» ¿La veis? – Jose estaba cansado y sus piernas flaqueaban. Llevaba quejándose desde que habían dejado atrás la villa situada junto al Palacio de Versalles y sus palabras pesaban cada vez más en los oídos del resto del grupo.

» ¿Te refieres a la ciudad? – Marcos observaba el paisaje que tenían delante y pequeñas columnas de humo comenzaban a visualizarse lejanas en el horizonte.

» Deberíamos alcanzar las murallas esta madrugada como muy tarde si no sucede ningún imprevisto en el camino – Diego era bastante optimista aún cuando los senderos se habían vuelto más peligros e inestables a causa de las últimas revueltas producidas en la capital.

» Venga muchachos, ánimo, hasta que no estemos tras los muros de la ciudad no nos encontraremos completamente a salvo de la Vanguardia. Un esfuerzo más y todos nuestros sacrificios habrán valido para algo – Alejando encabezaba la comitiva tratando de elegir bien la ruta que los conduciría hasta las puertas del mismo París antes de que los hombres de Lady Ana los capturasen.

Hacía varias semanas que los cuatro jinetes habían abandonado el reino de España y cruzado al de Francia atravesando los Pirineos. Durante todo el trayecto no habían tenido altercado alguno; algo sorprendente tratándose de ser un grupo pequeño y no precisamente con pintas de baja alcurnia.

En cada pueblo y en cada posada eran recibidos con honores y pocas monedas les cobraban por comer y dormir en sus establecimientos. Al principio supusieron que se trataba de zonas pobres donde unas pocas monedas les bastaban para cubrir gastos, pero a medida que avanzaban hacia el norte y trasnochaban en ciudades más emblemáticas, grandes señores de la nobleza francesa les habrían las puertas de sus magníficas mansiones y ponían cuatro platos más en sus amplias mesas y cuatro camas más donde estos pudiesen descansar.

Si bien esto extrañaba ya sobremanera a los jinetes, nunca rechazaban la hospitalidad de sus anfitriones. Quizás aquella fuese una de las razones por las que la Vanguardia nunca podía cazarlos -al estar siempre ocultos en casa ajena-.

Fue en Versalles, cuando la guardia real del Luis XVI los interceptó mientras deambulaban por el pueblo en busca de un lugar cómodo donde pasar la noche y condujo al otro lado de los muros del palacio para guarecerse aquel día bajo la protección de los monarcas.

» Sinceramente, la Reina me daba escalofríos- murmuraba Diego mientras avanzaban. Un leve tintineo se escuchaba muy muy lejano y todos supusieron que la catedral de Notre Dame tañía sus campanas justo en ese mismo instante.

» Pues a mi me pareció encantadora y muy educada- Jose rebatía siempre las críticas hacía la monarquía puesto que, durante su tiempo al servicio de lady Ana, había sido una persona muy influyente en la corte borbónica de España y siempre se había codeado con príncipes, princesas y demás miembros de la nobleza europea.

» Está claro que alguien tiene que haber avisado de nuestra llegada o puede que la Vanguardia nos esté esperando antes de cruzar las murallas y esto haya sido el premio de consolación por haber intentado huir de ellos- Marcos, algo pesimista, trataba de percibir mejor el tintineo de las campanas.

» No, es algo más… Desde que abandonamos Barcelona toda la gente que se ha cruzado con nosotros se ha comportado de una forma extraña. Creo que las respuestas las encontraremos en París, pero algo me dice que la razón está relacionada con lo que le sustrajimos a la Vanguardia- comentó Alejandro, aún pensativo.

» Espero que nos alojen en alguna buena casa al llegar-.

» ¡Cállate Jose! -.

La oscuridad ya era latente cuando alcanzaron los altos portones y supusieron que no los dejarían entrar tras el cambio de guardia. Sorprendentemente, los hombres los recibieron de buena gana, como si los cuatro jinetes fuesen conocidos en toda Francia, y les permitieron la entrada en la capital sin esperar explicación alguna sobre de donde venían y qué asuntos les traían allí.

» Qué extraño – comentó Diego de pronto. Aquí dentro no tengo la sensación de que nos rindan culto igual que lo han hecho hace un momento en la puerta.

