Abrí los ojos muy despacio, como si no supiese dónde me encontraba. Estaba tumbado sobre un suelo frío y húmedo, muy húmedo. Sentía el agua bajo mis manos, la cual era absorbida por mi ropa a cada segundo que pasaba. Puntos brillantes se observaban en el aquel extraño cielo, negro absoluto, sin el más mínimo de vida o luz sobre él. Moví los brazos como cualquier niño que juega sobre un campo de hierba o nieve y removí el charco durante un rato. El pelo también lo tenía mojado pero, aunque pareciese extraño, no sentía nada de frío. Realmente, aún cuando el agua me envolvía como si de un manto se tratara, no obtenía la mínima sensación térmica y ello me estremecía sobremanera.

Decidí incorporarme; las ondas comenzaron a expandirse hacía un destino no definido e invisible para mí. Continué moviendo las manos para sentir algo nuevo procedente del líquido que me rodeaba… nada en absoluto. Me puse de pie y las gotas comenzaron a resbalar sobre mi piel y mi ropa hasta precipitarse contra el oscuro suelo, idéntico a la cúpula estrellada.

Observé en distintas direcciones pero no vi nada ni a nadie. Avancé unos metros mientras notaba el salpicar del agua bajo mis pies. De repente, algo me hizo tropezar y casi caer contra el gran charco. Me acuclillé y di un brinco casi automático al darme cuenta de que se trataba de un cuerpo humano. Busqué mi móvil entre los bolsillos de mi pantalón y lo encontré, seco, dentro de uno de ellos. Activé la linterna e iluminé aquello contra lo que había chocado; el cadáver de un hombre estaba tirado en medio del agua y un líquido de color rojizo se distinguía gracias a la luz que el dispositivo proyectaba. Lo volteé para verle la cara y, al hacerlo, di un paso hacia atrás como si fuese un auto reflejo.

El rostro de Sir Eduard Ivers me observaba directamente e intenté cerrarle los párpados para evitar esa extraña sensación de que te está observando de verdad. Me acerqué a él lentamente y estiré mi brazo derecho para hacerlo; di un grito de sobresalto cuando este me lo interceptó y su mano me frenó para impedirme realizar cualquier acción sobre él. Traté de liberarme pero su fuerza era tal que me fue imposible salir de aquella situación.

»Ya vienen…- susurró.

»¿Quiénes?- traté de pronunciar aún impactado por lo que acababa de sucederme.

»Intentamos acabar con esto… se nos fue de las manos…- continuó susurrando el hombre.

»Dígame quién le ha hecho esto y podremos evitar más muertes- traté de liberarme pero fue imposible y el hombre parecía no darse cuenta de ello.

»Es… es demasiado tarde… la… la «Vanguardia»… ellos… ya están en la ciudad… no podremos…- su voz se apagó como si de verdad la muerte se lo hubiese llevado por fin.

Su mano flojeó y al fin pude liberarme. Un extraño escalofrío recorrió, ahora sí, todo mi cuerpo y la sensación del agua sobre mí fue realmente latente. Me levanté despacio, tiritando casi, he intenté hacerme entrar en calor frotándome fuertemente con las manos. Las estrellas del firmamento se apagaron y la oscuridad lo cubrió todo de nuevo; una luz brillante comenzó a destellar en el horizonte e hice ademán de acercarme para descubrir lo que era, algo cauto tras las palabras del famoso empresario.

De nuevo, igual que la vez anterior, una isla circular con seis pedestales rodeándola se mostraba ante mí aunque, esta vez, solo uno de los barrios, dibujados sobre la fría piedra, brillaba con intensidad…

Desperté sobresaltado y sin dejar de temblar. Las mantas de la cama habían caído al suelo y por eso había comenzado a sentir frío cuando el Sir Eduard Ivers había muerto. Pero, ¿había sido realmente un sueño? O quizás algún tipo de premonición.

No era la primera vez que me ocurría algo así y siempre acertaba en lo que veía, de un modo u otro.

Revisé mis mensajes. La noticia por la muerte del empresario ya había recorrido medio mundo y la prensa internacional se había hecho eco de lo sucedido en la Sagrada Familia. Videos en directo desde las calles colindantes al cordón policial que rodeaba la basílica se habían llenado de furgonetas y diferentes medios de comunicación y curiosos habían vuelto al escenario del crimen para tratar de averiguar qué estaba pasando tras los muros del templo.

Cogí la caja que la anciana me había prestado y la examiné con cuidado después de arreglarme un poco y comer algo. Tenía forma hexagonal, con la flor de Barcelona tallada en su centro y cubierta por una especie de pintura marrón oscuro. Busqué en cada uno de los lados de la misma pero no encontré forma alguna de poder abrirla. De cada una de sus aristas sobresalían líneas que se unían de diferentes formas unas con otras dibujando diferentes figuras que no llegaba a comprender. Traté de presionar sobre el dibujo de la flor pero no sucedió nada; le di pequeños golpes para ver si se escuchaba algo en su interior pero tampoco se reveló el menor de los movimientos. Al final decidí guardarla en mi bandolera en caso de que la fuese a necesitar más adelante.

