La noche se abrió ante nosotros una vez salimos a la calle. Antes de irnos había cogido un abrigo fuerte ya que, si la mañana había sido fría no esperaba que en la noche ocurriese lo contrario. Júlia ya estaba preparada para eso y ni se inmutó en cuanto pisamos la acera. Un vapor extraño salía de nuestro interior como si nos estuviésemos fumando un par de grande puros habanos; mas, no era otra cosa que nuestros pulmones expulsando aire.

Miré hacia mi moto e hice ademán de ir a cogerla pero Júlia tomó la decisión de acercarnos en su coche donde tendríamos menos problemas si un control policial nos detenía. La calle se mantenía medio desierta y ello nos facilitó las cosas pues, aunque no hacíamos nada malo, sentía cómo miradas desconocías se posaban sobre nosotros por lo que estábamos a punto de hacer.

El trayecto fue tranquilo y silencioso. Júlia se mantuvo callada y concentrada en la carretera mientras yo preparaba mi cuaderno y revisaba las notas que tenía escritas hasta ahora. La única idea interesante que guardaba en mente era la conversación de aquella anciana acerca de los sucesos ya ocurridos hacía mucho tiempo. Si bien un crimen como aquel ya había tenido lugar quizás fuese necesario investigarlo en cuanto tuviésemos más datos sobre este más reciente.

A medida que la Sagrada Familia resurgía de entre la marea de ediciones y se hacía latente su presencia, el tráfico y la gente disminuían. Los Mossos habían ampliado el radio de búsqueda y varias calles y carreteras continuaban cortadas para facilitar la investigación de las fuerzas de seguridad. Júlia, por su parte, levantó una de aquellas barreras de plástico para que el vehículo pudiese pasar y el hombre que la custodiaba ni se inmutó tras, esta, enseñarle su placa. Yo agaché la cabeza para evitar que el vigilante pudiese recordarme y, gracias a la oscuridad, supuse que ni se había molestado en mirarme detenidamente. Accedimos por la calle Mallorca, en dirección contraría, pero sin riesgo pues aquel tramo permanecía cerrado y giramos por Marina hasta quedaros frente a la cara del Nacimiento, la más antigua del templo. Normalmente a aquellas horas de la noche la fachada solía estar iluminada para el uso y disfrute de los turistas pero, ese día, la oscura piedra centenaria se mezclaba con el cielo estrellado y solo si cruzabas junto a ella podrías distinguirla perfectamente.

Júlia apagó el motor y el pequeño retumbar cesó. El silencio se hizo más latente y tan solo se podía escuchar ligeras conversaciones de personas en la Avenida Gaudí a escasos metros de ellos pero que no rompían con el escenario de misterio y angustia que nos rodeaba. Un segundo cordón policial había sido pegado sobre las grande verjas que formaban la entrada a la basílica y las puertas del pasadizo por el cual los turistas accedían pasando controles de metales cual aeropuerto, permanecían clausuradas a cal y canto. Un vigilante se apostaba sobre un saliente del patio exterior desde donde se podía visualizar la fachada y Júlia tuvo que mostrar su placa de nuevo para este nos abriera desde dentro. El chirriar de la puerta resonó alrededor ligeramente, pero no llamó la atención de los pocos transeúntes que se agolpaban fuera de la zona acordonada. Comencé a subir las escaleras y a cada paso que daba más tenso e intrigado me encontraba. No era la primera vez que accedía al interior de la basílica pero sí lo sería sabiendo que sus paredes habían presenciado un supuesto asesinato.

Las altas puertas de metal verdoso se movieron ligeramente y pudimos acceder al interior del templo. Posé mi mano sobre una de ellas y el relieve de multitud de hojas  e insectos me erizó el bello del brazo mientras lo hacía. Júlia me detuvo con su brazo derecho. Un silencio extraño llenaba la nave central, siempre abarrotada de turistas, y ello me sobrecogió sobremanera.

»¿Ocurre algo?- le susurré.

Ella me miró y me indicó con su dedo índice que mantuviera silencio y mi posición cerca de las puertas. Después vi como avanzaba por un lateral cerciorándose, supuse, de que estaban solos. No tardó mucho en reaparecer algo más calmada y medio sonriéndome; me relajé un poco y le devolví la sonrisa.Todo en orden- me confirmó. Será mejor que aprovechemos el tiempo que tenemos antes de que informen de nuestra presencia aquí.

»Todo en orden- me confirmó. Será mejor que aprovechemos el tiempo que tenemos antes de que informen de nuestra presencia aquí.