Y así era, los parisinos, por razones que los cuatro jinetes aún desconocían, no se veían bajo el extraño influjo que los extranjeros provocaban allí donde pisaban. La luz de las antorchas brillaba en las avenidas principales y el número de guardias era superior al visto en otras localidades. Les habían llegado rumores acerca de un posible levantamiento contra la corona, pero ellos tenían sus propios problemas tras sus talones. La música provocada por la catedral dio punto final a aquel día y la media noche comenzó como una cualquiera en la ciudad. Alejandro no dejaba de mirar hacía atrás, temiendo que alguien de la Vanguardia se hubiese colado tras el cierre de las murallas y los sorprendiese de alguna manera. Se suponía que en París estarían a salvo del yugo de Lady Ana, pero no podría garantizarlo hasta haber llegado a su destino y poder cerrar los ojos sin la mayor preocupación de poder llevarse algo a la boca para desayunar.

» ¿Falta mucho? – la voz de Jose sonaba cansada, como la de todos.

Habían dejado los caballos en unos establos cerca de las puertas y unas cuentas monedas les permitirían mantenerlos bien cuidados hasta que volviesen a por ellos. Según Marcos, tras haber estudiado los planos y la situación socioeconómica del lugar, la mejor idea sería continuar a pie y tratar de pasar lo más desapercibidos posible.

» Diego, ¿estás seguro de que tu contacto aquí en París sabe donde está una de las entradas al santuario? – preguntó Alejandro algo inseguro.

» Totalmente – respondió el muchacho. Si no confiase en él no estaríamos siguiendo sus indicaciones. Tranquilo, vamos en la dirección correcta.

Igual que en Barcelona, París estaba sembrada por organizaciones secretas que la habían utilizado, a lo largo de los siglos, para realizar actividades que alteraban el orden social establecido por gobernantes y reyes en todo el mundo. La Vanguardia barcelonesa no era una excepción salvo por el inexplicable sometimiento que Lady Ana imponía sobre todo aquel que se la acercaba.

Los documentos que los cuatro jinetes sustrajeron de las cámaras más profundas dentro de la red laberíntica bajo la ciudad condal hablaban sobre rama independiente de la Vanguardia que ocultaba importantes objetos, valiosos para la comunidad francesa y que, igual que la sociedad barcelonesa, su posesión sometería a cualquiera que se les pusiese por delante.

» ¿Qué decían las notas exactamente? – preguntó Jose mientras observaba la suciedad de las calles y el humo sobresaliendo de las chimeneas de decenas de casas a ambos lados del río Sena.

» Según el documento, el 14 de julio de 1789, es decir hoy, deberemos personarnos en la isla donde se encuentra la catedral de Notre Dame, asomarnos a la orilla y buscar una rejilla rota por arriba y por debajo, dejando así visible una cruz de hierro colocada al revés.

» Mi contacto me comentó en su último mensaje que había visto la puerta cerca del templo y que, por las pintas que tenía, esta no había sido utilizada en mucho tiempo… espero que sepas lo que estamos haciendo- Diego aún no confiaba demasiado en el plan, pero no les quedaba otra una vez llegados hasta aquel punto.

Cruzaron uno de los puentes que los conducía directamente hasta la catedral y, tras atravesar varias calles llenas de charcos, todos decidieron contemplarla durante unos instantes a sabiendas de que podría ser la última vez que llegasen a hacerlo. El cielo estaba despejado y se podía apreciar con claridad las imponentes gárgolas que custodiaban las torres del campanario. Por un segundo, los cuatro jinetes olvidaron su cometido, despejaron su mente y respiraron tranquilos mientras observaban con intriga todos y cada uno de los rincones -visibles desde su perspectiva- que el monumento les ofrecía.

El tañer de una de las campanas despertó a media ciudad.

» ¿Qué ocurre? – preguntó Diego, de pronto y saliendo del trance en el que encontraban todos.

» Qué raro, ya no deberían hacerlas sonar a estas horas. Marcos, ¿llevas encima el documento con las instrucciones para encontrar el santuario? – preguntó Alejandro con premura.