La «Vanguardia» no era algo que me dijese nada, salvo por la edición del periódico que salía cada día en Cataluña. Si había una organización secreta o algo parecido ahí fuera, solo había una persona en toda Barcelona que pudiese saberlo…

El ruido de mi moto era peculiar y la gente siempre se giraba cuando aceleraba. La Sagrada Familia se vislumbraba a los lejos y el sonido del helicóptero de la policía aún sobrevolaba a lo largo y ancho del barrio. Pero, esta vez, mis pasos no me llevarían hasta allí, sino al distrito de la Dreta del Eixample, colindante al de la basílica.

Los edificios modernistas y de principios del siglo XX cubrían las grandes avenidas y las pequeñas callejuelas que te pudieses encontrar. Marc vivía no muy lejos de Paseo de Gracia, una de las calles más importantes de Barcelona. Se autodenominaba así mismo «experto en Historia no revelada» o, lo que es lo mismo, conocedor de sucesos que los libros no habían llegado a recoger jamás. Si la «Vanguardia» tenía relación con algún sector criminal, él debía de tener algo de información sobre ello.

Su apartamento no era lo más ordenado que uno pudiese llegar a imaginar pero poseía una magnífica colección de libros, manuscritos, recortes de periódicos, revistas y demás documentos que iba recopilando cada vez que descubría algo que le impactaba sobremanera.

Cuando me abrió la puerta pude ver como aún vestía con los pantalones bajos y con camisetas de cuando éramos más jóvenes; su corta estatura, su pelo revuelto y sus gafas redondas le daban un aspecto más juvenil de lo que era en realidad. Verme allí le dio a entender que andaba metido en una historia importante y que necesitaba su ayuda para continuar avanzando en la investigación

»¿Y dices que lo de Sagrada Familia pudo haber sido obra de algún tipo de organización criminal?- me preguntó muy interesado.

»Aún no está claro pero, por lo que descubrimos bajo tierra y, según la historia de la anciana, sí que podría tratarse.

»Y esa «Vanguardia» que viste en tu sueño… ¿crees que es real?-.

»Tengo una corazonada y por eso estoy aquí- le confirmé muy seguro de mis palabras.

Marc se quedó pensativo durante unos segundo que se me hicieron eternos. Después, y sin mediar palabra conmigo, se levantó y fue hacia una de sus estanterías repletas de libros. Lo vi trastear sin parar abriendo y cerrando cuadernos, tirar folios al suelo y remover bloques de papeles atados a una goma en busca de algo que no era capaz de encontrar. Murmuraba para sí mismo y casi no pude escuchar lo que decía -supuse que nada bueno-.

Al final, y tras varios minutos de espera y angustia, escuché como daba un brinco para alcanzar una carpeta que sobresalía en lo alto de un armario y asentía afirmando que ya había encontrado lo que buscaba.

Rápidamente, ambos nos movimos, colocándonos alrededor de una gran mesa de madera que tenía en el comedor y dejó la carpeta sobre ella.

»¡Sí! Sabía que la tenia escondida en alguna parte- me dijo, bastante exaltado.

»¿Algo importante?- le pregunté sorprendido.

»Digamos que aquí guardo lo más extraño que me he encontrado a lo largo de estos años y bastante difícil de conseguir.

No es que hubiese mucho contenido en su interior pero sí que resaltaban los papeles amarillentos e, incluso, plastificados, cuyo valor sería mucho mas alto que cualquier libro en aquella habitación.

»Donde está… – murmuró Marc mientras movía con mucho cuidado los manuscritos. Parecía que sabía lo que buscaba pero debía hacerlo despacio para no dañar nada que fuese frágil.

»¡Aquí! Tenía el presentimiento de que lo había leído en alguna parte- exclamó el chico separando las hojas y dejando visible una de las plastificadas.

El color del folio estaba muy amarillento y varios de sus bordes se habían disuelto con el paso del tiempo. Quizás tuviese más de un siglo y llegué a preguntarme cuánto le habría costado conseguir aquel documento.

»Se suponía que había desaparecido hacía más de doscientos años pero… ¿es posible que hayan vuelto a resurgir?- volvió a murmurar para sí mismo Marc.

»¿Te refieres a la «Vanguardia»?- pregunté intrigado. Aquel caso podría dar un vuelco inesperado e incluir a terceras personas, a parte de los criminales del Eixample. ¿Qué más podía pedir para escribir una historia como aquella?

»Será mejor que te lea esto y así entenderás mejor de lo que te hablo- dijo Marc mientras se disponía a leer lo que había escrito en el manuscrito. El castellano de aquellas palabras era algo antiguo y trató de adaptarlo a nuestros días lo mejor que pudo.

