguridad de los viandantes.

Los medios de comunicación, tanto locales como nacionales, se hacían eco sobre lo sucedido y comentaban o compartían imágenes de la Guardia Urbana de Barcelona tratando de proveer electricidad, mediante generadores, a calles tan importantes como Paseo de Gracia o la Rambla de Cataluña; por otro lado, los técnicos seguían sin encontrar la causa por la que tanto la red eléctrica como las comunicaciones habían caído estrepitosamente, sin llegar todavía a levantarse.

El consulado de Francia en Barcelona, situado junto a la Plaza de Cataluña y dentro aún de la Dreta, permanecía igualmente con las luces apagadas. La noticia del asesinato de la embajadora ya sobresalía en todos los periódicos digitales internacionales y el presidente de la República pronto emitiría un comunicado expresando su deseo de que las autoridades españolas trataran aquel tema con la máxima prioridad. Si la mujer pertenecía al grupo de los Criminales o al de la Vanguardia, su solución, por ahora, se nos escapaba; su entendimiento, en cambio, debería ser crucial si queríamos resolver aquel entuerto de una vez por todas y evitar así más muertes.

Júlia se acercó hasta donde me encontraba y me saludó con la mirada.

»¿Alguna novedad? – le pregunté curioso.

»Están en ello… El local pertenece a una empresa inmobiliaria que ofrece alquileres bajos para emprendedores y todo se gestiona, adivina, a través del Ayuntamiento. Hemos solicitado de urgencia que nos aporten información sobre quién trabaja aquí pero quizás hasta mañana no nos den una respuesta- comentó la inspectora algo tensa.

»Parece que lo tienen todo calculado al milímetro para no ser descubiertos. Lo que me parece extraño es la dejadez con la que guardan sus documentos importantes y no los ocultan para evitar que descubramos su próxima actuación-.

»Quizás quieran mantenernos alerta o simplemente traten de despistarnos. ¿Crees que están preparando un nuevo crimen dentro de la Monumental? – la inspectora me miró con curiosidad. Sabía que mi cabeza generaba múltiples historias al mismo tiempo acerca de lo qué podría llegar a ocurrir y no dejaba pasar la oportunidad de saber por cuál de ellas había llegado a optar.

»Son muchas las opciones, pero me estoy dando cuenta de que están eligiendo distritos del Eixample específicamente, y la Monumental se encuentra en uno de ellos donde aún no han actuado.

Júlia me miró preocupada pero no dijo nada y asintió tratando de procesar la teoría que le había formulado. Su móvil resonó de pronto y la mujer se separó unos centímetros de mi para contestar.

Hacía buena noche y muy poco viento, por lo que era agradable estar afuera, en la calle. Aún recordaba mi último sueño, en aquel espacio negro cubierto de agua, donde la isla rodeada por seis pedestales iluminaba el que sería el barrio sucumbido en la oscuridad. Al principio no le había dado la mayor importancia ya que, tan solo era un sueño, pero que el segundo asesinato se hubiera producido allí mismo me dio que pensar. Los Criminales del Eixample luchaban por causas justas, igual que la Vanguardia siglos atrás, pero algo sucedió no hace tanto, como podemos llegar a suponer, que hizo entrar en guerra a los descendientes de ambas organizaciones. Quizás fuese hora de volver a hablar con la nieta de los de los criminales y preguntarle qué sabía sobre el caso.

Júlia regresó hasta donde me había parado cuando finalizó la llamada. Estaba algo más pálida de lo habitual y miraba hacia los lados continuamente, como si meditara sobre lo que acababa de escuchar.

»Era el comisario- aquellas palabras no sonaron muy alentadoras.

»La muerte de la embajadora y su relación con el empresario encontrado dentro de la Sagrada Familia ha llamado la atención del Alto mando y los rumores sobre uno o varios asesinos en serie sueltos por la ciudad han llegado a oídos de la Delegación del Gobierno y de la Generalitat. Mi jefe nos ha aconsejado ir al consulado francés e interrogar a los trabajadores para sacar algo en claro de todo esto antes de que le asignen el caso al CNI o a alguien con más medios que nosotros.

Aquellas palabras no me extrañaron en absoluto. Seguramente desde Francia habían pedido un culpable y el Gobierno no tardaría en remover toda Barcelona hasta poder entregar a alguien ante la justicia franca. Por suerte, el jefe de Júlia aún confiaba en la destreza de la inspectora y esperaba llegar a resolver el caso antes de que todo se enredase más.