Marcos rebuscó en su bolsa de viaje y sacó varios pergaminos enrollados unos con otros. Le entregó el que buscaba y guardó los demás con sumo cuidado.

» Veamos… busca la cruz durante este día… asómate al Sena para encontrar la puerta… ¡aquí! Con la claridad del día la entrada solo será visible para algunos elegidos. Será en la noche cuando nuestra dama toque su popular canción y María se coloque junto a la Cruz para que los afortunados la puedan restaurar cual joya en medio de la inmensidad terrenal.

» Y ¿eso qué significa? – preguntó Marcos inquieto.

» Que la puerta solo se mantendrá abierta mientras dure la canción.

Y así fue. De repente, sin que los parisinos lo fuesen a prever, una canción generada por el campanario de la catedral comenzó al representarse nota tras nota. Las luces de las casas colindantes comenzaron a prenderse y varios vecinos abrieron sus ventanas mirando hacia el templo y, algunos de ellos, gritando quién le había dado permiso al campanero de tañer los instrumentos a aquellas horas de la madrugada con tanta intensidad.

» Será mejor que nos demos prisa y encontremos la puerta antes de que la guardia se presente aquí y detengan la canción- propuso Diego para intentar mover al grupo.

Todos asintieron y avanzaron entre las calles antes de asomarse al río Sena. Este discurría tranquilo, sin embarcaciones cercanas sobre él y con farolillos brillando junto a su orilla para así evitar que nadie cayese y se ahogase.

Sin pensárselo mucho, los jinetes siguieron a Diego escaleras abajo y caminaron junto al borde del pequeño embarcadero hasta llegar a varias aberturas en la pared, protegidas por verjas de hierro o similar.

» ¡Fijaos! Tiene que ser esta. Es mas discreta que las demás, oculta en una esquina bajo el puente y se puede apreciar la cruz que describía el documento.

Así era. La hiedra la había cubierto casi en su totalidad, pero se podría apreciar como la verja superior e inferior estaban fracturadas en varios lados y ello había propiciado la aparición de una especie de cruz cristiana en el centro.

» No veo forma de abrir ni de hacer girar esto. ¿Estáis seguros de que este es el lugar correcto? – Jose seguía desconfiando y observaba con inseguridad a su alrededor esperando que algún indeseable apareciese y los sorprendiera.

» ¿La canción sigue sonando? Solamente debemos girarla mientras haya música, ¿listos? – dijo Alejandro mientras sujetaba un extremo de la cruz con la mano derecha y el otro con la izquierda.

El hierro giró cual pluma en cuestión de segundos bajo las miradas de sorpresa de los cuatro jinetes. La cruz recuperó su posición original y, acto seguido, la verja se liberó de la hiedra y se movió hacia el exterior, dejando paso a los visitantes para que pudiesen entrar en el pasadizo.

» ¡Corred! – gritó Alejandro al resto del grupo pensando en qué ocurriría cuando la catedral dejase de producir sonido alguno.

Todos avanzaron a través del túnel mientras escuchaban como varios caballos al galope cruzaban el puente y un pequeño murmullo procedente de la plaza frente a Notre Dame se intensificaba por momentos.


El pasadizo estaba muy oscuro al principio y tuvieron que andar casi a tientas apoyándose contra la pared y caminado muy despacio para evitar caerse o chocar con algún obstáculo frente a ellos. Sería unos metros más adelante y comenzando un ligero descenso cuando las antorchas iniciaron su aparición. Supusieron que las habían encendido recientemente para la ocasión y sus cinco sentidos comenzaron a activarse cada vez más pues no sabían realmente qué o quién se encontrarían en cuanto acabase el descenso.

El sonido de las campanas de la catedral casi ni se percibía. Allí abajo hacía más frío que en las oscuras calles parisinas y el calorcillo del fuego no evitaba que más de uno se apretase las túnicas para dejar de temblar. A medida que descendían, el viejo túnel de piedra comenzó a cambiar: cada vez era más ancho y su arquitectura se convertía poco a poco en una especie de corredor subterráneo perteneciente a alguna buena casa del centro de la ciudad. Aún así, la sensación de estar descendiendo de forma continuada no desapareció como tal hasta que, por fin, un suelo llano los recibió y les indicó a continuar hacia adelante.