«Hace ya dos días que comencé mi viaje rumbo a Francia, atravesando las montañas. Cada hora echo la vista atrás es busca de alguien que siga mis pasos aunque, por suerte, aún no he llegado a detectar a nadie tras los troncos de este frondoso bosque. Abandoné Barcelona entre las sombras para no ser detectado por los espías de la Vanguardia que vigilaban las principales salidas de la ciudad y me dispuse a huir del reino lo antes posible y pedir asilo a los franceses. Si bien antaño había sido un alto cargo en las filas de la Vanguardia, algo en mi interior despertó de repente y me rogó que abandonara ahora que aún podía y dejara atrás aquella vida donde nuestras acciones llegaban a destruir todo lo que se nos ponía por delante. Mi querida esposa y mi hija no tuvieron la misma suerte que yo y me arrepiento cada día por lo que les sucedió por mi culpa.

Quizás nadie llegue a leer nunca estas palabras pero, si alguien así lo hace, ha de saber la verdad a cerca de esta organización a la que el pueblo admira pero que, en verdad, debería de temer.

Surgieron, como muchas otras, con el fin de luchar contra las injusticias de este mundo cruel y así lo hicieron durante sus primeros años de vida. Se movían en la sombra sin ser vistos, ayudaban a los más desfavorecidos y acababan con los malnacidos que hacían el mal por las calles de la ciudad. Pero todo aquello se torció cuando comenzaron a creerse los dueños de todo lo que pisaban y, a los pocos años, tomaron el control de las principales calles y nada ni nadie se movía sin que ellos lo supieran. Ya no ayudaban a los pobres si no conseguían algo a cambio y los asesinatos se multiplicaron, no solo contra los malhechores, sino contra políticos, dignatarios, y demás gente poderosa que no agradaba a otra de igual alcurnia.

Pasadizos secretos bajo las calles de Barcelona conforman una telaraña que les permite llegar a cualquier punto dentro y fuera de las murallas. La Guardia aún no ha dado con ellos y seguramente nunca lo haga. La gente los admira en parte cuando acaban con figuras representativas que muchos odian pero, la ciudad no es segura y es por ello que debo partir y evitarlos lo antes posible.

Si alguna vez desapareciese y llegase el día en que otros retomaran su legado, deberán buscar la iglesia junto al mar y encontrar su símbolo iluminado sobre las frías paredes del templo.»

Marc dejó de leer. El resto del texto parecía ilegible y le era complicado saber exactamente lo que decía.

»Lo encontré en un anticuario, bastante barato he de decir. Perteneció al diario de este miembro de la «Vanguardia» y tan solo ha sobrevivido esta página. El resto, según me comentó el dueño del lugar, se perdió hace mucho tiempo.

»La iglesia junto al mar…- murmuré en alto. ¿Se referirá a la «Catedral del Mar»?

»Es posible. El texto no hace referencia a la simbología de la organización, eso tendrás que averiguarlo tu mismo me temo- comentó Marc algo decepcionado.

»Si los criminales del Eixample utilizaban la flor de Barcelona, quizás la «Vanguardia» emplee algo similar. Lo mejor será que me acerque hasta allí y verifique si lo que este hombre cuenta es cierto o no.

Abandoné el piso después de beberme una buena taza de café que me ayudó a despejarme la cabeza y así prepararme para lo que estaba a punto de enfrentarme.

Avancé con la moto hacia el barrio Gótico y, tras dejarla junto a la Vía Layetana, caminé por las callejuelas hasta llegar a la Basílica de Santa María del Mar o más conocida como «La Catedral del Mar». El ambiente estaba bastante cargando debido a la amplia afluencia turística a aquella hora del día. Igualmente conseguí entrar y me adentré a lo largo de sus oscuros pasillos mientras los extranjeros sacaban fotos del magnífico retablo y señalaban hacia los arcos que decoraban el techo y las grandes columnas que lo soportaban.

Comencé a deambular en busca de algún símbolo que llamara mi atención pero tan solo había imágenes religiosas del cristianismo y muchas velas rojas que podían ser iluminadas si introducías una moneda como donativo. Recorrí la nave central y las laterales en busca de algo extraño que no casara con el resto… ¿Quizás me había equivocado de lugar? Puede que otra iglesia junto al mar existiera en la ciudad condal y yo no la conociese.

Estuve a punto de desistir cuando algo llamó mi atención sobremanera. En la pared, junto a una de las tumbas de algún sacerdote enterrado allí, un pequeño altar con cuatro o cinco velas iluminaba la pared de una forma extraña. Varias figuras geométricas circulares recreaban una flor que brillaba sobre la oscuridad de la basílica. No tenía claro si aquello pudiera significar que la «Vanguardia» volvía a estar activa pero no debía evadir cualquier sospecha a cerca de dicha posibilidad.

Saqué una foto con el móvil y salí del templo rápidamente con la intención de llamar a Júlia para contarle todo lo que había descubierto hasta ahora y también para que esta me avanzara algo más sobre la investigación.

El teléfono vibró de pronto y el nombre de la inspectora apareció en mi pantalla. Un extraño presentimiento me envolvió y descolgué con cautela sin saber exactamente lo que iba a escuchar.

»¿Carlos?- la voz de Júlia era algo elevada y se escuchaban sirenas de fondo.

»¿Ha pasado algo?- le pregunté nervioso.

»Será mejor que vengas a la Detra de L’Eixample, ha habido un segundo asesinato.