»¿Vamos al consulado entonces? -pregunté inquieto.

»La Detra está completamente a oscuras. No hay luz, los teléfonos no funciona, internet no va bien… Si entramos allí estaremos incomunicados durante un tiempo ¿lo entiendes no? – trató de aclararme la inspectora para que supiese a lo que me enfrentaba.

A los pocos minutos la cinta blanca de los Mossos se levantaba para nosotros y, seguidamente, nos fuimos alejando de la zona mientras el resto de los allí presentes continuaba peinando el lugar buscando nuevas pistas.

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Los accesos al distrito habían sido cortados. El tráfico no circulaba, tan solo tenían permitida la entrada los servicios de emergencia y los peatones, estos advertidos de la cautela con la que debían acceder al lugar y de las medidas a tomar puesto que no funcionaba ningún aparato electrónico.

Júlia aparcó el coche muy cerca de la Plaza de Cataluña y ambos observamos el contraste de lugares como El Corte Inglés o el Apple Store completamente oscurecidos y zonas como las Ramblas o los comercios de Portal del Ángel iluminados como cualquier otro día.

El consulado francés se encontraba en Ronda de la Universitat, casi en el límite con la Antiga Esquerra de l’Eixample. Quizás su ubicación hubiese sido una mera casualidad, pero yo no lo tenía tan claro. Giramos la calle y pudimos comprobar como, a lo lejos, la luz de las farolas permanecía prendida mientras, unos pocos metros hacia nosotros, ninguna de ellas conseguir emitir el mínimo destello.

La bandera de Francia ondeaba levemente sobre nuestras cabezas cuando alcanzamos la puerta del señorial edificio donde se encontraba ubicada. Una mujer nos esperaba justo dentro del portal, asomando a cada poco la cabeza esperando a que alguien de la policía apareciese por allí.

»¡Bonsoir! – nos dijo al vernos llegar. Júlia enseñó su placa para poder identificarse y la mujer, vestida con traje y pelo recogido, nos permitió el paso y nos pidió esperar junto al ascensor mientras cerraba las puertas con llave.

El lugar se podría describir como cualquier edificio que uno se puede encontrar por el Eixample, con decorados balcones, una fachada de un color amarillo suave, una entrada señorial y un ascensor muy antiguo por fuera, pero con una estructura completamente renovada por dentro.

Ascendimos a los pisos superiores donde el cónsul nos esperaba con su equipo para hablar sobre lo sucedido a la embajadora.

A los pocos minutos nos encontrábamos en una sala reuniones, con varias lámparas inalámbricas colocadas por todas partes y grupo reducido de personas observándonos fijamente.

El cónsul, un hombre joven, casi recién nombrado para el puesto, se tocaba las manos sudorosas mientras escuchaba cómo la mujer situada a su derecha le susurraba algo al oído. Yo miré a Júlia mientras ella observaba la documentación que nos habían facilitado sobre la representante francesa y de todos los actos programados para aquel mes en concreto; nada fuera de lo normal para alguien de su rango, aunque sí que se habían incrementado sus visitas a la ciudad condal desde hacía un par de semanas. Aquello no llegó a sorprenderme teniendo en cuenta de que uno de los suyos había sido asesinado a pocos kilómetros de allí. Las probabilidades sobre qué hacía allí crecían en mi cabeza: una reunión secreta de todos sus miembros era mi principal teoría, pero cómo se conocieron, quién los reunió de nuevo, tomarían el nombre de los criminales como suyo o realmente descendería de alguno de ellos, el nombre de la Vanguardia se usaba en vano para fines políticos o en verdad había comenzado una guerra entre ambas organizaciones. Mi mente explotaría en cualquier momento como no diese respuesta a alguna de aquellas preguntas, aunque solo fuese a una, dentro de poco.

»Así que la embajadora Fave tenía programado un evento para esta noche en el Hotel Majestic con el fin de recaudar dinero en colaboración de una ONG sobre enfermedades raras, ¿es así? – preguntó Júlia mirando directamente al grupo que teníamos justo al otro lado de la mesa rectangular.

El cónsul asintió tímidamente. No parecía muy seguro de la agenda de Marie Fave y observaba de reojo al resto del equipo por si había confirmado algo erróneamente. Júlia percibió su inseguridad y continuó con el interrogatorio:

»¿Alguno de ustedes estaba presente en la Casa Batlló cuando la señora Fave se precipitó desde el balcón?

