Aún era de noche cuando regresamos a la comisaría. No habían transcurrido ni treinta minutos desde que Júlia recibió el aviso procedente de la morgue para que nos personásemos allí.

La inspectora se negó al principio a que yo la acompañara y me ofreció un coche patrulla para que me llevase a casa y así poder descansar después del supuesto trance que había vivido, pero rehusé la oferta con firmeza. Si la policía lo permitía, me sería vital poder estar en cada situación que surgiera referente al caso.

No era la primera vez que visitaba el que yo denominaba «almacén de los muertos». Al encontrarse fuera de la Detra, la electricidad iluminaba el lugar y las calles colindantes; dos agentes custodiaban la puerta y nos permitieron avanzar en cuanto Júlia les enseñó su placa. Un oscuro pasillo de color verdoso nos recibió tras pasar por la recepción y sala de espera (que en aquellos momentos se encontraba vacía) y avanzamos sorteando diferentes camillas colocadas a diestro y siniestro en ambos lados del mismo. Al final, la inspectora torció a la izquierda y atravesamos unas puertas acristalada, accediendo a un espacio mucho más amplio donde ya eran evidentes los cuerpos de desconocidos cubiertos por mantas blancas y un bloque en la pared de agujeros de metal donde los conservaban.

»¡Júlia! – la voz de una mujer resonó en mis oídos con fuerza. El dolor de cabeza aún me atormentaba, pero se lo había ocultado a la inspectora y así evitar que me impidiese acompañarla.

»¡Doctora Ríos! ¿Te han asignado el caso de los criminales del Eixample? – Júlia reaccionó con sorpresa y alegría. Normalmente enviaban a mucho personal a las escenas de asesinatos, pero la forense prefería quedarse en la morgue y esperar a que le trajesen los cuerpos; aquella era la razón por la que nunca la había visto.

»El comisario me llamó tras confirmar la muerte de la embajadora francesa y su posible conexión con el empresario multimillonario encontrado en la Sagrada Familia. Además, me habían dicho que llevaban la investigación y me pareció divertido poder volver a pasar tiempo juntas analizando este tipo de cosas- la forense se rio y luego me miró con curiosidad.

»¿Chico nuevo?

»¡Ah! Este es Carlos. Trabaja en un periódico independiente llamado «La nueva Gaceta de Barcelona». Somos amigos desde niños y he de decir que su participación en este caso es de vital importancia. Sin él no estaríamos en este punto; cada vez surgen más pistas alrededor de la supuesta organización criminal.

»Y que lo digas- respondió la forense.

Con una seña usando su dedo índice, la mujer nos indicó que la acompañásemos hasta donde guardaban en frío a los muertos. Buscó entre los diferentes cuadrados de metal hasta que encontró los dos que necesitaba. Tiró de las asas al mismo tiempo y, gracias a un pequeño impulsó, sacó las camillas vacías de su interior.

No había cadáveres y, en su lugar, un par de notas con la misma caligrafía y con un idéntico mensaje: «Las calles siempre serán nuestras».

»No hemos tocado nada para que lo pudieseis ver vosotros mismos. Aquí guardábamos al empresario y a la embajadora y solo el personal autorizado tiene acceso a esta sala; tenemos tarjetas especiales para entrar.

»¿Las cámaras de seguridad consiguieron grabar algo? – pregunté para intentar integrarme en la conversación.

»La gracia, Carlos, es que estas dejaron de funcionar durante el periodo exacto en que los cuerpos desaparecieron. Las puertas no están forzadas, nadie salió herido, no hay signos de violencia o destrucción de mobiliarios… Todo fue extremadamente limpio y pongo la mano en el fuego acerca de la inexistencia de huellas diferentes a las nuestras. Si alguien de mi equipo ha participado en este robo, nos será bastante difícil probarlo de momento.

Observé de reojo a Júlia. La inspectora analizaba las notas detenidamente. Ambas parecían haberse escrito a mano, aunque la caligrafía era perfecta y daba la impresión de que se habían fotocopiado una con otra. Con mucho cuidado, sacó un par de bolsitas de plástico he introdujo los papelitos en ellas gracias a unas pinzas que llevaba consigo.

»Me llevaré esto al laboratorio para que busquen algún tipo de huella, procedencia del papel y llamaremos al experto en caligrafía para que nos cuente algo sobre la persona que lo ha escrito.

»¿Tienes los informes de las autopsias?

La doctora Ríos asintió sonriendo, cerró los cajones de metal y fue hacia una pequeña oficina que había justo al otro extremo de la sala. Sacó una pequeña llave y abrió uno de los cajones que estaban colocados en bloque junto a la pared. De ahí extrajo una gran cantidad de informes ordenados alfabéticamente, en función de si las muertes procedían de un accidente o de un caso policial.