» Este lugar me recuerda a los túneles de la Vanguardia- soltó Marcos en medio de la oscuridad.

» No sé vosotros, pero yo tengo un mal presentimiento- dijo Jose con su más que sabido optimismo habitual.

Alejandro tampoco estaba tranquilo, pero no quiso transmitir dicha inquietud con el resto del grupo. Simplemente, aferró aquello que había sustraído de las cámaras de Lady Ana contra su pecho e intentó tranquilizarse lo más posible. Su única esperanza era no haber entrado en la boca del lobo y que la gente de la Vanguardia no les estuviese esperando al final del pasadizo.

Continuaron avanzando; diversas estatuas de gente desconocida para ellos comenzaron a descubrirse en estrechas cavidades -como si se trataran de pequeños altares- incrustados en las paredes. Todas habían sido talladas de tal manera que daban una especie de bienvenida a los visitantes y les señalaban el camino para continuar hacia adelante.

Al final, tras media hora o así avanzando, por fin el túnel llegó a su fin y una pared de piedra se presentó ante ellos.

» Y, ¿ahora qué? – preguntó Jose desconcertado.

El muro no destacaba por su elegancia, igual que sí lo había hecho el resto del corredor mostrando una arquitectura soberbia a medida que se alejaban de las alcantarillas y sucumbían en las supuestas profundidades de la ciudad.

» ¿Veis algo? Una palanca o agujero por donde tirar. No puede ser que hayan construido todo esto para luego tapiarlo ¿o sí? – Diego parecía desconcertado.

¿Sería posible que las notas encontradas fuesen lo suficiente antiguas como para que la organización que se movía por aquellas catacumbas ya no existiera? Era una posibilidad, pero el tañer de las campanas justo en el momento exacto al que habían sido convocados no podía ser mera casualidad.

» Tengo la sensación de que nadie ha pasado por aquí en mucho tiempo. Fijaos en el muro, hay mucha gravilla y polvo sobre él – Marcos arrastró la mano y la deslizó en distintas direcciones sobre el muro mientras pequeñas piedrecitas casi invisibles caían al suelo y dejaban perceptible una especie de símbolo justo en medio del muro.

» ¿Qué se supone que es eso? – Alejandro y el resto de los jinetes lo observaron con detenimiento.

Cinco circunferencias habían sido talladas sobre la roca: dos en la parte superior, dos en la inferior -con una leve separación entre ambas- y una quinta justo en el medio uniendo al resto.

» Parece una especie de flor, ¿no?

» Es posible, lo que no entiendo qué pinta eso aquí. ¿Es el símbolo de esta organización? ¿Hay alguna santo y seña que debemos pronunciar? – dijo Jose casi riéndose.

» ¡¿Hola?! ¿Hay alguien ahí? ¡Hemos venido desde Barcelona para hablar urgentemente! La Vanguardia nos persigue…

» ¿Qué estas haciendo? – Alejandro detuvo en seco a Marcos para evitar que siguiese voceando. ­­» No digáis nada más hasta que sepamos a qué nos enfrentamos.

Diego se acercó al símbolo y revisó detenidamente cada palmo de este. Recorrió con la mano cada arco con la esperanza de descubrir algo, en vano.

» ¿Esto que es? – preguntó señalando un agujero justo en medio del círculo central.

» Parece como si quisiesen que encajásemos algún tipo de llave dentro, ¿no?

Alejandro se tensó durante un segundo. Luego, buscó entre sus cosas y sacó una especie de cajita de madera de su interior. Tenía forma hexagonal y, casualmente, el mismo símbolo de la pared tallado sobre ella.

» Y ¿esto? – preguntó Jose sorprendido.

» Estaba junto a los que le sustrajimos al Lady Ana. Supuse que sería importante si lo guardaban en el mismo lugar…

» Y, ¿qué contiene? – preguntó Diego intrigado.

» No he encontrado forma de abrirla, pero es lo único que podemos utilizar aquí si queremos continuar con el camino.