Asentí gratificado y fui conducido por Júlia hasta el centro de la nave. La luminosidad del lugar quedaba mermada a aquellas horas de la noche y, aunque la luna brillase en el cielo, tuvimos que encender un par de linternas que mi compañera había traído para poder mostrarme todo con mayor claridad. Avanzamos a través de aquel bosque imaginario donde las columnas simulaban árboles cuyas ramas sujetaban los techos y las cristaleras recreaban con su luz matinal, los colores de la naturaleza. Justo en el mismo centro del lugar, a una altura milimétrica respecto a todos los lados de la basílica, una pequeña área acordonada, con pequeños objetos amarillos simulando lugares donde el cuerpo y otros enseres habían sido hallados, se mantenía diferenciada de las demás. Observé con detenimiento la circunferencia en sí mientras Júlia se acuclillaba y me recreaba la escena tal cual se lo había encontrado aquella mañana. El hombre estaba bien vestido, como si hubiese ido a una fiesta la noche anterior; llevaba una gabardina negra o azul muy oscuro, la cual no se había desprendido de él en ningún momento. Su cuerpo no contenía signos de violencia y la sangre brillaba por su ausencia; el golpe había sido limpio y discreto, evitando dejar el mayor número de pistas posibles.

»Los forenses confían en que el análisis toxicológico nos de más información. Todo apunta a un fallo cardiaco pero hay que descubrir qué se lo causó y por qué razón lo trajeron hasta aquí- me explicó Júlia pensativa.

»Dices que lo encontrasteis en una postura extraña, como si el autor escribiera con su cuerpo la letra «E»- le recordé mientras me imaginaba el escenario en mi mente.

»Realmente eso me pareció aunque muchos de mis compañeros no le han dado importancia y consideran que el cuerpo adoptó esa postura por casualidad. Después de tanto años me espero cualquier cosa, ya lo sabes- suspiró Júlia mientras apoyaba sus manos en el frío suelo y fruncía el ceño tratando de resolver el caso en ese mismo momento.

Me coloqué junto a ella y analicé el resto de los objetos que aún reposaban alrededor de donde el cadáver fue encontrado. Un reloj de oro blanco, o al menos eso parecía, reposaba muy cerca de donde el hombre fue depositado; la foto de una mujer y un niño, sentados en alguna parte; y una cajita de madera, cerrada con llave, que los agentes aún no habían tratado de abrir. Júlia sacó un par de guantes de plástico, blancos, y me los pasó para que pudiese revisar los objetos sin contaminar de huellas las pruebas. Tal como supuse, el reloj pertenecía a una marca cara y valdría una fortuna para alguien de casta media o baja; se le había desprendido de la muñeca o el asesino lo había dejado ahí apropósito. Lo examiné detenidamente y descubrí unas iniciales talladas, con algún laser seguramente para no dañarlo, que versaban: «A.G.C».

Lo dejé a un lado y examiné la fotografía minuciosamente. Una mujer posaba ante el fotógrafo, sonriente, y abrazaba a un muchacho de unos seis años, el cual también observaba alegre al fotógrafo. Ambos se encontraban sentados, en un banco de piedra, en algún parque o algo parecido puesto que el fondo de la imagen mostraba un paisaje característico pero común a la vez. Traté de descubrir cuál era el lugar pero no encontré detalles que me indicaran dónde fue tomada la fotografía. Volteé el papel con cuidado: en el reverso no había nada, a excepción del nombre de la empresa que la había impreso. Lo apunté en mi cuaderno pensando que podría acercarme hasta allí más tarde y tratar de sacar algo en claro sobre los desconocidos que en ella se nos presentaban.

El último de los objetos no era otra cosa que una cajita de madera, cerrada por un extraño mecanismo, que aún no había sido abierta. La flor de Barcelona, símbolo del barrio del Eixample, aparecía tallada justo donde debería de ir la cerradura y no había nada más que pudiera darme otras pistas sobre lo que debíamos hacer con ella.

Volví a colocar los tres objetos justo donde la policía identificó que habían sido encontrados, me erguí de nuevo y busqué a Júlia con la mirada.

»¿Ocurre algo?- le pregunté intranquilo. El silencio extremo dentro del templo me producía algo de inseguridad puesto que siempre estaba a rebosar de turistas y era complicado encontrar una paz mental óptima igual que en otras iglesias o catedrales.

»Cuando me llamaron para contarme lo que había sucedido pensé que se trataba de un error. Que se habían equivocado de dirección y existiría algún local o cafetería que se llamaba igual que la basílica. Pero cuando llegamos y vi todo acordonado, los obreros siendo evacuados… se me encogió el corazón ¿sabes?