»¡Ajá! Aquí está- dijo mientras sacaba dos informes sujetos por un clip y colocándolos sobre su escritorio.

»Bien, empecemos por Sir Eduard Ivers. Murió de un paro cardiaco entre la 01:00 y las 03:00 de la madrugada. He encontrado algún hematoma en su cuerpo, pero todos fueron post mortem, entiendo que producidos durante su traslado al interior de la Sagrada Familia.

»El hombre comió y bebió mucho alcohol allí donde estuviera; supongo que ya habréis descubierto algo sobre eso a estas alturas… ¿no? – preguntó con mucho interés.

»Por lo que sabemos, los criminales del Eixample pudieron llegar a reunirse en una fiesta celebrando el centenario de su fundación en un lugar llamado «La Torre Güell». Lo que sucediese allí aún lo desconocemos, pero no debió de acabar muy bien visto lo visto.

Me reí para mis adentros tratando de no interrumpir a ninguna de las dos.

»Ahora viene lo curioso- continuó comentando la doctora. La muerte del empresario no fue natural, sino que se la provocaron. Encontramos restos de una sustancia un tanto extraña que hacía mucho tiempo que no se cruzaba en mi camino. Es una toxina que solo se desarrolla en una zona muy recóndita de Siberia y solo aquellos estudiosos de la materia conocerían de su existencia.

»Nos confirmas entonces que fue un asesinato. El comisario se está poniendo nervioso ahora que Francia se ha visto implicada y nuestra participación pende de un hilo como no saquemos conclusiones rápidamente- Júlia parecía enamorada del caso y no podía permitir que nos lo arrebataran sin más.

»Casi podría decirse que la mano ejecutora es de un asesino en serie- dijo la doctora muy convencida.

»¿Qué quieres decir? – pregunté aun intuyendo la posible respuesta.

»La embajadora francesa murió de la misma forma… ya se nos había ido cuando se precipitó desde lo alto de la casa Batlló…


No había casi tráfico y la limusina negra pudo avanzar sin mayor dificultad. La avenida Diagonal se mantenía iluminada aún cuando parte del Eixample no lo hacía. El resto de Barcelona se mantenía ignorante por lo que sucedía en aquella gran, pero a la vez pequeña parte de la ciudad.

Poco a poco, el coche se fue alejando de la zona metropolitana hasta alcanzar el área más universitaria, con menos edificaciones y menos ruido alrededor.

Al final, casi en los confines de la larga avenida, el vehículo se detuvo frente a las puertas de los señoriales jardines del antiguo Palacio Real de Pedralbes.

El chófer, vestido con un traje negro y con la cabeza cubierta por un usual sombrero de conductor, bajó del vehículo y se dirigió a la parte trasera del mismo. La abrió con delicadeza y, casi al unísono, un par de piernas se asomaron y posaron unos tacones negros sobre el suelo. Una elegante mujer, vestida completamente del mismo color que el de sus zapatos, con el pelo recogido y portando un coqueto bolso de fiesta, inició la marcha hacia las altas verjas que la separaban del resto de las instalaciones.

Un pequeño zumbido resonó de pronto.

«Sí, todo va según lo planeado. Lo sé, ha sido arriesgado, pero no podíamos dejar los cuerpos allí y que lo descubriesen tarde o temprano. Sí, hay mucho en juego, pero no había otra opción, una oportunidad como esta no se presenta así todos los días y lo sabes. La policía cree seguir pistas que los conducirán hasta nosotros, pero no son más que vagas conjeturas. Realmente no tienen nada ni saben a quien culpar en realidad. Sí, me quedaré en la ciudad hasta que terminemos lo que hemos empezado. Si me necesitas ya sabes donde encontrarme…».

Un hombre la esperaba junto a las puertas y le abrió la verja muy despacio para que nadie se percatara de su presencia a aquellas horas de la noche.

Después, la oscuridad se los llevó y el coche continuó su marcha sin dejar rastro.


Abrí la puerta de mi apartamento muy despacio; la sentía demasiado pesada, como si me hubiese debilitado durante aquel día tan intenso y no tuviese fuerzas para nada más. Había anotado en mi móvil las tareas para hacer al día siguiente, aunque no sabía exactamente a qué hora me despertaría; demasiados eventos en tan poco tiempo y este, a su vez, algo escaso para procesar toda la información. El descubrimiento de la Vanguardia, las señales en la «Catedral del Mar», la gran sala secreta en las profundidades de la Dreta, el posible ataque en la Monumental, la visión durante la visita al consulado francés y, por último, el robo de los cuerpos de ambos crímenes. Si los asesinos querían despistarnos con sobrecarga de pruebas lo estaban consiguiendo y quizás nunca llegaríamos a encontrar el camino correcto hacia ellos. Decidí acostarme y dejar de pensar en ellos hasta que volviese a tener consciencia; tan solo esperaba que mi mente no me teletransportase de nuevo hasta aquella extraña y oscura tierra cubierta por el agua y las estrellas.