Una joven traductora, sentada a la derecha del cónsul, levantó la mano tímidamente. La habían asignado para acompañar a la embajadora durante alguno de sus actos y pertenecía al grupo que fue con ella al interior del edificio de Gaudí.

»Según su declaración a la policía, nadie del grupo vio como la señora Fave se asomaba y caía desde lo alto del edificio. ¿Llegó a comentarle la necesidad de acabar con su vida o de que alguien quisiese hacerle algún daño?

La pregunta que Júlia le había formulado no era nada rebuscada. Realmente, solo existían aquellas dos posibilidades para con la muerte de la embajadora.

La traductora, igual que el cónsul, observó de reojo al resto antes de contestar. La oscuridad en la sala hacía aún mas tétrico el interrogatorio y me pregunté si alguno de los presentes no estaría ya implicado indirectamente en todo aquello y llegase a provocar la inseguridad de respuesta por parte de alguno de los allí presentes.

»Marie no hablaba mucho; parecía tener la cabeza siempre en otra parte. Habituaba a sonreir a todo el mundo y saludaba cortésmente durante cada acto o entrevista, pero evitaba intercambiar más palabas de lo estrictamente necesario- contestó la traductora brevemente.

»¿Durante el tiempo que estuvo con ella comentó o le enseño esto? Júlia sacó la imagen ampliada de la caja con la flor de Barcelona que encontraron junto al cuerpo.

La traductora observó la fotografía detenidamente y volvió a cruzar los ojos con el resto de los miembros del consulado.

»No… no me suena- dijo algo insegura.

Júlia no estaba muy convencida de que alguno de ellos les estuviese contando toda la verdad y decidió cambiar de táctica. Solicitó que todos saliesen de la sala y, uno a uno, aceptase responder a una serie de preguntas de manera individual y sin coacción alguna.

La traductora se sentó enfrente de nosotros, evitando mirarnos directamente a los ojos y cruzando los brazos para no mostrar su nerviosismo con el movimiento de sus manos.

»Entonces- comenzó a decir Júlia- ¿no reconoce la caja de la imagen?

La chica volvió a observarla durante un minuto o dos que se me hicieron eternos. Habíamos colocado todas las lámparas sobre la mesa y la luz quedaba focalizada justo en el centro de la sala.

»La caja no la trajo consigo cuando llegó de Madrid- dijo de repente la mujer rompiendo aquel silencio tan incómodo que la ataba momentos antes de estar asolas.

Júlia me miró con un atisbo de esperanza y tornó la cabeza de nuevo hacia la traductora esperando que dijese algo más acerca de la caja misteriosa.

»Hace unos días la embajadora solicitó ir a una dirección en concreto; a uno de esos sitios donde tienen cajas que solo se pueden abrir con la llave del propietario. Tuve que acompañarla para servir de interlocutora con el personal de dicha empresa y accedí con ella a una sala llena de pequeños cubículos rectangulares que se extraen mediante un código y luego se abren con un dispositivo maestro que la señora Fave portaba consigo. Dentro de la suya tan solo había dicha caja, la cual ocultó rápidamente en su bolso. Aquella fue la última vez que la vi hasta que pasamos junto a su cuerpo, tendido sobre la acera, esta tarde y con el extraño objeto colocado junto a ella-.

Ahí estaba, la pista que ambos esperábamos con algo de ansiedad. Como caída del cielo aquella información solo podía significar que los criminales del Eixample mantenían custodias las llaves en la ciudad condal y que, por algún motivo aún desconocido, estos se habían reunido hacía pocos días y alguien aprovechó la oportunidad para acabar con dos de ellos.

La mujer, aún temblorosa, abandonó la sala tras descubrirnos tan valiosa información y Júlia se sentó sobre una de las equinas de la mesa mientras observaba al techo detenidamente. Sus pensamientos volaban cual pájaro y, por un segundo, decidí no romper aquel pequeño trance esperando a que las ideas brotaran de su cabeza.

»¿Se te ocurre algo? – le pregunté inquieto.

»Aún sabiendo que el resto de las cajas podrían estar ocultas en dicha empresa de seguridad, no tenemos información sobre los demás miembros y, aunque consiguiese una orden del juez para entrar, no sabríamos por donde empezar.