»Los crímenes en sitios como estos siempre sobrecogen y más si tratan de hacer llamar nuestra atención con objetos extraños y víctimas de renombre.

Júlia me miró convencida y comenzó a caminar hacia uno de los laterales de la nave. Yo hice lo mismo pero en la dirección contraria y enfoqué la linterna hacia el suelo para no toparme con nada extraño Mi cabeza comenzó a trabajar rápidamente entorno a los tres objetos que había visto junto al cuerpo, tratando de buscar un vínculo entre todos y extraer algo relevante para con el caso.

Avancé hacia la pared y luego giré en dirección al altar. Caminé mientras lo rodeaba; abajo, en la cripta, varias velas permanecían encendidas entorno a la tumba de Gaudí y su luz llamó mi atención.

Volví con Júlia; aún deambulaba por la nave central, caminando sin rumbo y sumida en sus propios pensamientos. Me acerqué a ella despacio y la vislumbré con la luz de la linterna. Ella entrecerró los ojos unos segundos y después me hizo un gesto con la cabeza preguntando si había descubierto algo.

»¿Habéis bajado a la cripta?

»Creo que no lo vieron necesario. Todas las pistas estaban aquí mismo y no han encontrado nada en las cámaras de seguridad de ninguna de las puertas de entrada.

»Y si…- comencé a decir, pero me contuve y le propuse bajar al pequeño santuario que había oculto debajo de la gran nave central.

Bajamos las grandes escaleras y aparecimos en lo que podía ser una pequeña iglesia del siglo XVIII. Los bancos de madera miraban hacia el pequeño altar y varios atriles con velas encendidas iluminaban el recóndito lugar convirtiéndolo en algo siniestro a aquellas horas de la noche. Acompañé a Júlia hasta el sepulcro del arquitecto y ambos lo rodeamos evitando tirar alguna de las velas.

»¿Qué hacemos aquí?- me preguntó Júlia con curiosidad.

»¿Y si el asesino entró por está cámara sin ser visto en las calles ni por los dispositivos de seguridad?

»No puede ser, Carlos, la empresa que controla las entradas y salidas de la basílica nos ha pasado los planos y no hay nada por aquí abajo. Sino ya hubiésemos peinado esta zona y lo sabes- trató de explicarme Júlia muy segura de sus palabras.

En la cabeza aún me resonaban las palabras que aquella anciana había pronunciado horas antes en la cafetería de la avenida Gaudí: «Ha vuelto a suceder». No estaba claro si había sido dentro de la propia Sagrada Familia o cerca, pero un pálpito me decía que estaban en el lugar correcto y que allí había algo que se les había pasado por alto.

La luz de las velas fluctuaba de manera extraña cuando una misteriosa ráfaga de aire las removía y todos iniciaban movimientos dispares sin sentido ni control.

»¡Qué raro!- exclamé tratando de llamar la atención de mi amiga. Parece como si hubiese alguna filtración en algún lugar de la sala.

Júlia también lo percibió y me miró con curiosidad. Aquella cavidad estaba bien protegida y era difícil que una ráfaga tan fuerte golpease las velas de aquella forma. Me acerqué a una de las paredes del rectángulo que rodeaba el sepulcro y enfoqué la linterna hacia el suelo en busca de algo significativo. Júlia hizo lo mismo y ambos caminamos desde un extremo hacia el otro peinando cada recoveco de la sala.

»¡Aquí!- grité sin darme cuenta.

Júlia me enfocó y miró hacia donde mi luz señalaba. Era casi imperceptible pero se podían distinguir raspas en el suelo, como si alguien hubiese movido un bloque de piedra repetidas veces contra el suelo y dejado marcas sobre él.

Palpé la piedra alrededor tratando de captar algo y un relieve llamó mi atención. La flor de Barcelona había sido marcada en aquel lugar en particular. Sin pensar en lo que podría suceder presioné sobre él y, al instante, un ligero clic resonó en nuestros oídos y el movimiento de varias poleas moviéndose, y de una parte de la pared girando, nos hizo retroceder. Ambos enfocamos hacia donde se había producido el movimiento y un pequeño pasadizo se abrió ante nosotros.

Júlia dio un paso hacia adelante pero la detuve agarrándola con el brazo. Algo brillante y rojizo había llamado poderosamente mi atención mientras enfocaba hacia el oscuro túnel.

»¿Has visto algo?- me preguntó algo tensa.

»Sí… sangre.