No sé exactamente cuánto llegué a dormir, pero cuando abrí los ojos, la luz del sol ya iluminaba completamente la habitación y ni me había percatado de ello. Los sueños eran borrosos y no los recordaba con claridad. Me pasé dando vueltas en la cama antes de caer rendido pensando en aquellos cuatro jinetes que tanto los encapuchados como la mujer del consulado me habían instado a buscar. ¿Serían reales? ¿Qué relación tendrían con los crímenes? ¿De qué lado estarían? Y la pregunta más importante, ¿cómo daría con ellos si no tenía la más mínima pista para encontrarlos ni de cómo eran físicamente?

Me preparé un café bien cargado mientras chequeaba las noticias. Nada que no supiese ya sobre el caso; el apagón de la Dreta y la muerte de la embajadora cubrían las portadas de todos los periódicos nacionales e internacionales. No tenía llamadas de Júlia y ello me hacía pensar en que se había ido también a dormir (aunque solo fuesen unas horas) antes de volver al trabajo.

Decidí escribir un poco y organizar mis notas. Si quería publicar un artículo sobre el tema debía estar seguro de qué contar y a quién acusar. Ambos puntos aún se mantenían medio inciertos puesto que no había nada claro acerca de las causas de las muertes (nadie se había atribuido los crímenes por ahora) y tenía la sensación de que, si alguna vez terminaba todo aquello, podría incluso quedar en el olvido si nadie daba con las claves necesarias acerca de quién estaba detrás de todo aquello.

Me bebí la taza en dos o tres sorbos y comencé a teclear. Observé mi bloc de notas e inicié la transcripción incluyendo detalles que solo guardaba en mi cabeza. La caja con la flor de Barcelona tallada, que la anciana me había prestado, descansaba sobre la mesa junto a mí. Júlia tenía la otra, la de Marie Fave, para evitar cualquier intento de robo y perder ambas. Dejé de escribir y la cogí de nuevo; si bien la segunda había servido como llave para acceder al gran salón bajo las calles, quizás la mía tenía otro objetivo. La galería de túneles que el rico empresario construyó tuvo que unirse a la ya existente creada por la Vanguardia y quizás las puertas se diseñaron para ser abiertas por aquellos instrumentos, pero… eran demasiado grandes y poco prácticas para usarlas solamente como llaves. Algo fallaba en el puzle y aún no sabía el qué.

La agité de nuevo esperando escuchar algún sonido; encendí la linterna de mi móvil y escruté cada punto de esta, tratando de ver algo diferente; nada, absolutamente nada.

Revisé la agenda: la visita a casa de la anciana estaba arriba del todo y sabía que la mujer no me había contado toda la verdad. Así pues, decidí prepararme y salir hacia su apartamento lo antes posible.

Presioné el timbre del portal con suavidad, al principio, disimulando mi impaciencia por hablar con la anciana. La Sagrada Familia seguía acordonada y muchos turistas y curiosos continuaban arremolinándose entorno a ella intentando sacar una instantánea de la actuación policial en su interior.

No obtuve respuesta así que volví a llamar con más fuerza esta vez. Una débil vocecilla contestó; quizás la hubiese despertado o puede que estuviera enferma, pero algo extraño en su tono me intranquilizó.

»¿Sí? ¿Quién es? -.

»¡Hola! No sé si se acordará de mí. Soy Carlos, el periodista que conoció hace unos días en la Avenida Gaudí. Al que le prestó la caja de su bisabuelo- respondí tratando de aportar toda la información posible, pero sin especificar nada concreto al estar en la calle.

Durante un minuto o así hubo silencio. Creí que la mujer no me abriría tras enteraste del asesinato de la embajadora francesa, pero, para mi tranquilidad, un fuerte sonido me indicó el acceso a la vivienda. Aún no estaba seguro de cuan fiable era o si habría alguna sorpresa inesperada en cuanto me invitara a tomar el té en su salón, pero era una de las pistas más fiables que tenía y debía arriesgarme a hacer todas las preguntas posibles antes de que algo malo ocurriese.

Cuando la puerta del pequeño apartamento se abrió, la figura de una mujer mucho más demacrada que la vez anterior me recibió en bata y temblorosa, como si hubiese envejecido de golpe diez o veinte años.

»Pase, pase, no se quede en el rellano.