Estaba claro que las pistas nos rodeaban, pero sin permitirnos visualizar un camino claro para continuar.  Cada vez me sentía más y más inseguro de que pudiésemos adelantarlos a los asesinos y pillarles desprevenidos antes de que llegasen a cometer el siguiente crimen.

»Vamos a ver qué nos cuenta la asistente del cónsul. ¿Te has fijado lo tenso que estaba cuando les hicimos las preguntas?

Me adelanté a Júlia y pedí a una mujer delgada, con pelo rubio y tez pálida que entrara en la sala. El pasillo donde el resto de los miembros esperaban se mantenía iluminado por velas aromáticas y alguna eléctrica; el ambiente comenzaba a cargarse de olores y di gracias por no estar allí más de dos segundos.

Júlia le pidió acomodarse lo mejor posible en la silla que habíamos dispuesto para ellos, justo en frente de nosotros y esta se sentó sin dejar de observarnos fijamente, lo cual me provocó un ligero escalofrío.

»Y… ¿cuánto lleva trabajando para la embajada? – preguntó Júlia comenzando suavemente.

»Unos cinco años mas o menos- respondió ella sin dejar de mirarnos a los ojos.

»Y, ¿cuál es su función exactamente?

»Sirvo de conexión entre el consulado de Barcelona y la embajada en Madrid. Organizo la asistencia a los eventos que los representantes de la República deberían de presenciar. En esta ocasión, la señora Fave aceptó estar en una gala que hubiese tenido lugar hoy si este apagón no se hubiera producido.

La seguridad con que pronunciaba cada palabra no era muy alentadora, aunque quizás dijese la verdad y la desconfianza hacia ella fuese un mero objeto de nuestra imaginación.

»¿La señora Fave hizo algo inusual desde su llegada a la ciudad? Algo que le llevase a sospechar que tramara algo fuera de lo común.

Algo sucedió. No sabría decir muy bien el qué, pero su expresión se volvió algo más seria y su mirada ya no se concentro en ambos y comenzó a observarme detenidamente, como si hubiese descubierto que realmente me encontraba allí en la sala, frente a ella.

»Los has visto…- sus palabras atravesaron el aire y se posaron en mis oídos.

»¿A quién se refiere? – preguntó Júlia mientras me miraba como si yo supiese de lo que hablaba.

»Te han dejado entrar en la isla del lago y los Seis pedestales se han iluminado para ti…

»¿Una isla? ¿Se refiere al búnker construido bajo la ciudad? -.

Júlia continuaba su interrogatorio sin entender que aquella mujer estaba describiendo mi sueño a la perfección.

La asistente se irguió completamente y yo me tensé aún más; Júlia lo percibió casi al unísono, levantándose de la silla y comenzando a pasear por la sala.

»La Vanguardia… ¿los estás buscando? o ¿quizás es a nosotros a quien buscas?

Algo explotó en mi interior. Quizás fuese por la tensión acumulada o puede que no hubiese dormido lo suficiente, pero comencé a marearme. Traté de levantarme de la silla; la habitación me daba vueltas y aquella mujer continuaba hablando como si solo estuviésemos nosotros dos dentro de la conversación.

»Desconoces su significado- su voz me perforaba los tímpanos y un ligero pinchazo provocaba que tuviese ganas de vomitar.

»¡Ya basta! – gritó Júlia; la escuchaba lejana, aún sabiendo que se había colocado junto a mi y evitaba que me levantara.

»¿Crees que la muerte de Sir Eduard y de la señora Fave son mera coincidencia? ¿Acaso imaginas que los miembros de la Vanguardia han regresado a Barcelona para acabar con ellos? – la voz de la mujer cada vez era más elevada y escuché como Júlia trataba de calmarla, pero algo en ella se colapsó y tampoco pudo detenerse.

Intenté incorporarme y salir de allí para dejar de escucharla, pero mis piernas fallaron y, en pocos segundos, me encontraba tirado en el suelo. La voz de Júlia casi ni la percibía; la oscuridad me envolvió y la poca luz de la sala comenzó a declinar poco a poco hasta desaparecer.

»Busca a los cuatro jinetes, ellos devolverán la claridad a tus ojos…- la voz de la mujer comenzó a apagarse y, al poco, silencio absoluto; no escuchaba ni sentía nada a mi alrededor.