Así, Alejandro se acercó hasta donde Diego había visto el agujero en el que, supuestamente, estos debían de introducir una especie de llave, y colocó el símbolo de la flor dentro de él. Este encajó a la perfección y el joven solo tuvo que girarla en el sentido de las agujas del reloj para que un mecanismo invisible se activara y la gran pared de piedra se moviese hacia adentro cual puerta y dejara visible el resto del camino.

Una ráfaga de aire les golpeó la cara casi al instante, como si el lugar hubiese estado cerrado durante largo tiempo. Los cuatro jinetes avanzaron en la penumbra; las antorchas que colgaban de las paredes permanecían apagadas. Marcos las fue prendiendo a medida que avanzaban gracias a una del pasillo anterior. El recorrido duró poco y, tras cinco minutos avanzando, los cuatro reaparecieron en una gran sala ovalada, construida con paredes de piedra, soportada por grandes y anchas columnas, decorada por grandes telares rojos y con una especie de islote en su centro, accesible mediante seis puentes de madera.

» ¿Más acertijos? – exclamó Jose angustiado.

La sala no contenía nada más. No había ninguna otra salida. Los cuatro personajes no tuvieron otra opción que avanzar hacia el islote y descubrir lo que permanecía custodiado al otro lado del foso. Este, cuya profundidad no era visible, echó para atrás a quien se asomó y heló la sangre del grupo al completo. Con sumo cuidado, Marcos lanzó una de las antorchas para tratar de averiguar cuantos metros de caída tenía; la luz simplemente dejó de brillar sin que ninguno escuchase como esta se golpeaba contra el suelo.

» ¿Tenemos que cruzar? – Marcos observó de reojo a Alejandro esperando que él, como líder del grupo, aceptara la responsabilidad de atravesar los inestables puentes e ir hacia el otro lado mientras el resto aguardaba a que él resolviese el enigma que los había traído hasta allí.

» Si las respuestas están al otro lado, no nos queda otra.

Los puentes de madera parecían los suficientemente estables como para soportar, al menos, a uno de ellos. El crujir de las tablas tensó sobremanera al muchacho, pero no impidió que este continuase avanzando. Justo al otro lado, seis estatuas representando a seis encapuchados formaban un círculo alrededor de algo. Todo parecía bastante siniestro; Alejandro iluminó las figuras y ninguna de ellas tenía un rostro definido. Sus brazos permanecían levantados con las palmas hacía arriba, todas apuntando hacia un pedestal colocado justo en el centro de la isla. El muchacho caminó entre los vigilantes y se introdujo en el círculo central. Subió el escalón que lo separaba del resto y se asomó a la diminuta mesa redonda.

» ¿Ves algo? – gritó Diego en la distancia.

» No… no es posible… – la voz del jinete sonaba entrecortada.

» ¿Hay algo ahí que nos ayude a luchar contra la Vanguardia o no? – Jose continuaba impaciente y esperaba que aquel viaje no hubiese sido en balde.

» Esto lo cambia todo – las palabras de Alejandro se perdieron casi en la profundidad del foso, lo que obligó al resto de jinetes a cruzar al otro lado.


Un hombre gritó en la calle: ¡La prisión ha caído! ¡La Bastilla ha sido tomada! ¡Viva la revolución! Varios guardias aparecen corriendo en busca de insurgentes y tratando de contener a los alborotistas para evitar males mayores. Uno de estos guardas se topa con el hombre que acaba de gritar e intenta hacerle callar.

» Déjale tranquilo – responde la voz de una tercera persona que ser acerca al grupo, caminando tranquilamente hacia ellos.

El guardia de Su Majestad lo mira de arriba abajo y algo en su interior se transforma sin poder remediarlo. Toda la comitiva se aleja sin rechistar y el hombre revolucionario, perplejo, agradece la intervención del desconocido.

» ¿Qué haremos ahora? – preguntó Diego tras dejar atrás la zona conflictiva y buscar algún patio tranquilo donde poder hablar.

» Aguardaremos en París hasta que llegue el momento.

» Y, ¿cómo sabremos dónde y cuándo será eso? – pregunta Marcos intranquilo.

» Ellos nos avisarán…


Carlos abrió los ojos… estaba empapado de sudor y tiritaba.

» No puede ser…