Accedí gratamente al interior y me dirigí hacia el salón. La casa estaba algo desordenada y casi tropiezo con libros tirados por el suelo, un par de tazas rotas y un espejo de mano quebrado.

Me volví hacia ella sorprendido.

»¿Qué ha ocurrido aquí? ¿le han entrado a robar?

La anciana, temblorosa, avanzó lentamente hacia su posición y luego se sentó en un gran sillón; el mismo de la vez anterior. El carrito donde una vez estuvo la bandeja con el té también se vislumbraba tumbada sobre la alfombra; la levanté para colocarla correctamente antes de sentarme en frente de ella.

»Pobre Marie… – dijo la anciana de repente.

Aquellas dos palabras me atravesaron y me dejaron sin aliento durante unos segundos. Algo no cuadraba o quizás todo pudiese llegar a tener sentido durante aquella nueva conversación.

»¿Se refiere a Marie Fave, la embajadora? – debía de hacer las preguntas correctas sin alterar demasiado a la mujer y que se cerrara en banda conmigo.

»Era tan joven… con toda la vida por delante. Nunca debió aceptar la invitación.

»¿Se refiere a la fiesta en la Torre Güell? – pensé en no hacerlo, pero si la anciana sabía lo de la fiesta, algo me decía que era el momento correcto para formularla.

»Ahí empezó todo… en aquel lugar… ¿por qué tuvo que ir? Le dije que no lo hiciese, que abandonase el pasado y continuara hacia adelante, pero no me hizo caso. Buscaba la gloria, igual que los demás y mira donde ha terminado.

Algo no iba bien. La mujer me hablaba, pero daba la impresión como si no supiese realmente quién era yo. No sabía cuánto tiempo estaría así de activa y, antes de tomar medidas, formulé un par de preguntas más.

»La caja que me prestó, la de sus antepasados, ¿puede contarme algo más sobre ella?

»Ah sí, creía que la había perdido… cuanto desorden para nada. ¿Te puedes creer que no hicieron una caja igual? Todas diferentes… les dije que no era buena idea, pero no me hicieron caso… no me escucharon.

Daba la impresión de que la mujer deliraba pues parecía como si ella hubiese estado allí, en el momento de la creación de las cajas, pero eso sería imposible. No quedaba nadie vivo de la época de la Vanguardia o del rico empresario.

»Y, ¿qué función tiene la que me prestó? ¿hay algo en su interior? -.

La mujer me miró curiosa, como si se hubiese percatado de que me encontraba enfrente de ella. Se quedó callada durante un minuto o dos sujetando su bastón; le temblaban las manos y estuve tentado a llamar ya a los servicios de emergencia, pero aún necesitaba más respuestas.

»Los… los cuatro jinetes… ellos lo saben. Desde el inicio… no sé por qué se ocultan… la luna… algo ocurrirá pronto.

»Pero ¿Quiénes son? ¿Por qué son tan importantes? – mi cabeza comenzaba a saturarse y sabía que debía detener la conversación cuanto antes.

»Ellos… ellos guardan… la ciudad corre un gran peligro… la luz será sobrepasada por la oscuridad y no habrá salvación posible… debes… encontrarlos…

Su voz se apagó lentamente hasta desvanecerse. Temí lo peor y me levanté rápidamente para comprobar si aún seguía en este mundo. Para mi alivio, la anciana solo había perdido el conocimiento; quizás por la fatiga o puede que por algo más… Decidí llamar al 112 y que se ocupasen de ella para evitar males mayores; era nuestra única testigo fiable en el caso y algo me decía que su participación en la historia no había terminado.

Cuando la ambulancia comenzó a alejarse, la imagen de Júlia apareció en la pantalla de mi móvil; esperaba alguna buena noticia aunque llevábamos una racha bastante mala hasta ahora.

»¿Carlos? ¿Estás despierto?

»Sí y con información fresca que te gustará oír.

»Suponía que no podrías estarte quieto ni un segundo. Está bien, iré a buscarte en coche a tu casa. He conseguido una orden para registrar el Palacio Real de Pedralbes y debemos reunirnos con el equipo allí cuanto antes.

»¿Qué tiene de interesante? Está fuera del Eixample…

»Ya me extraña que no lo hayas investigado todavía. Si tu información sobre la fiesta a la que supuestamente asistió Marie Fave es correcta, es allí a donde debemos ir; te dejo que lo busques en la Wikipedia… nos vemos en media hora- cortó la llamada y me dejó con la mente en blanco.

Acto seguido, accedí al navegador del móvil y busqué información sobre el palacio real situado en el barrio del Les Corts. Casi se me cae de las manos cuando leí las primeras líneas: su antiguo nombre, «La Torre Güell».